El obispo García Cadiñanos pide votar desde el bien común y rechaza convertir a las personas migrantes en un instrumento electoral

El obispo responsable de Migraciones de la Iglesia española reclama una decisión electoral que anteponga la dignidad humana al miedo y la exclusión. Vincula el voto con una economía al servicio de las personas, la cooperación con el Sur global y una convivencia abierta e inclusiva
El obispo de Mondoñedo-Ferrol y presidente de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Fernando García Cadiñanos, llama a orientar el voto desde el bien común y advierte contra la utilización de las personas migrantes para obtener réditos electorales. Su reflexión sitúa la responsabilidad ante las urnas en una pregunta de fondo: qué sociedad queremos construir y qué lugar tendrán en ella quienes llegan de otros países.
En el artículo “La inmigración y el voto”, publicado este miércoles en La Voz de Galicia, el responsable episcopal parte de la convocatoria electoral anticipada. Aunque identifica la vivienda como detonante del final de la legislatura, considera que las migraciones y la gestión de las fronteras tendrán un peso importante en los debates y las decisiones del electorado. En ese contexto, señala la huella de los sucesos de Ceuta en la opinión pública.
Participar y votar desde el bien común
García Cadiñanos presenta el voto como una expresión de participación política que, para los creyentes, constituye “un deber moral”. Su ejercicio debe formar parte de una implicación activa en la vida social: depositar la papeleta no agota esa responsabilidad ni supone entregar “un cheque en blanco”.
Desde esa perspectiva, vincula la decisión electoral con la voluntad de contribuir al bien común y de participar en la definición del modelo de sociedad. Es una interpelación a las motivaciones desde las que cada persona se acerca a las urnas: “No se puede sufragar desde el miedo, el egoísmo, la cultura del bienestar o la exclusión, sino desde el horizonte del bien común posible”.
El obispo invita a pensar también en las futuras generaciones. La cuestión es qué mundo queremos legarles y cómo incorporamos a ese proyecto compartido a las personas migrantes.
Su advertencia alcanza a la calidad del debate democrático. Frente al análisis de los problemas y las posibles respuestas, denuncia la tentación de presentar la migración como una amenaza o utilizarla como “un chivo expiatorio para ganar réditos primarios que devalúan la verdadera democracia”.
Cuestiona, además, los análisis poco objetivos que profundizan en la polarización y desplazan la cultura del encuentro. Esa mirada, sostiene, deja fuera las aportaciones que las personas migrantes realizan al trabajo, la demografía, los valores, la espiritualidad y la cultura.
Una economía y una convivencia que incluyan
El reconocimiento de esas aportaciones se acompaña de una reflexión sobre la propia identidad. García Cadiñanos recuerda que nuestra cultura se ha formado mediante el encuentro y el diálogo con otros pueblos. La movilidad humana exige, por ello, desarrollar la capacidad de encontrarse, dialogar, acoger e integrar.
Su propuesta se concreta en los criterios con los que valorar las opciones electorales. “Cuando introducimos la papeleta en la urna, estamos apostando por un modelo muy concreto de convivencia”, afirma.
Ese modelo comprende, en primer lugar, “una economía que valore a las personas por encima de su mera productividad laboral”. La dignidad humana aparece así como criterio para juzgar la organización económica y el lugar que concede a cada persona.
La responsabilidad electoral tiene también una dimensión internacional. El obispo propone examinar las políticas de cooperación y comercio por su relación con el Sur global. Asimismo, plantea decidir si se quiere un Estado de bienestar que garantice la integración sin exclusiones y permita que todas las personas participen, con derechos y deberes, en un proyecto común de ciudadanía.
Sin señalar partidos ni recomendar candidaturas, su reflexión culmina en una elección entre formas de organizar la vida compartida: “Una sociedad amurallada o una comunidad abierta”. Fundamenta esta última en la dignidad de todo ser humano y en la convicción cristiana de que “todos, sin excepción, somos hermanos”.
Continuidad en la defensa de las personas migrantes
El presidente de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana mantiene con esta reflexión la línea de sus intervenciones recientes. El 20 de octubre, este diario recogió su análisis sobre las causas económicas de las migraciones y los discursos de odio, a partir de una entrevista en El País. En ella vinculaba el sufrimiento migratorio con las desigualdades y las relaciones internacionales de poder, y defendía el encuentro personal para superar los prejuicios.
También había advertido de la instrumentalización política de las personas migrantes durante la crisis humanitaria de Ceuta y reclamado una respuesta compartida que atendiera tanto a quienes llegaban como a la población local. En septiembre, con motivo de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, insistió en que la protección de la infancia migrante debía traducirse en políticas eficaces y en el acceso efectivo a la educación, la atención sanitaria y la acogida.
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Director de Noticias Obreras.
Autor del libro No os dejéis robar la dignidad. El papa Francisco y el trabajo. (Ediciones HOAC, 2019). Coeditor del libro Ahora más que nunca. El compromiso cristiano en el mundo del trabajo. Prólogo del papa Francisco (Ediciones HOAC, 2022)


