Diego Márquez, un militante a quien la Iglesia y el mundo del trabajo tanto deben

Diego Márquez, un militante a quien la Iglesia y el mundo del trabajo tanto deben

La muerte de Diego Márquez Muñiz (Sevilla, 1961-2026), fallecido este 26 de marzo después de una larga enfermedad, deja una huella de calado en la Iglesia y en el mundo del trabajo. La noticia me llega en una llamada de teléfono, mientras espero el tren de vuelta a casa este jueves, Paloma me comunica su fallecimiento. Cartero de profesión, delegado sindical de CCOO en Correos y Telégrafos, y durante casi dos décadas delegado diocesano de Pastoral del Trabajo de Sevilla, su vida fue una expresión coherente de esa fe encarnada que se hace compromiso cotidiano.

Presidente diocesano, de Andalucía y presidente general de la HOAC entre 1997 y 2001, Diego fue, ante todo, un militante obrero cristiano. Uno de esos hombres que no separan la fe de la vida, ni la Iglesia del sufrimiento y la esperanza de las personas trabajadoras.

Su trayectoria no se entiende sin esa doble fidelidad: al Evangelio y al mundo del trabajo. Desde su puesto como cartero hasta sus responsabilidades en la HOAC y la pastoral del trabajo, vivió con hondura la convicción de que el trabajo no es solo un medio de vida, sino un espacio de dignidad, de relación y de construcción del bien común.

Quienes le conocieron destacan su cercanía y su constancia. No fue un liderazgo de grandes gestos, sino de presencia fiel, de acompañamiento y de compromiso sostenido en el tiempo. Un estilo profundamente evangélico.

Durante casi veinte años al frente de la Pastoral del Trabajo de Archidiócesis de Sevilla, contribuyó a mantener viva una Iglesia en salida hacia las periferias del trabajo, atenta a las situaciones de precariedad, injusticia y sufrimiento que atraviesan a tantas personas trabajadoras.

Diego fue también un mediador. Supo acercar el magisterio social de la Iglesia a la vida concreta del mundo obrero, haciéndolo comprensible, cercano y encarnado.

Participó en el Jubileo de los trabajadores del año 2000, junto a monseñor Antonio Algora, otra figura clave en la pastoral del trabajo. Aquella experiencia pude conocerla preparando un material para la Conferencia Episcopal, en uno de los espacios de reflexión compartidos con Diego, en los que subrayó el sentido de la homilía de Juan Pablo II, al recordar cómo en su taller de Nazaret Jesús “dio la más alta demostración de la dignidad del trabajo”. Diego lo hizo vida en su propia trayectoria.

También en sus últimos compromisos, compartidos en el Foro Aloclaro, cuando él mismo reconocía la dureza de la enfermedad, siguió mostrando esa actitud de búsqueda, diálogo y construcción colectiva.

La vida de Diego puede leerse también a la luz de esa intuición del papa Francisco sobre “los santos de la puerta de al lado”. Personas que, sin grandes alardes, sostienen parte de la vida de la Iglesia y de la sociedad desde lo cotidiano.

Lo señala bien la exhortación Gaudete et exsultate, esa santidad se reconoce en “hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa” y en la “constancia para seguir adelante día a día”. En esa clave, la vida de Diego aparece como testimonio de una santidad discreta, tejida en el trabajo, en la militancia y en la comunidad.

Protagonista de esa historia silenciosa que sostiene lo esencial. Una vida que, como recuerda el mismo texto, contribuye a construir “la verdadera historia”, la que deja huella en las personas y en las comunidades.

Sabemos que florecen las palabras de agradecimiento, oración y reconocimiento de tanta buena gente que lo vivió. “Una gran persona y un gran militante obrero cristiano”, ha expresado quien cogió su testigo en la Pastoral del Trabajo de Sevilla, Yolanda Fernández.

Casado con María del Carmen y padre de Marta e Irene, su vida familiar fue también parte de ese compromiso integral, donde fe, trabajo y vida cotidiana se entrelazan.

Desde la fe, la comunidad cristiana confía en que Diego “vive ya en Dios”, en ese abrazo definitivo que acoge la vida entregada. Y desde esa misma fe, se da gracias por su testimonio.

El reflejo de su vida comprometida es hecho visible de que la Iglesia y el mundo del trabajo tienen una deuda con quienes, día a día, construyen esperanza desde abajo.