El bloqueo naval y el grito de Aisha

La voz de Aisha, mujer nigeriana superviviente de la tragedia de enero en el Mediterráneo, en la que perdió a tres hermanas, se alza contra el muro de silencio construido en nuestra sociedad frente al grito de los pobres y de las personas migrantes. Aisha, en el audio recogido por Refugees in Libya y difundido por Mediterranea Saving Humans, cuenta que muchas personas siguen tomando la ruta del mar, empujadas por las violencias que las milicias continúan perpetrando contra las personas migrantes en Túnez. Aisha explica también que muchas personas se embarcan en la estación seca porque en ese periodo es más difícil ser capturadas en el mar. Lo que ocurre después de la captura en el mar es, a menudo, la deportación al desierto o la entrega a las milicias libias.
Hemos denunciado que al menos 1.000 personas fueron engullidas por el mar en los días del ciclón Harry. La tragedia en el mar, además, no se ha detenido: ayer la OIM confirmó que el 6 de febrero al menos 53 personas naufragaron a bordo de una embarcación que había partido de Libia. La OIM comunicó también que solo dos mujeres nigerianas sobrevivieron. En el naufragio, una de ellas perdió a su marido, mientras que la otra perdió a sus dos hijos. El mensaje de Aisha concluye con un grito de ayuda: “¡Por favor, realmente necesitamos su ayuda!”.
Mientras el Mediterráneo se configura cada vez más como el lugar de una masacre, la Unión Europea e Italia aprueban normas más restrictivas sobre la acogida y la protección. Al hacerlo, sin embargo, olvidamos que no es esta la historia de la que Europa es hija. La voz de Aisha, que desde las costas tunecinas eleva hacia Europa su petición de ayuda por todas las personas que están sufriendo en el Mediterráneo, trae a la memoria un diálogo narrado por Virgilio en la Eneida. Precisamente a las costas tunecinas llegaron Eneas y sus compañeros, de cuya descendencia debía fundarse Roma. Recibidos en un primer momento con hostilidad por los cartagineses, Ilioneo invita a la reina Dido a mirarlos de cerca (I, v. 526). Dido lo hace y pronuncia una frase que se ha vuelto simbólica: “No ajena al sufrimiento, aprendo a socorrer a quienes padecen” (I, v. 630). Dido conoce el dolor y sabe socorrer a quien sufre.
Hoy la petición de ayuda de Aisha corre el riesgo de estrellarse contra el muro del silencio. La dignidad de estas personas es pisoteada, nuestra fraternidad con ellas se rompe. Pero así también se destruye desde dentro nuestra humanitas. Un continente que no sabe acoger y se repliega sobre sí mismo es también un continente donde se extiende el sufrimiento mental. Recientemente la OMS Europa ha denunciado que en nuestro continente una de cada seis personas sufre trastornos de salud mental, de las cuales una de cada tres no recibe una atención adecuada, y una de cada cuatro personas mayores de 60 años declara sentirse sola. Un continente que se cierra a las personas pobres que huyen de las injusticias es también un continente que no logra crear verdadera solidaridad en su interior, abandonando a quien se siente solo o desbordado por la vida.
El papa León XIV, en Dilexi te, ha escrito: “Es esta una sorprendente experiencia atestiguada por la tradición cristiana y que se convierte en un verdadero punto de inflexión en nuestra vida personal, cuando nos damos cuenta de que son precisamente los pobres quienes nos evangelizan” (n. 109). Es la experiencia de quienes se abren a las personas excluidas de la sociedad. No por casualidad, uno de los primeros lemas de Mediterranea Saving Humans, nacido de las primeras experiencias de rescate, es: “Nosotros los socorremos, ellos nos salvan”.
Quizá entonces el grito de Aisha sea providencialmente esa ancla que, si la aferráramos, salvaría no solo a ella, sino también a nosotros. Estamos ante una encrucijada de civilización: todos juntos, practicando la cultura del encuentro, si quisiéramos, podríamos salvarnos.

Sacerdote, coordinador del Encuentro Mundial de Movimientos Populares (EMMP) y capellán del Mediterranea Saving Humans



