«Yo soy la puerta de las ovejas»

«Yo soy la puerta de las ovejas»

Lectura del santo Evangelio según san Juan (10, 1-10)

En aquel tiempo dijo Jesús: –Les aseguro que quien no entra por la puerta al corral de las ovejas, sino por cualquier otra parte, es ladrón y bandido. El pastor de las ovejas entra por la puerta. A este le abre al guardián para que entre y las ovejas escuchan su voz; él llama a las suyas por su nombre y las saca fuera del corral. Cuando han salido todas las suyas, se pone al frente de ellas y las ovejas lo siguen, pues conocen su voz. En cambio, nunca siguen a un extraño, sino que huyen de él, porque su voz les resulta desconocida.

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no comprendieron su significado.

Entonces Jesús continuó diciendo: –Les aseguro que yo soy la puerta por la que deben entrar las ovejas. Todos los que vinieron antes que yo, eran ladrones y bandidos. Por eso, las ovejas no les hicieron caso. Yo soy la puerta. Todo el que entre en el corral de las ovejas por esta puerta, estará a salvo, y sus esfuerzos por buscar el alimento no serán en vano. El ladrón va al rebaño únicamente para robar, matar y destruir. Yo he venido para dar vida a las personas y para que la tengan en plenitud.

Comentario

No olvidemos en qué contexto está este texto del evangelio de Juan: una polémica con los fariseos y los sacerdotes después de la curación del ciego que comienza en el capítulo 9, termina con el mismo tema después ya en el 10, 21. Toda una polémica con la institución religiosa oficial desatada por la curación del ciego.

No es nada ingenua la pretensión de Jesús cuando habla de la puerta y el pastor. Detrás hay un texto del profeta Ezequiel conocido por sus oyentes. En el capítulo 34 el profeta denuncia a los sacerdotes y reyes, porque se aprovecharon de su poder para explotar al pueblo y vivir a su costa y cuidarse a sí mismos y eso llevó al desastre, al exilio.

Son dos imágenes, puerta y buen pastor, dos imágenes relacionadas pero cada una presenta una perspectiva distinta del seguimiento de Jesús. Él, es centro de nuestra comunidad, de nuestra vida comunitaria, todo lo que hagamos, digamos tiene que entrar por él, no valen otros subterfugios.

Una pregunta para la Iglesia, para nuestras comunidades cristianas, para cada uno de nosotros y nosotras: ¿Cómo lo haría Jesús? ¿Qué haría Jesús en este momento? Esa es la puerta, ¿qué es lo que nos vincula a los cristianos?, ¿la casa donde nos reunimos?, ¿las actividades que realizamos?

Lo que nos vincula es el acontecimiento Jesús, el Señor, que, con toda su vida, con su muerte y resurrección propone, nos invita a «pensar como él, a trabajar con él, y vivir en él», «ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí», grita con fuerza Pablo en la carta a la Comunidad de Galacia (2, 20). Es una puerta que no se cierra y que nos conduce a un estilo de vida. «Fijos los ojos en Jesús, autor y perfeccionador de la fe» (Heb 12, 2). Él es el que sostiene nuestras comunidades cristianas, él sostiene nuestra fe, nuestra esperanza y nos hace cómplices del reino de Dios. Porque él es, además, el buen pastor.

Y «camina delante», importante matiz que nos recuerda que Jesús recorrió nuestros caminos, todos nuestros caminos. No pasó por nuestra historia de forma ficticia. Jesús es modelo a seguir y tiene la autoridad de llamarnos al seguimiento porque pisó nuestro barro y sabe de heridas, de traiciones y de amar apasionadamente a seres humanos concretos; y en él se nos transparenta el Dios amante de la humanidad. «Camina delante», no estamos perdidos.

No podemos desligar el término de pastor de lo que la cultura de Israel tenía asimilado, un auténtico cuidador de un rebaño al que conocía perfectamente y a cada uno de los componentes del mismo, pero también conocía la tierra que pisaba, los tiempos y las señales. El cuidado del pastor era también protección y protección de los más débiles, dar seguridad. Es interesante como grandes líderes de Israel como David o Moisés fueron pastores. Y desde Abel, pasando por Abraham y llegando a los profetas como Amós, el Primer Testamento está lleno de pastores y de referencias al pastoreo. Y el salmo 23 es toda una poética que reclama a Dios, al Dios de Israel como pastor un pastor que da seguridad: «El Señor es mi pastor, nada me falta», después de un angustioso salmo 22 que comienza gritando: «¡Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?». Pero Dios es modelo porque «apacienta como un pastor a su rebaño y amorosamente lo reúne; lleva en brazos a los corderos y conduce con delicadeza a las que acaban de parir» (Is 40, 11)

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Jesús marca el estilo de cómo cuidar, amar y dar la vida, y es una invitación a la Iglesia, a toda persona con responsabilidades ministeriales de cualquier tipo: a ser buen pastor y estar acompañando al rebaño más vulnerable ante la acción de quienes tienen el poder, abusan del poder y engañan con el poder.

Y no olvidemos que este relato no pretende colocarnos en un bucolismo abstracto y ñoño, ni, por otro lado, en un rebañismo infantilizador, alienante; como hemos dicho, estas afirmaciones del pastor y la puerta, se da en un entorno de conflicto donde Jesús hace una crítica directa, durísima, provocadora, a los poderes políticos y religiosos de su época. Les llama ladrones, bandidos, asesinos, cobardes, interesados; de alguna manera Jesús les declara opresores de su pueblo y se pone de parte de los débiles y vulnerables. Jesús es buen pastor en confrontación con quienes querían serlo machacando a los débiles. Más adelante (15, 15) Jesús dice: «Ya no les llamo siervos sino amigos», somos cómplices en el proyecto común del reino: «para que tengan vida…».

¿Cuál es su misión? «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia». No es alguien que viene de fuera como liberador, es alguien que camina con nosotros y nosotras, y su caminar, su vida nos llena de vida y nos invita a que nosotras, nosotros, seamos, también quienes respondamos al seguimiento haciendo lo mismo que Jesús.

El verdadero pastor, el pastor por excelencia es el que da vida, pero la da dando la suya, el versículo siguiente que no hemos leído, pero es clave en el texto, el versículo 11, nos dice: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas».

Una Iglesia, unos ministerios que huelen a oveja, porque la suerte de ellas es también la suerte del pastor. Dar la vida para que otras personas tengan vida.

 

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