Argumentos frente al negacionismo

Argumentos frente al negacionismo
FOTO | Robert Jankovic (Shutterstock)

Cada vez nos vamos dando cuenta que la crisis climática no es una broma. Las 300.000 hectáreas de superficie forestal quemadas aportan una prueba más; sin embargo, aún continúa el debate sobre si son galgos o podencos (y recuérdese cómo termina la historia). Por ello, sugeriremos algunos argumentos que vayan dejando atrás el inútil e interesado negacionismo.

Si todavía alguien, sinceramente, duda del fenómeno, no será difícil explicar cómo el ser humano (especialmente el occidental) se encuentra detrás de las combustiones y otras prácticas que lo generan. El 100% de las Agencias Meteorológicas de todo el mundo así lo aseguran, y el último informe del Panel del Cambio Climático se fundamentó en 6.000 referencias. Constituyen la base más sólida para quien precise información de calidad.

Sin embargo, son otras las afirmaciones que proliferan, por ejemplo, que el clima constantemente varía y han sido muchos los cambios climáticos en la historia. Es cierto, pero ninguno tan rápido (y exponencial) como éste. Otros se gestaron en siglos o milenios, ahora es en décadas, acompañados de una concentración de dióxido de carbono de 427 parte por millón, la más alta en la historia de la humanidad.

En esa misma línea, también se escuchará que siempre ha hecho calor, siempre se produjeron incendios, hubo inundaciones… Sí, pero no de forma tan intensa ni tan frecuente. No obstante, si se busca un rasgo evidente del cambio climático, obsérvense los glaciares alrededor del mundo y comprobarán que todos han reducido su volumen de hielo alrededor del 50% (los pirenaicos, el 75%). Además de la fusión estacional de los hielos polares y su incidencia en el clima , prueba evidente del calentamiento global.

Otra línea de argumentación, aceptando el fenómeno no lo atribuye al ser humano, sino a causas naturales. Sería entonces la actividad solar la responsable, pero está comprobado que los ciclos solares son más largos (11.000 años), con lo que no tiene relación alguna con el cambio climático actual. Más bien parece estar directamente relacionado con los 38.100 millones de toneladas de CO2 que emitimos anualmente a la atmósfera.

Otros, admitiendo el cambio, afirmarán que mientras China o Estados Unidos no reduzcan visiblemente sus emisiones, de poco vale lo que se haga por aquí. Olvidan que todo suma y que actuar de forma adecuada, es decir con coherencia y principios, es la respuesta que se espera de un sujeto ético frente a un reto tan importante.

Y aquí es donde se sitúa el negacionismo práctico. Muchos admiten el fenómeno, pero no están dispuestos a cambiar ningún hábito ni a aceptar limitaciones, sea en movilidad, alimentación, ocio o consumo, ignorando que son necesarias y que formas de vida más sencillas y conscientes son más gratas, al tiempo que mejoran la salud individual y del planeta.

Las posiciones ultraliberales, propias de los partidos que las defienden, no quieren obstáculos a las actividades económicas, creen que las consideraciones ambientales son caprichos burocráticos que deben descartarse sin mayores miramientos. Este planteamiento hipotecará el futuro volviendo al desarrollismo más duro de los años 60. Las actividades económicas deben ser matizadas dentro de un proceso de transición justa; de otra forma el crecimiento sin límites representará pan para hoy y hambre para mañana.

Finalmente, la bandera ideológica es la más furibunda contra lo que llaman el “fanatismo climático”. No es tal porque es ciencia, y sorprende el atrevimiento de tantos profanos que se permiten opinar sobre hechos demostrados, como si se pudieran discutir la teoría de la gravedad o la relatividad. Por el contrario, debiera ser un motivo de unidad, ya que en ello nos va el futuro: el clima es la vida de la vida, el protector del planeta. Se necesita, ahora que se aproxima un tiempo electoral, altura de miras, formación y diálogo, si es que la vocación de la política es servicio, decencia y veracidad.

Darwin, uno de los grandes científicos de todos los tiempos, rehuyó las discusiones estériles sobre su propia teoría. Es un buen ejemplo, porque la realidad es tan evidente que debatir sobre si ahora es de día o de noche supone gastar inútilmente energía, que bien puede aprovecharse en otros menesteres, como, sin ir más lejos, trabajar con apremio frente a este desafío.

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