Sal de la tierra, luz del mundo

El mes de febrero comienza con el regalo, una vez más, de las bienaventuranzas. Nunca agotamos esta escena y este mensaje de felicidad, de verdadera alegría, especialmente para los y las más vulnerables y, también, para quienes más sufren las consecuencias de su compromiso con Jesús y con el reino.
Las bienaventuranzas siempre nos recuerdan que los pobres, los que lloran, los hambrientos de justicia, los misericordiosos… ocupan un lugar prioritario en el corazón de Jesús. Si es así, también deben ser prioridad para la Iglesia.
Necesitamos convencernos de lo que este domingo nos dice Pablo, en la segunda lectura: «lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso». Unos versículos después de la buena noticia de las Bienaventuranzas, Jesús se dirige a sus discípulos. Les recuerda, y a nosotros también, que somos «sal de la tierra» y «luz del mundo». Son dos imágenes muy humanas y muy gráficas.
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