La fractura trumpista del orden mundial alienta la búsqueda de alternativas ante la brutalidad de las grandes potencias

La fractura trumpista del orden mundial alienta la búsqueda de alternativas ante la brutalidad de las grandes potencias
Los líderes internacionales han certificado en el Foro de Davos que el antiguo orden mundial ha llegado a su fin, un proceso acelerado por la política de Donald Trump durante su primer año en la presidencia de Estados Unidos.

Desde Europa, Emmanuel Macron y Ursula von der Leyen responden defendiendo la necesidad de una postura firme, unida y proporcionada frente a las presiones de la Administración Trump, en particular ante las amenazas arancelarias y cualquier intento de subordinar al continente.

Aunque Von der Leyen insiste en mantener la perspectiva de acuerdos futuros con Estados Unidos, advierte que una ruptura total del vínculo transatlántico sería aprovechada por Rusia y China, lo que subraya la importancia estratégica de preservar, aunque reformado, ese equilibrio global.

El movimiento sindical europeo, que ha expresado su solidaridad con Groenlandia y su pueblo, objeto de deseo del cada vez más “desinhibido” presidente Trump, ha pedido a la Unión Europea que mueva ficha y paralice los acuerdos comerciales con Estados Unidos y defienda enérgicamente los derechos humanos.

En un comunicado, la Confederación Europea de Sindicatos, a las que pertenecen la mayoría de sindicatos de España, indica que “el respeto a los socios y a las normas internacionales debe ser una condición previa para mantener y profundizar las relaciones comerciales”.

El primer ministro canadiense aboga por el pragmatismo con valores

Pero quien con toda crudeza ha asumido la irrupción de un nuevo panorama mundial ha sido el primer ministro de Canadá, Mark Carney, quien en el Fondo de Davos, ha explicado que “nos encontramos en medio de una ruptura, no de una transición”.

El político liberal canadiense aclaró que asistimos “al fin de una bonita historia y el comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica entre las grandes potencias no está sujeta a ningún límite”.

El mandatario del país norteamericano, codiciado también por Donald Trump, no se anduvo por las ramas: “el antiguo orden no va a volver. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo”.

De paso, reconoció que el anterior era “parcialmente falso”, aunque en cierta manera útil, Sin embargo, alegó Carney, “no se puede ‘vivir en la mentira’ del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación”.

Las opciones para evitar que la lógica imperial se imponga en el mundo pasan, a su entender, por abandonar la política del apaciguamiento, de tratar de evitar problemas y “esperar que la docilidad garantice la seguridad”.

Apostó Carney por “ser pragmáticos y guiarnos por principios”, pues “un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible”.

En un mundo marcado por la rivalidad entre grandes potencias, las naciones de tamaño medio no pueden apoyarse en “un multilateralismo ingenuo” ni en “instituciones debilitadas”, señaló, para proponer la creación de coaliciones eficaces, formadas “tema por tema”, con socios que compartan suficientes puntos en común para actuar juntos, tal como plantea el original.

A ello debe sumarse “una densa red de conexiones entre el comercio, la inversión y la cultura” que permita afrontar los desafíos futuros.

A diferencia de las grandes potencias —capaces de imponer condiciones gracias a su mercado, influencia y capacidad militar— las potencias medias quedan en desventaja cuando negocian solas con actores hegemónicos, pues “negociamos desde la debilidad”.

De este modo, reconoció, “aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros para ser los más complacientes”.

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Esto lleva a una falsa apariencia de autonomía, “es la representación de la soberanía al tiempo que se acepta la subordinación”.

Por eso, “las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú”.

El sindicalismo europeo pide a la UE que utilice “el bazuca comercial”

El sindicalismo europeo, en su comunicado, ha señalado con claridad que el derecho de los pueblos a decidir su propio futuro, la integridad territorial y la seguridad colectiva no pueden ser objeto de coerción ni de negociación bajo amenaza.

Así, la CES ha señalado que la utilización de la política comercial como instrumento de presión vulnera los principios básicos del orden internacional basado en normas.

“Groenlandia es una parte integral de la comunidad nórdica, y su población tiene un derecho incuestionable a determinar su propio futuro. Esto incluye el derecho fundamental a vivir con seguridad, libre de presiones o amenazas externas”.

De paso, ha manifestado que “cualquier intento de coaccionar a Europa mediante amenazas, intimidación o medidas comerciales constituye un desafío directo a la soberanía, la democracia y al orden internacional basado en normas”.

En este sentido, el sindicato Comisiones Obreras, integrante de la CES, ha manifestado que “la decisión del Parlamento Europeo en Estrasburgo de congelar la ratificación del acuerdo comercial entre la Unión Europea y Estados Unidos constituye una señal política relevante”.

También USO, que pertenece a la confederación europea, ha manifestado que es “el momento de que Europa se plante y sea firme en la defensa de su población, también de la que tiene un estatus particular, como la groenlandesa, y a que apueste por el futuro de las empresas europeas y sus trabajadores”.

Así mismo, la CES insta al Consejo a estar preparado para utilizar el Instrumento Anticoerción de la UE, la llamada “bazuca comercial”. La credibilidad de la UE depende, su juicio de la disposición de los responsables a aplicarlo cuando los intereses, valores y trabajadores europeos están bajo ataque.

De paso, el movimiento sindical de la Unión Europea reitera su petición a la Comisión y a los Estados miembros para que adopten las medidas necesarias que protejan a los trabajadores, los empleos y la capacidad industrial.

Según ha puntualizado, esta política ha de servir para “salvaguardar los sectores afectados, apoyar a los trabajadores y comunidades, y garantizar que cualquier respuesta no traslade la carga a los empleados ni socave los estándares laborales”.

“Europa debe estar preparada para actuar con decisión para proteger los empleos y la capacidad productiva. Se necesitan instrumentos comunes sólidos, similares en ambición y escala al programa SURE (mecanismo creado en 2020 para ayudar a los Estados miembros a proteger el empleo durante la pandemia de COVID‑19), para blindar a los trabajadores, estabilizar los ingresos y apoyar a las industrias y servicios que afrontan disrupciones”.

“La fuerza de Europa reside en su unidad y en sus trabajadores. Defender la soberanía, proteger la paz y salvaguardar los empleos deben ir de la mano”, concluye la CES.