Imanol Zubero, sociólogo: «La sensación de que las cosas no van bien debe incitarnos al cambio sin nostalgias»

Imanol Zubero, sociólogo: «La sensación de que las cosas no van bien debe incitarnos al cambio sin nostalgias»
El sociólogo y profesor universitario Imanol Zubero ha colaborado en la elaboración del revelador y punzante IX Informe FOESSA, junto con Teresa Montagut, quienes se han encargado más intensamente en la elaboración del último capítulo en el que tratan de plantear orientaciones para cerrar la brecha social e implantar la democracia de los cuidados.

¿Cómo hemos pasado de «la sociedad desvinculada» del Informe FOESSA de 2019 a la «sociedad del desasosiego» de este último?

Asistimos a fenómenos que no veíamos en 2019, aunque ya apuntaban, incluso antes, que nos han llevado a la idea de que ese «malestar malo» ha superado al individuo y a los grupos, hasta convertirse en una clave interpretativa de lo que nos pasa en todo el mundo. El desasosiego está en el fondo de muchos movimientos políticos de este último lustro: el populismo, la búsqueda de seguridades en el pasado, la crítica a la democracia y las demandas de orden.

¿Qué evidencian la situación de la vivienda y la persistencia, a pesar de las mejoras regulatorias, de la precariedad laboral?

El capitalismo ha conseguido desmovilizar a la gente con la promesa de la integración socioeconómica universal, de que íbamos a disponer de los recursos para sacar adelante nuestras vidas. Lo hemos conseguido, cuando al capitalismo le venía bien o no le venía mal. Cuando le ha interesado, porque le va mejor que la vivienda sea un bien especulativo, que un bien de uso y nos lo ha quitado y ha dejado a la gente colgada de la brocha.

¿A quién reclamamos ahora si no va bien? Pues al Gobierno, a la política, que tiene su responsabilidad, cierto, pero en mi opinión, es vicaria, secundaria.

La responsabilidad está en la «mano invisible» que siempre reparte las cartas a favor del capital y a la que le basta que juguemos a su juego, como si fuéramos electores racionales preocupados por lo nuestro para que al sistema le vaya bien. Es tan sencillo que a quien le va bien le puede ir muy bien, a costa del resto. Rafael Simone lo llama el «monstruo amable», pero «monstruo».

Se está debilitando la identidad obrera y parece que los esfuerzos y llamamientos a recrear ese sujeto social capaz de revertir la inercia, si alguna vez lo fue, ha desaparecido…

Ahora que estamos recordando los 50 años de la muerte de Franco y la recuperación de la democracia, no podemos olvidarnos del papel de los movimientos sociales, en general, y del movimiento obrero en particular, en toda la Transición, incluso en la fase previa, durante el franquismo.

Pero es que han cambiado radicalmente las condiciones materiales. Eso genera conciencia y también cambia el conflicto. Antes era muy fácil, más natural, te encontrabas en la fábrica, en el barrio, las familias, los hijos… eran gentes muy parecidas. Aunque el internacionalismo costaba más, es cierto.

El desasosiego está en el fondo de
muchos movimientos políticos de este
último lustro: el populismo, la búsqueda
de seguridades en el pasado,
la crítica a la democracia…

Las migraciones, el cambio tecnológico y las reivindicaciones de las mujeres para alcanzar la igualdad real en todos los ámbitos de la vida nos han llegado justo en los años del neoliberalismo que, además, persigue dividir la cultura obrera. Nos faltan recursos para poder de responder de una manera eficaz y rápida las transformaciones actuales. En estas estamos, explorando conceptos o miradas desde la interseccionalidad, como es la democracia y la sociedad de los cuidados.

¿Hay riesgo de «lepenización» de la clase obrera?

Nunca hemos estado vacunadas contra eso. Durante el franquismo había muchos trabajadores vinculados al régimen. Pensemos en el fascismo italiano de Mussolini… Cuando dejamos que nuestros miedos individuales, nuestras aspiraciones materiales, más cortoplacistas tomen el mando, existe el riesgo de ir detrás de quien nos dice que va a arreglar todo. Claro, las extremas derechas pueden hacerlo, porque no tienen ningún tipo de rigor.

No tienen ningún tipo de reparos en mentirnos y echar la culpa siempre a un «otro» que puede ser el extranjero, el político del otro bando… Luego nada es tan fácil de implementar, pero atrae.

Por ahora, la mayoría de la gente trabajadora sigue votando izquierda, solamente en Francia, el partido de Marine Le Pen se ha convertido en el más votado entre los trabajadores. Hay un riesgo y la penetración es evidente.

¿Qué es la democracia de los cuidados?

