Entre la cruzada política y el “nunca más la guerra”

Entre la cruzada política y el “nunca más la guerra”

La fotografía viralizada de una veintena de pastores evangélicos y líderes religiosos rezando en el Despacho Oval, con las manos extendidas sobre el presidente de Estados Unidos, retrata el clima moral y político de nuestro tiempo. Según se ha difundido, la oración pedía la victoria frente a Irán en el conflicto abierto en Oriente Medio.

El gesto es habitual en ciertas tradiciones evangélicas: la oración de intercesión mediante la imposición de manos. Pero trasladado al centro del poder político mundial adquiere una dimensión distinta. La escena sugiere que la acción política y, en este caso, la confrontación militar aparecen revestidas de un significado espiritual.

El problema no es la oración. Las religiones han acompañado siempre la vida de los pueblos y de sus gobernantes. En Estados Unidos, además, la presencia pública de la fe forma parte de la cultura política desde sus orígenes. Lo inquietante es otra cosa: cuando el lenguaje religioso empieza a legitimar la lógica de la guerra y a sacralizar el poder político.

La escena del Despacho Oval apunta precisamente a eso. El líder político aparece rodeado de figuras religiosas que interceden por su misión. El gesto transmite la idea de que su acción no es solo una decisión política, sino una tarea respaldada espiritualmente. En ese momento, la frontera entre fe y poder se vuelve difusa. La fe, que debería unir en torno a valores de fraternidad y justicia, se utiliza como ariete para reforzar trincheras ideológicas. Es el riesgo del llamado nacionalismo religioso: cuando la identidad de una nación, su proyecto político e incluso sus conflictos se presentan como parte de una misión providencial. En ese marco, el adversario deja de ser un interlocutor con el que dialogar y pasa a convertirse en enemigo moral o espiritual.

No es un fenómeno nuevo. A lo largo de la historia, el lenguaje religioso ha sido utilizado en más de una ocasión para justificar conflictos y movilizar a los pueblos en nombre de causas consideradas sagradas. El imaginario de la cruzada no pertenece únicamente al pasado medieval. Reaparece cada vez que el poder político de corte ultraconservador se reviste de un aura providencial para presentar sus decisiones como moralmente inevitables.

En el contexto actual, marcado por la escalada bélica en Oriente Medio tras los ataques ilegales de Estados Unidos e Israel contra Irán, esa retórica adquiere una gravedad particular. La confrontación tiene el potencial de desestabilizar regiones enteras y de arrastrar al mundo hacia una espiral de violencia difícil de contener. Cuando un conflicto de esta magnitud se interpreta en clave espiritual, el riesgo de radicalización claramente aumenta.

Frente a esta lógica de sacralización de la guerra, las palabras del papa León XIV ofrecen un contraste significativo. En uno de sus recientes llamamientos ante la escalada bélica, el pontífice recordaba que la paz y la estabilidad no se construyen “con amenazas mutuas ni con armas que siembran destrucción”, sino mediante el diálogo responsable entre las naciones. Desde el inicio de su pontificado ha insistido en la necesidad de avanzar hacia “una paz desarmada y desarmante”, una expresión que resume bien el horizonte ético que propone.

Esta posición se sitúa en continuidad con el magisterio reciente de la Iglesia. En la encíclica Fratelli tutti, el papa Francisco escribía que el desarrollo de las armas modernas ha transformado radicalmente el sentido de la guerra:

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“La cuestión es que, a partir del desarrollo de las armas nucleares, químicas y biológicas, y de las enormes y crecientes posibilidades que brindan las nuevas tecnologías, se dio a la guerra un poder destructivo fuera de control que afecta a muchos civiles inocentes. (…) Entonces ya no podemos pensar en la guerra como solución… (…) ¡Nunca más la guerra!” (FT 258).

Durante siglos, la tradición cristiana intentó limitar la violencia mediante la teoría de la “guerra justa” de san Agustín. Sin embargo, la capacidad destructiva de las armas contemporáneas ha alterado radicalmente ese marco moral y ya no se sostiene, según Francisco. La guerra es hoy un riesgo para toda la humanidad.

El contraste entre ambas escenas -la oración que parece bendecir la confrontación y el llamamiento de León XIV al desarme- expone dos formas muy distintas de entender la relación entre fe y política.

Una convierte la religión en elemento de identidad y de movilización política, capaz de reforzar narrativas de confrontación. La otra intenta preservar el núcleo espiritual de la fe como fuerza de reconciliación, de diálogo y de fraternidad entre los pueblos.

No es una cuestión menor. Cuando la religión se utiliza para legitimar proyectos y estrategias de poder, se convierte en instrumento de una causa política concreta y deja de ser una voz que interpela a la conciencia de todos.

La escena del Despacho Oval, por tanto, es un símbolo de las tensiones que atraviesan nuestro tiempo. En un mundo marcado por la polarización, la carrera armamentística, la desconfianza entre naciones y la ruptura del orden internacional vigente, el modo en que las religiones se relacionan con el poder adquiere una importancia fundamental.

Quizá la pregunta sea: ¿la fe está llamada a bendecir las guerras de los poderosos o a recordar que ningún poder puede erigirse en dueño del destino de los pueblos?

Porque, como recordaba el papa Francisco, la humanidad nunca había tenido tanto poder sobre sí misma. Y precisamente por eso necesita voces capaces de repetir con convicción aquella advertencia que atraviesa la historia reciente de la Iglesia y que hoy resuena con una urgencia dramática: “¡Nunca más la guerra!”.

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