Sebastián Mora, sociólogo: “Sin afrontar la desigualdad, no habrá cultura del encuentro”

La creciente polarización política y social, su impacto en la convivencia y la urgencia de reconstruir una cultura del encuentro centran esta conversación con Sebastián Mora Rosado (Málaga, 1966), sociólogo, filósofo y una de las voces más autorizadas en España en materia de exclusión social y Tercer Sector.
Doctor en Sociología por la Universidad de Zaragoza y profesor en la Universidad Pontificia Comillas, Mora fue secretario general de Cáritas Española y director ejecutivo de la Fundación Foessa, además de ocupar responsabilidades en plataformas estatales de acción social. Con una larga trayectoria en el trabajo con personas en situación de vulnerabilidad —desde programas de adicciones hasta iniciativas de cooperación al desarrollo—, analiza en esta entrevista las raíces profundas del clima de confrontación actual y propone caminos para reconstruir espacios de diálogo, fortalecer la sociedad civil y devolver protagonismo a quienes viven en los márgenes.
Sebastián Mora participa el próximo miércoles, 18 de febrero, en el ciclo Líneas Rojas 2026, organizado por las Comunidades Cristianas de Base de la Región de Murcia y la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) de la Diócesis de Cartagena, junto con el también sociólogo y codirector del CEMOP, Juan José García Escribano. El acto, que lleva por título ¿Destruimos la convivencia? Polarización política y el caso de la Región de Murcia, tendrá lugar en la Cámara de Comercio de Murcia (Plaza de San Bartolomé), a las 19:30 horas.
La confrontación política ha pasado de ser un problema marginal a situarse entre las principales preocupaciones ciudadanas. ¿Qué ha ocurrido para que este salto sea tan abrupto?
Vivimos un contexto internacional marcado por la incertidumbre, el cambio y la transformación, que afecta de una manera muy intensa a la mentalidad, a la visión, a las cosmovisiones, incluso a la experiencia personal de los grupos y de las personas. A esto se suma una polarización de la oferta política, organizada en bloques que compiten más por vencer al contrario que por construir acuerdos. La comunicación y el mundo digital refuerzan este clima mediante el efecto eco, que nos encierra en burbujas donde solo escuchamos a quienes piensan como nosotros. El resultado es una polarización intensa y extendida, que empuja a muchos hacia la radicalización o hacia la huida de la política.
La polarización afectiva está creciendo de forma notable:
ya no discutimos ideas, sino identidades.
“Tú eres de los míos o estás contra mí”.
Y eso rompe cualquier posibilidad de encuentro
Este enfrentamiento no solo se da en la política institucional, sino también en la vida familiar, comunitaria e incluso religiosa. ¿Cómo se ha extendido este clima a tantos ámbitos?
Porque la polarización actual es profundamente emocional. Cuando las emociones se mezclan con las cosmovisiones, todo se acelera y se radicaliza. La llamada polarización afectiva está creciendo de forma notable: ya no discutimos ideas, sino identidades. “Tú eres de los míos o estás contra mí”. Y eso rompe cualquier posibilidad de encuentro. Conviene distinguirlo del disenso, que es legítimo y necesario. En el pasado, desde posiciones muy alejadas —como el conflicto de clase entre el movimiento obrero y la patronal— era posible llegar a acuerdos sin renunciar a sus principios. Hoy, en cambio, el desacuerdo se vive como una descalificación personal.
Da la impresión de que este desencuentro no es espontáneo, sino que responde a una estrategia. ¿Qué mecanismos alimentan esta polarización desde ciertos discursos?
Existe una polarización buscada desde la política, pero no es el único factor. No podemos separar la polarización política de la social. Vivimos en una sociedad fracturada: aumenta la desigualdad, la pobreza severa se hace persistente, crece la segregación residencial y se amplían las brechas en salud, educación y empleo. Todo ello es un caldo de cultivo perfecto. A esto se suma la transformación del conocimiento en la era digital. Lo novedoso es que los grupos excluidos ya no se alinean con la izquierda emancipadora, sino con discursos autoritarios de derecha, un fenómeno complejo y difícil de explicar.
Necesitamos una política más argumentativa y menos identitaria.
Y, sobre todo, necesitamos una sociedad civil más reflexiva
y deliberativa desde asociaciones intermedias
En diversos foros ha propuesto avanzar hacia una cultura del encuentro. ¿Cuáles serían los primeros pasos para reconstruir una política orientada al diálogo y al bien común?
Hay tres claves. La primera es afrontar la polarización social: sin reducir desigualdades, no puede haber encuentro político. La segunda, reconstruir los espacios públicos intermedios –asociaciones vecinales, parroquias, sindicatos, universidades– donde aprender a deliberar y convivir. La tercera es repensar el régimen de partidos. Incluso los partidos que prometían romper la lógica de bloques han terminado alimentándola. Necesitamos una política más argumentativa y menos identitaria. Y, sobre todo, necesitamos una sociedad civil más reflexiva y deliberativa desde asociaciones intermedias.
Defiende que la ciudadanía debe anticiparse a la clase política creando estructuras de diálogo. ¿Ve ejemplos actuales que puedan inspirar ese camino?
Sí. En el tercer sector hay iniciativas que actúan como puente entre personas en exclusión y la política. En la Iglesia católica también surgen dinámicas que buscan ser espacios de mediación. Además, aparecen nuevas formas de asociacionismo de base y algunas empresas están intentando asumir un papel social más activo desde la cultura del triple impacto. Son fermentos pequeños, pero significativos.
Hay que generar espacios donde los excluidos
sean sujetos activos, no clientes de recursos
Desde la perspectiva cristiana plantea que la política debe construirse desde los márgenes. ¿Qué transformaciones podrían surgir si se escuchara realmente el grito de las personas excluidas?
Hoy vemos una contradicción: los excluidos se sienten escuchados por los grupos o las dinámicas que presentan discursos autoritarios que, en realidad, los instrumentalizan. Se les enfrenta entre sí –migrantes con papeles contra migrantes sin papeles, autóctonos contra recién llegados, clases medias contra empobrecidos– sin ofrecerles verdadera agencia. Escuchar a los márgenes implica darles protagonismo real. En la Iglesia, por ejemplo, hemos hecho “política para los pobres, pero sin los pobres”. Es un pecado estructural. Hay que generar espacios donde los excluidos sean sujetos activos, no clientes de recursos.
¿Es optimista ante la situación de polarización actual?
Yo siempre digo, y no es una pose sino una convicción profunda, que ni soy pesimista ni soy optimista. Soy esperanzado. La esperanza cristiana se construye también desde la cruz. Estamos en un momento complejo y no podemos pasar de puntillas por él. Hay que atravesar el conflicto para dotar de contenido a la esperanza. En la medida en que queramos encarnarnos en la realidad, hay motivos para la esperanza.
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Periodista | Pasión por la política y la literatura. Militante de la HOAC de la Diócesis de Cartagena, empleado público embarcado en la formación y padre de dos hijos.



