Elena Arce, sobre el 3 de marzo de 1976 en Vitoria: “Había un empeño para que aquel injusto sufrimiento sirviera para hacer florecer la democracia”

Elena Arce tenía 25 años cuando la policía irrumpió en la iglesia de San Francisco de Asís de Vitoria para disolver una asamblea multitudinaria, dejando tras su paso cinco trabajadores muertos.
En 1976 no pertenecía a la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC,) aunque llevaba ya siete años trabajando como auxiliar en una notaría. “No tenía experiencia dentro del movimiento obrero”, acudía a alguna de las asambleas de San Francisco, de Zaramaga y a las manifestaciones, con una gran represión de los “grises”, en mi entorno conocía a alguna persona comprometida en CCOO en la clandestinidad e iba tomando conciencia obrera en sus luchas y reivindicaciones.
Sin embargo, recuerda que aquellos sucesos dejaron una huella profunda en su interior, como también en la mayoría de la población de la ciudad. Los días de huelga se sucedían en la ciudad sin que la patronal se aviniera a escuchar las reclamaciones de los trabajadores.
Curiosamente, el gran centro industrial de Vitoria, la factoría de Michelin, que años antes había vivido un duro e infructuoso conflicto laboral, se mantenía al margen de un paro que se iba extendiendo a cada vez más empresas.
La patronal vitoriana, íntimamente ligada a las autoridades de un régimen que, a pesar de la muerte del dictador Franco, se resistía a perder los resortes del poder, no cedía nada en las negociaciones. Al contrario, despedía a trabajadores díscolos y reprimía cualquier intento de organización obrera.
El 3 de marzo de 1976 se convocó una asamblea de trabajadores para informar de la evolución de la movilización. Las crónicas de la época hablan de entre 4.000 y 7.000 trabajadores reunidos en el templo.
Elena tampoco entró a trabajar aquel día. Se quedó a las puertas de la notaría junto a una compañera. “Parecía que nadie había ido al trabajo”, dice. “El respaldo popular y el apoyo de los colectivos a la huelga, durante todo el tiempo que duró, fue enorme”, añade.
Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado habían desplegado un amplio dispositivo en la ciudad para acallar la reclamación obrera. Sitiaron la iglesia y entraron sin miramiento, dejando a su paso un reguero infame de sangre.
Una Iglesia abierta a las luchas y angustias de los trabajadores
“Habíamos abierto las puertas de ese templo, como las de otros, al pueblo que lo necesitaba, para comunicarse a diario sus trabajos, sus luchas y sus angustias; que se reunía en ellos para crecer en unión y servir cada día con más fuerza al ideal —que es el nuestro— de la creación de un mundo justo y fraternal”, especificaba la homilía del funeral celebrado al día siguiente en la catedral.
Al día siguiente, en la homilía en la misa de funeral por los obreros Pedro María Martínez, Romualdo Barroso y Francisco Aznar –los otros dos tiroteados morirían días más tarde–, se leyeron unas palabras elaboradas por el clero de la diócesis de Vitoria, “en presencia del Sr. obispo y con su total refrendo”.
“Este carácter de refugio, capaz de amparar en el pasado hasta la vida de auténticos criminales, no ha sido ahora suficiente para garantizar las vidas de estos hombres”, se lamentaba desde el púlpito.
“Y no eran criminales, y no estaban perturbando la paz pública, ni siquiera faltaban al respeto debido a nuestro templo, porque somos testigos —y debemos proclamarlo— de la plena corrección en su comportamiento”, aclaraba la homilía.
En la memoria de Elena Arce queda “el ruido de las sirenas y de los motores y el ir y venir de los agentes de la Policía”.
“El barrio Zaramaga era un barrio eminentemente obrero. La gente se volcó con los heridos, los llevaban en coches, los acogían y los curaban”, dice.
“La ciudad apoyó a las familias de los trabajadores muertos y respaldó la lucha. El clima era, de verdad, muy impresionante”, reconoce. “La manifestación del día siguiente emocionaba. Había un silencio total”, completa.
La iglesia vitoriana alzó la voz: “Aunque no fuera más que porque dos de los que han muerto han sido prácticamente muertos en uno de nuestros templos, tendríamos que decir, no con odio, pero sí con clara firmeza, una palabra de condena”.
“Eran los últimos rescoldos de la dictadura. Las autoridades no admitían que la gente tratara de expresarse y quisiera mejorar las condiciones del mundo obrero”, explica Elena Arce, quien entonces era una joven más que participaba en el movimiento Scout, y no había oído ni siquiera hablar de trabajadores cristianos organizados.
En la formación de su conciencia, aquellos días de marzo, que han sido reivindicados ininterrumpidamente por familiares, sindicalistas, activistas sociales y memorialistas, tiene un gran peso, junto a su pertenencia posterior a la HOAC.

