El carnaval no es solo fiesta, es denuncia con antifaz

El carnaval no es solo fiesta, es denuncia con antifaz

Mientras suenan los bombos y brillan los disfraces, se dicen verdades que incomodan. La siniestralidad laboral no es una casualidad inevitable ni un simple dato en un informe anual. Es el resultado de decisiones, de prioridades mal colocadas y de una cultura que demasiadas veces antepone la producción a la protección. Cada accidente laboral tiene responsables, aunque a veces se diluyan entre papeles, excusas y balances económicos.

Detrás de cada trabajador que no regresa a casa hay algo más que mala suerte. Hay protocolos que no se cumplieron, medidas que se recortaron, inspecciones que no llegaron, formaciones que se dieron por hechas. Hay prisas, presión, precariedad. Y hay silencio. Un silencio que pesa más que cualquier disfraz. El carnaval rompe ese silencio porque puede hacerlo, porque su sátira atraviesa lo que otros discursos no logran perforar.

No se trata de dramatizar; se trata de asumir que muchas muertes y lesiones son evitables. Y lo evitable, cuando no se evita, es negligencia. No podemos seguir escondiendo la realidad tras la palabra “accidente” como si todo fuera imprevisible. No lo es. La prevención no es un trámite administrativo ni un coste prescindible, es una obligación ética.

Cada vez que se minimiza un riesgo para ahorrar tiempo o dinero, se está apostando con la vida de alguien. Cada vez que se normaliza el “siempre se ha hecho así”, se perpetúa el peligro. Y mientras tanto, las cifras se leen como si fueran ajenas, como si no representaran a personas concretas, con nombre, con familia, con futuro.

El carnaval lo canta porque alguien tiene que hacerlo. Pero no basta con que lo canten las comparsas ni con que el público aplauda la crítica. La indignación no puede durar lo que dura una actuación. Si la fiesta se atreve a señalar la herida, la sociedad debe atreverse a cerrarla.

Porque el verdadero disfraz no está en la carroza ni en la máscara. Está en quienes maquillan datos, relativizan responsabilidades y convierten la seguridad en un eslogan vacío. La siniestralidad laboral no es parte inevitable del trabajo: es el síntoma de un sistema que aún no ha entendido que ninguna meta productiva vale más que una vida.

Y hasta que eso no cambie, el carnaval seguirá recordándonos, entre risas afiladas, que la fiesta también puede ser un grito.