La Doctrina Social de la Iglesia contra la resignación

La Doctrina Social de la Iglesia contra la resignación

¿Qué tenemos que hacer?
Encuentros bíblicos desde la lectio divina
sobre la Doctrina Social de la Iglesia
Equipo Bíblico Verbo
Editorial Verbo Divino
176 páginas

Hay algo peor que desconocer la Doctrina Social de la Iglesia (DSI): conocerla lo suficiente como para citarla y no dejar que nos cambie nada.

Podemos hablar de dignidad humana y acostumbrarnos a la precariedad. Defender el bien común y organizar nuestra vida alrededor del interés propio. Reivindicar la solidaridad y mantener a prudente distancia a las personas vulnerables. Citar el destino universal de los bienes sin preguntarnos demasiado por la acumulación, la desigualdad o el privilegio. Condenar la guerra mientras participamos diariamente en pequeñas liturgias de hostilidad.

¿Qué tenemos que hacer?, del Equipo Bíblico Verbo, entra precisamente en esa zona incómoda. Y su mérito consiste en hacerlo sin convertir la Doctrina Social de la Iglesia en un catálogo de respuestas prefabricadas. Regresa a la Escritura, la deja hablar y obliga después a mirar alrededor. Eso parece sencillo. No lo es.

Porque la DSI resulta bastante menos confortable cuando abandona los documentos y entra en la vida real. Cuando se acerca a una nómina. A un contrato temporal. A un alquiler imposible. A una familia que no llega a final de mes. A la persona migrante convertida en sospechosa antes incluso de tener nombre. A quienes trabajan y siguen siendo pobres. A quienes necesitan ayuda, pero también voz, derechos y capacidad para decidir sobre su propia existencia.

Una doctrina con consecuencias

El volumen dedica una atención significativa al trabajo y acierta al devolverle su densidad humana. El trabajo no puede medirse únicamente en productividad, crecimiento o empleo creado. La pregunta cristiana llega después y resulta bastante más molesta: ¿qué le está haciendo ese trabajo a la persona?

El propio libro invita a examinar la experiencia laboral, aquello que humaniza y aquello que deteriora, y recuerda la estrecha relación entre trabajo y dignidad. Desde ahí, la DSI introduce una sospecha necesaria frente a determinadas normalidades contemporáneas. Porque no todo empleo dignifica por el hecho de existir. No toda actividad económica es socialmente aceptable porque produzca beneficios. No todo crecimiento merece llamarse progreso si deja trabajadores empobrecidos, familias exhaustas o vidas subordinadas permanentemente a las necesidades de la producción.

Aquí la pregunta del libro empieza a quemar. ¿Qué tenemos que hacer cuando nuestra comodidad depende de salarios insuficientes? ¿Cuándo queremos consumir cada vez más barato, recibirlo todo más deprisa y disponer de servicios permanentes, pero preferimos no conocer las condiciones laborales que hacen posible esa comodidad? La DSI empieza precisamente donde termina nuestra capacidad para mirar hacia otro lado.

Los vulnerables no son figurantes

Algo semejante ocurre con la justicia social. Hay una afirmación del libro que merece quedarse dando vueltas: demasiadas políticas se diseñan hacia los pobres, pero no con los pobres ni desde los pobres. No es un matiz.

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Una sociedad puede atender a las personas vulnerables y seguir sin escucharlas. Puede multiplicar prestaciones y conservar intactas las causas de la desigualdad. Puede practicar asistencia sin compartir poder. Puede incluso convertir la solidaridad en una manera elegante de no discutir la justicia.

La tradición social de la Iglesia es más exigente. La persona empobrecida no es únicamente destinataria de nuestra ayuda. Es sujeto de derechos. El trabajador precarizado no necesita solamente comprensión, sino condiciones justas. La persona migrante no puede quedar reducida a cifra, problema fronterizo o mano de obra. El libro llega a preguntarnos cómo la miramos realmente: como hermano, amenaza o competencia. Ahí ya no sirven demasiados discursos.

Porque la Doctrina Social de la Iglesia no puede convertirse en una ideología católica para confirmar lo que ya pensábamos. Su función es justamente la contraria: desordenar nuestras certezas cuando esas certezas han aprendido a convivir demasiado bien con la injusticia.

Por eso ¿Qué tenemos que hacer? no debería leerse buscando respuestas cómodas. Conviene leerlo dejando que la pregunta permanezca abierta. Y quizá formularla de una manera todavía más incómoda. No solo qué debería cambiar el mundo. Qué tendría que cambiar en nosotros para que ese mundo pudiera empezar a cambiar.

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