Ola de indignación
La brutalidad del operativo policial desató una ola de indignación que recorrió todo el país y alentó la movilización obrera que había empezado años antes, hasta forzar la apertura de negociaciones para atender las reclamaciones laborales y reconocer derechos fundamentales que desde el fin de la Guerra Civil habían sido proscritos.
Si algo destaca Elena de aquellos tristes días es la “unidad” de la población por un sueño común, la “implicación de amplios sectores sociales, incluida la Iglesia, y el empeño de que aquel absurdo sufrimiento sirviera para hacer florecer la democracia”.
La Iglesia, salvo algunas excepciones, se puso del lado de la gente corriente y apoyó la lucha obrera y la recuperación de las libertades.
“Entre las demás voces del pueblo no queremos que falte la nuestra, la de la Iglesia de Cristo, que vive en este pueblo, que con él llora, y que en él quiere ser, hoy y cada vez más, trabajadora de la paz, constructora de la justicia, en la búsqueda de la libertad”, se oía por la megafonía de la catedral ante un público que había desbordado el templo más grande de la ciudad.
Aquellas palabras, que no ocultaban el dolor y la rabia por lo sucedido, querían ser, a pesar de todo, expresión del “amor de este pueblo del que nos sabemos, también, parte”.
El clero vitoriano, con su obispo a la cabeza, según se lee en los folios mecanografiados que recogen la homilía, se preguntaba: “¿Es que ni siquiera en las iglesias va a poder encontrar el pueblo un refugio y un amparo contra una violencia brutal?”
La denuncia era clara: “No es lícito matar, no es lícito matar así. Lo dijo Dios: “¡No matarás!”. Y esta palabra, palabra sagrada de nuestro Dios, ha sido cruelmente profanada en las muertes absurdas de estos hermanos nuestros”.
No se podía ocultar la crueldad demostrada, no había posible justificación: “Las muertes que hoy angustiosamente nos conmueven —queremos decirlo con toda claridad— son absolutamente injustificadas y han de ser entendidas, por lo tanto, en su verdadera condición de homicidios”. Tampoco querían mirar hacia otro lado: “Los que se dicen guardianes de la ley han resultado en este caso sus más graves violadores”.

El perdón de Dios
Con total claridad, se pidió el esclarecimiento de los hechos y justicia para las víctimas. “Estas muertes, por tanto, están reclamando —lo exigen imperativamente— el ejercicio de la justicia para castigo legal de sus autores y reparación de los daños con ellas causados, si bien la muerte misma solo en Dios, que es vida eterna nuestra, puede obtener reparación”.
Además, el clero junto con su obispo, trató de ofrecer “una palabra de misericordia en nombre de Jesucristo, que es la misericordia de Dios para los hombres, una misericordia que no le ahorró el trabajo obrero, el sufrimiento y la muerte injusta”.
“En nombre de Jesús os anunciamos la misericordia de la vida para los que, tan cerca de Él, compartiendo su vida y en su presencia, han caído”, seguía el parlamento del presbiteriado vitoriano.
“En nombre de Jesús os ofrecemos la misericordia de la fe, de la esperanza y del amor para vosotros, sus familiares; misericordia que quiere manifestarse en nuestra plegaria en común, en nuestro propósito de ayuda —si la necesitáis— y en nuestro entrañable acercamiento”, se insistía.
Contra el terror impuesto
Incluso se dirigieron a los verdugos.
“Esa misericordia, de la que somos humildes mensajeros, se la ofrecemos a quienes, considerándose cristianos, han sido los autores —en cualquier forma o grado— de esas muertes; les exhortamos vehementemente y les suplicamos en nombre de Jesucristo a que, si se sienten capaces, soliciten de Dios el perdón de su pecado y el perdón de aquellos a quienes han causado tanto daño. Sin esto no sería posible el perdón de Dios”.
Más allá de la incertidumbre por una transición que no terminaba de despegar, cuyo futuro en aquel momento era más que incierto, la Iglesia de Vitoria volvía a ponerse del lado del pueblo trabajador y reclamaba mejoras inaplazables.
“Este suceso, que tanto nos conmueve, tiene su origen y marco en un conflicto laboral que, con daños difíciles de medir, ha durado ya demasiado, pero que no se puede terminar por el simple terror impuesto. Ha de concluir en un acuerdo justo, como el que buscaban aquellos cuya muerte celebramos”, concluía la homilía.
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