Ana Iris Simón, escritora: «El sistema se las ingenia para vendernos yugos como libertades»

Después de debutar con Feria, una obra que mezcla memoria personal y crítica social, Ana Iris Simón se ha convertido en una voz pública que desafía etiquetas desde su tradición socialista y su conversión cristiana.
¿A que achaca el éxito de su libro Feria, que luego le ha permitido convertirse en columnista y participar en todo tipo de debates y comparecencias públicas?
El libro fue un encargo de una editora sobre los feriantes en España a raíz de un artículo. Me consideraba una suma de rarezas y era reticente a contarlo. Andando el tiempo, he descubierto que en mi historia se podía leer la historia de la clase obrera o de las clases populares en España en las últimas décadas. Mi abuelo había ido al cole hasta los 8 años en una escuelilla y luego se había tenido que poner a trabajar, incluso fue migrante en su momento, en Alemania. Sus hijos habían podido cambiar su posición de clase. Pero los nietos ya no tenían esa posibilidad, al menos no tenían tan fácil el acceso a una vivienda.
También hubo suerte. A pesar de que el libro se publica en una editorial muy pequeña, enseguida el gremio y los escritores me hicieron mucho caso. En el éxito de un libro interviene mucha gente. Hasta la portada influye. He ido de la mano todo el rato de alguien. La correctora, los libreros… Es una cosa un poco mágica en la que interviene un montón de gente.
¿Hay también un ajuste de cuentas con el 15M en este libro?
Salió en un momento en el que eran pertinentes algunas preguntas, o su replanteamiento, porque ya las había planteado mucho antes el 15M, pero por el devenir político seguramente habían quedado enterradas.
Sorprendió mucho a la gente la crítica al capitalismo global en un sentido material y también antropológico, que era algo que se hacía menos. El liberalismo económico también tiene una cara antropológica y también nos afecta en nuestras decisiones, aunque sea menos evidente. El sistema se las ingenia para vendernos yugos como libertades, lo que generó también muchas ampollas en la izquierda.
¿Corremos el riesgo de fractura social de continuar la polarización actual?
La polarización también tiene que ver con los partidos que supuestamente venían a romper el bipartidismo, como Podemos o Vox, y que han acabado refundándolo con una dialéctica más beligerante, con el bipartidismo de bloques, del que PP y PSOE también son responsables. Lo han inoculado de arriba abajo.
Pero de un tiempo muy cercano a esta parte, lo veo algo mejor. Tal vez ha cambiado mi mirada o ha cambiado la realidad. Ha habido años crudos en los que no se podía hablar con otros, porque se deshumanizaba al que tuviera una opinión distinta. Al menos veo productos culturales que se salen de esa dialéctica, menos dogmáticos y lo vivo en mi familia o con mis amigos.
Lo que nos han extirpado es la idea
de trascendencia, a la que el mundo
moderno y la globalización capitalista
no puede tener más alergia
Otra cosa es el plano mundial, por ejemplo, con el conflicto de Israel y Palestina. La primera soy yo, que siento un rechazo casi físico a sentarme con alguien que defiende lo que está haciendo Israel. Pero sí, tal vez, haya un hartazgo de la gente que acaba por entender que lo que le da a un político réditos y votos, y a un medio clics, es la polarización.
¿Cómo alguien que «creció sin un crucifijo en clase» interpreta el «giro católico» o «el reencantamiento del mundo» del que se habla a propósito de la estética de Rosalía, la película Los Domingos o el libro de Javier Cercas?
Tiene algo de generacional, pero también de momento histórico. Mi padre fue niño en el franquismo y sufrió la religiosidad nacionalcatólica. En cambio, yo no tuve ninguna formación religiosa. Además, convivía con migrantes que profesaban otras religiones y que ponían a Dios en su vida con naturalidad y con normalidad.
A la vez, hemos sido socializados en un mundo que nos dice que somos lo que producimos y consumimos, lo que inevitablemente te lleva al vacío. Me parece sintomático que veamos opresión en una niña que quiere hacerse monja, como en la peli de Los Domingos y no en una chavala que decide colocarse un velo sobre la cabeza o en mujeres que se parten el tabique nasal, que se rajan los músculos, que se colocan implantes.
Lo que nos han extirpado es la idea de trascendencia, a la que el mundo moderno y la globalización capitalista no puede tener más alergia. El mercado no dirige su rechazo tanto hacia la fe o las culturas como a la idea de trascendencia. Si detrás de lo real no hay nada, aparece el nihilismo y entonces el consumo, o la estética, son lo normal y lo natural. Es del frío absoluto donde surge la necesidad de hacer una lumbre.
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