A todos y todas nos han cuidado y nos cuidan, y queremos que nos cuiden. Desde luego, si algo no queremos, es que nos descuiden. La distribución de las tareas, la organización patriarcal, colonial y capitalista del mundo genera que al final nos cuiden mujeres, personas migrantes o más pobres que nosotros. Pero nadie renuncia a ser cuidada, lo que nos cuesta más es cuidar. Preferimos delegar, externalizar o comprar. La batalla fundamental por una democracia del cuidado, por una sociedad del cuidado, no es tanto explicar la necesidad universal del cuidado, sino convencernos de que además de cuidar, como dice Tronto, tenemos que ejercer el «concuidado», «cuidar con».

Si eres varón, blanco, con ingresos, tienes el privilegio de no cuidar. Nadie debería estar exento de cuidar, la pregunta es cómo conseguimos que quien tiene el privilegio de no cuidar, renuncie a él o le hagamos renunciar. Tronto, en Quién cuida, dice que «a cuidar se aprende cuidando». Todos podemos cuidar y sabemos cuidar, pero hay que ponerlo en práctica.

¿Qué podemos hacer personal, comunitaria e institucionalmente para avanzar hacia el paradigma del cuidado?

Todo aquello que nos desconecta o que interrumpe el flujo de los sistemas se convierte en ese acuífero y ese reservorio de energía y de recursos para conseguir el cambio. Lo vemos, si somos capaces de ir más allá de ese día a día sistémico en el que estamos metidas. Ha sido muy interesante lo que ha pasado con Gaza, la suspensión de la vuelta ciclista a España. La fiesta, la celebración y hasta la oración interrumpen la máquina.

Hay cantidad de gentes, mujeres y hombres que están interrumpiendo el sistema. Vamos a hacer una protesta, una propuesta, una fiesta, a escucharnos, acompañarnos, a dedicarnos tiempo.

¿Dónde se puede encontrar la inspiración y la fuerza para apostar por la transformación social, sin desesperar?

Desde nuestra perspectiva hemos mirado hacia las espiritualidades, especialmente cristiana. No solo porque sea más cercana, que también, sino porque, aunque seguramente otras también, es radicalmente una propuesta de vida contra la muerte, de esperanza máxima. Ahí está la resurrección, incluso aunque tengamos que pasar por Getsemaní y por el Calvario. Al final es la vida la que triunfa.

Igualmente, tenemos el ecofeminismo, hay mucho, incluso cristiano, por cierto, que ha conseguido vincular esas dos otredades que están en la base del capitalismo caníbal, que han sido la naturaleza y la mujer.

Nadie debería estar exento de cuidar,
la pregunta es cómo
conseguimos
que quien tiene el
privilegio de no cuidar,
renuncie a él
o le hagamos renunciar

El ecofeminismo ha visto que este sistema está construido sobre dos explotaciones fundamentales, luego hay otras, pero dos fundamentales, y si las replanteamos nos damos cuenta de que el sistema no aguanta ni un día. El sistema capitalista solo funciona porque se basa en la «necronomía» y la relegación de las labores reproductivas

La sensación de que las cosas no van bien debe incitarnos a transformar nuestras vidas y nuestras estructuras, evitando la nostalgia o la «retropía», porque en el pasado también pasaban cosas que no queremos repetir. Hay cantidad de propuestas, de gente que está dando respuestas para cambiar las instituciones públicas y reconstruir el vínculo social, la comunidad, la salida común.

El informe plantea dos prioridades que deberían llegar al debate y la agencia pública, como la recuperación de los vínculos sociales para generar un alma cívica de buena vecindad y el desarrollo de servicios púbicos sólidos, en alianza con el tejido comunitario, en ver del interés privado…

Es fundamental sentirnos parte de lo común y de un común que participamos todas y todos los que compartimos un tiempo y un espacio. Para ello, básicamente tenemos que compartir la vida y las estructuras sociales. Va a ser imposible que tomemos decisiones en común y en colectivo si no compartimos escuelas, bibliotecas, transporte, educación, sanidad, plaza… De lo contrario donde vamos a volver es a ese siglo XIX en Gran Bretaña, donde hablaban de que existían dos naciones separadas, la de los ricos y la de los pobres, que no se encontraban nunca.

Lo público universal es esencial. Tenemos que compartir servicios públicos universales y políticas sociales. Tenemos que «desconcertar» un poco la sanidad, la educación que se convierten en una especie de tierra de nadie, ya no es lo privado, pero no estás en lo público. Tenemos que incorporar también una mentalidad o una energía cívica que nos lleve a eso, porque no basta con tener espacios y tiempos.

Nos hace falta un impulso que nos saque ese letargo individualista y que digamos, «pues venga», vamos a hacer cosas juntas. Primero, tiene que haber recursos, pero también ganas e impulso para hacerlo. Eso es fundamental. Todo lo que tenga que ver con lo público, todo lo que tenga que ver con lo común, eso es crucial. Porque si no, nos vamos a ver más recluidos en los espacios individualizados o mercantilizados.