María Belén Brezmes, teóloga feminista: “Desprestigiar a María de Magdala fue una operación interesada”

María Belén Brezmes, teóloga feminista: “Desprestigiar a María de Magdala fue una operación interesada”
La teóloga María Belén Brezmes Alonso (Valladolid 1964) es una apasionada de Jesús, como lo fue María de Magdala, “la primera mensajera del Resucitado”, sobre la que hablará el próximo viernes en Murcia (17:00 horas, Instituto Teológico de Murcia), invitada por el grupo de la Revuelta de las mujeres en la Iglesia. El título de su conferencia es La discípula que busca. María de Magdala, apóstol de Cristo. La discípula que sacó del letargo a los discípulos y los activó.

Brezmes es bachiller en Teología por la Facultad de Teología de Granada, máster en Teología por la Universidad de Murcia, licenciada en Teología Fundamental por el Instituto Teológico de Murcia (OFM) y licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de Valladolid. Pertenece a la Congregación de Religiosas Hijas de Jesús, Jesuitinas, y vivió en Murcia entre los años 2008 y 2014. Forma parte de la Junta de la Asociación de Teólogas Españolas. Es editora del libro Espiritualidad feminista, intersecciones entre el cuerpo, justicia y ecología (Verbo Divino, 2024) y, junto con Mónica Díaz Álamo, del libro ¿Eres tú o esperamos a otro? La salvación en la que creemos las mujeres (Verbo Divino, 2021).

El título de su conferencia ya sorprende: afirma que María de Magdala es una discípula que busca, que saca del letargo a los apóstoles y los activa. ¿Qué significa esto?

María de Magdala —no Magdalena, porque Magdalena es más bien un gentilicio— fue seguidora de Jesús desde Galilea. Le seguía y le servía, y esos dos verbos indican discipulado. Lucas dice que Jesús la sanó de siete demonios, lo que seguramente alude a que era una mujer inadaptada, inquieta, que no encajaba en los moldes sociales. Y en Jesús encontró respuestas. Aunque los evangelios no narren llamadas explícitas a mujeres, ellas están ahí siguiendo y sirviendo, y Jesús también las elige. María es una de ellas. Lo que pasa es que, más tarde, hubo intereses en desprestigiarla.

Sí, he leído que fue en el siglo V cuando se empezó a vincularla con la pecadora de la que habla Lucas. ¿Por qué se produjo esa asociación?

Claramente, por intención de desprestigio. María de Magdala era muy relevante en la comunidad: siempre aparece mencionada y siempre en primer lugar entre las mujeres, igual que pasa con Pedro, Santiago y Juan entre los hombres. Eso no es casual.

En el Nuevo Testamento casi no se conservan nombres de mujeres, pero el suyo sí. Eso indica la importancia que tuvo en la memoria comunitaria. Además, fue testigo de todo: pasión, crucifixión, sepultura y, de forma única, una experiencia personal del Resucitado.

Mientras los varones huyen, ellas permanecen, a pesar del peligro real. Y en esa fidelidad, María se convierte en testigo clave. Luego Juan la presenta como enviada a los “hermanos”, no a los “apóstoles”, porque cada evangelista tiene su estilo, pero aun así es la primera mensajera del kerigma. Por eso se la llama “apóstol de los apóstoles”.

Pero cuando se habla de las mujeres, siempre aparece ese “seguían y servían”. En el verbo “servir” es donde suele entrar el debate acerca del papel real que tenían, ¿no?

Exacto. Cuando decimos que un hombre seguía y servía a Jesús, nadie se lo imagina cocinando. Se entiende que está en misión. Pero cuando lo leemos sobre mujeres, proyectamos roles culturales propios: la intendencia, las ropas, la comida… Eso no estaba en el grupo de Jesús. “Servir” en los evangelios es diaconía, misión, liderazgo. Igual para hombres y mujeres. Pero las lecturas patriarcales terminan reduciendo ese servicio a tareas domésticas, y eso borra su papel real.

¿Tendría menos valor su ejemplo, su apuesta de vida, su seguimiento de Jesús y su apostolado en el caso de que hubiese estado enamorada del Maestro?

