León XIV en Mónaco: el Evangelio frente al poder del dinero

León XIV en Mónaco: el Evangelio frente al poder del dinero
FOTO | Vatican Media

Imagina que tienes que elegir el lugar de Europa donde el Evangelio pueda resultar “más incómodo”. Donde la parábola de los talentos suena más a denuncia que a elogio. Donde hablar de destino universal de los bienes, de estructuras de pecado, de cultura del descarte, duele en los oídos de quienes escuchan. Ese lugar es Mónaco. Y ahí estuvo León XIV el 28 de marzo de 2026.

2,08 km². El segundo Estado más pequeño del mundo. El primero en renta per cápita. Más de 150 nacionalidades conviviendo en uno de los territorios más densamente poblados del planeta. Un casino que ingresa más de 352 millones de euros al año. Un circuito de Fórmula 1. Una catedral. Y el catolicismo como religión oficial del Estado, lo que convierte cada palabra del Papa en interpelación directa a una estructura política que se define por ese vínculo. Y, bajo todo “ese brillo”, lo que el arzobispo Dominique Marie David denomina “pobreza oculta”: soledad, marginación, adicciones, vidas rotas que el lujo hace invisibles.

A ese principado, microcosmos del capitalismo financiero global, llegó León XIV con la Doctrina Social de la Iglesia bajo el brazo.

En el Palacio del Príncipe, ante autoridades y actores económicos, León XIV tomó la parábola de los talentos y la aplicó sin anestesia. Lo recibido no se entierra. Se pone en circulación. Se redistribuye. Porque no pertenece solo a quien lo posee.

“Cada talento, cada oportunidad, cada bien depositado en nuestras manos tiene un destino universal, una exigencia intrínseca de no ser retenido, sino redistribuido, para que la vida de todos sea mejor”, dijo en su saludo.

Ese horizonte del reino de Dios “sacude las configuraciones injustas del poder, las estructuras de pecado que excavan abismos entre pobres y ricos, entre privilegiados y descartados”. Estructuras de pecado. No simples fallas individuales. Estructuras. El lenguaje es el de Juan Pablo II en Sollicitudo rei socialis, –para que nadie se confunda– pronunciado esta vez en uno de los centros financieros más opacos e influyentes del Mediterráneo.

Y, sobre el diagnóstico, lanzó el encargo: que el Principado profundice en la Doctrina Social de la Iglesia y elabore “buenas prácticas locales e internacionales que manifiesten su fuerza transformador”. Dicho en el palacio. A quienes pueden hacerlo realidad… o bloquearlo.

En la catedral, ante la comunidad eclesial, el Papa apuntó a otro tema incómodo: una fe que no se interroga sobre el sistema que la rodea y las consecuencias que provoca –como pista, conviene leer Laudato si’ y Dilexi te— se convierte en “costumbre, aunque sea buena”.

“¿Es realmente justo y está inspirado en la solidaridad el modelo económico y social vigente? ¿Ese modelo está habitado por la ética de la responsabilidad, que nos ayuda a ir más allá de la lógica del intercambio de equivalentes y del lucro como fin en sí mismo?”, cuestionó en el encuentro.

La referencia remite a Caritas in veritate de Benedicto XVI. La pregunta, sin embargo, es contemporánea. Una Iglesia que deja de formularla corre el riesgo de volverse insignificante.

La homilía en el Estadio Louis II profundiza aún más. El Papa recurre al profeta Ezequiel y a su denuncia de los “ídolos inmundos”, es decir, todo aquello que esclaviza el corazón, lo compra y lo corrompe.

“Las cosas grandes y buenas de esta tierra se convierten en ídolos, transformándose en formas de esclavitud no para el que no las tiene, sino para el que se atiborra de ellas, dejando al prójimo en la miseria y en la tristeza”, aseveró.

La riqueza que no se comparte no solo priva a quien carece de ella, sino que degrada a quien la acumula. La codicia se convierte en idolatría, genera dominación, institucionaliza el descarte y convierte la desigualdad en un sistema que se reproduce a sí mismo. Y las guerras que desangran el planeta son “fruto de la idolatría del poder y del dinero”, afirma el Papa.

A los jóvenes y a los catecúmenos, ante la iglesia de Santa Devota, les encomendó una tarea clara: llevar el Evangelio “a las decisiones de su trabajo, a su compromiso social y político, para dar voz a quienes no la tienen”. No encerrarlo en la sacristía. Llevarlo al mundo donde se decide la dignidad.

Lo que León XIV pronunció en Mónaco configura un cuerpo doctrinal coherente y consecuente, desde la Doctrina Social de la Iglesia: destino universal de los bienes, estructuras de pecado, cultura del descarte, desarrollo integral, opción preferencial por los pobres. Dicho, además, en uno de los lugares donde más incómodo resulta escucharlo, ante quienes tienen mayor capacidad para ignorarlo… o para encarnarlo.

La pregunta que queda abierta es la misma que resonó en la catedral: ¿interpelamos al sistema o nos acomodamos a él? ¿Defendemos a quienes son descartados o miramos hacia otro lado?

León XIV dejó una brújula. Y, como en el Evangelio, apunta hacia abajo: hacia quienes quedan fuera, hacia quienes ven herida su dignidad.

“Busquen primero el Reino y su justicia. (…) El horizonte del Reino de Dios es más amplio que el horizonte privado y no se refiere a un mundo utópico: está cerca, porque está en medio de nosotros y sacude las configuraciones injustas del poder (…) para que nadie sea excluido jamás de la mesa de la fraternidad”.

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