Yo creo que María de Magdala estaba profundamente enamorada, pero no en el sentido romántico. Jesús tenía una enorme capacidad de atracción personal, para hombres y mujeres. Les dinamizaba hacia el Reino. Si ella era una mujer que buscaba algo distinto, y Jesús respondió a esa búsqueda, es lógico que lo diera todo. Pero eso mismo lo dieron muchos otros discípulos y discípulas. El grupo de Jesús era diverso y no funcionaba bajo parámetros rígidos. Los “Doce”, por ejemplo, son una construcción simbólica, no un club cerrado de varones perfectos.

Y hoy, ¿qué lugar encuentran las “Marías Magdalenas” dentro de la comunidad cristiana?

Las inadaptadas seguimos aquí, como digo siempre, en la “revuelta de la Iglesia”. La Iglesia es muy lenta, como una tortuga. El Vaticano II abrió una puerta enorme con la idea de Pueblo de Dios, y ahora la sinodalidad impulsada por el papa Francisco es crucial. Pero persisten estructuras clericales y patriarcales que limitan la voz de los laicos, y mucho más la de las mujeres. El problema es también que las mediaciones tradicionales están en crisis: parroquias que no atraen a jóvenes, estructuras que ya no responden a la realidad. Tenemos que repensarlo todo, redistribuir poder y abrir caminos. La Iglesia no es una democracia, pero sí debe escuchar al Espíritu, y eso implica escuchar al Pueblo.

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Hay sectores que parecen muy cómodos con nuevas expresiones de espiritualidad, como fenómenos juveniles o musicales. ¿Cómo analiza fenómenos como el de Rosalía o manifestaciones artísticas del tipo de Hakuna?

Es un hilo del que tirar, sin duda. Hay sed espiritual. Pero la pregunta es si la institución está respondiendo a esa sed. Además, esa espiritualidad hay que testarla: ¿lleva al compromiso con la realidad? ¿Transforma? Jesús no buscaba un “calorcito espiritual”, sino una mística profética que enfrenta el sufrimiento del mundo. Ser de Jesús implica compromiso y a veces cruz.

¿Y cómo combatir ideas excluyentes que se presentan como “cristianas”? ¿Cómo amortiguar nuestros deseos de emplear el ‘látigo’ a veces contra quienes proclamándose católicos defiende lo contrario de todo aquello a lo que Jesús llama?

Siempre desde el cariño profundo. Puedes decir al otro: “Creo que te estás equivocando”. Pero la violencia es incompatible con Jesús, que fue el de la no violencia.

La clave es transparentar una humanidad diferente: si algo humaniza, viene de Jesús. Si deshumaniza, no. Tan simple como eso.

¿Y cómo se combate, por ejemplo, el discurso en ámbitos católicos contra la regularización de migrantes que tantos escándalos provoca?

Es durísimo. Yo trabajo con jóvenes y cada vez veo más posturas radicalizadas. Falta ponerse en el lugar del otro, recordar nuestra propia historia migrante. También hay intereses políticos que alimentan estos discursos porque les resultan rentables. Las redes sociales polarizan. La herramienta es el discernimiento crítico y la coherencia entre palabra y vida. Si en mi entorno conviven personas de varias nacionalidades, si mi parroquia acoge al musulmán, ahí hay evangelio. Y también hay que exigir políticas coherentes: no tiene sentido hacer leyes para vulnerables que dejan fuera a los más vulnerables.

Cuando hablamos de masculinidades tóxicas en la sociedad, ¿duele más verlas también dentro de la Iglesia?

Sí, porque son construcciones culturales muy dañinas. A los hombres se les niega la expresión de emociones y eso los convierte en “tullidos emocionales”, con consecuencias tremendas. A las mujeres, en cambio, se nos ha permitido la emoción pero se nos ha negado el liderazgo, bajo el mito de la “debilidad”, cuando en realidad muchas sostienen familias enteras solas. Esto influye en la vida eclesial. Por eso necesitamos formación nueva, y también abrirnos al diaconado femenino, que existió desde el inicio. No es una moda; es por el bien de la Iglesia.

¿Ve el futuro con esperanza?

Sí. Creo que el Espíritu empuja. El Pueblo de Dios tiene un sensus fidei, el sentido de los fieles, ese olfato profundo que sabe por dónde ir y por dónde no ir. Estamos en camino. Hay que soñar algo distinto y encarnar el mensaje de Jesús hoy, como hicieron quienes no recibieron nada por escrito de él pero lo fueron construyendo con su vida.

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