Cuatro generaciones de mujeres en la tecnología: avances, barreras y una brecha que persiste

Cuatro generaciones de mujeres en la tecnología: avances, barreras y una brecha que persiste
De las primeras ingenieras que estudiaban casi en soledad en los años setenta a las jóvenes que hoy comienzan su formación tecnológica, las experiencias de varias mujeres muestran avances importantes, pero también desigualdades que siguen presentes en estos ámbitos.

Las historias de varias mujeres vinculadas al mundo de la ingeniería y la tecnología permiten recorrer más de medio siglo de cambios en la presencia de mujeres en los sectores de la Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas (CTIM). Desde las primeras estudiantes que llegaron a las aulas en los años setenta hasta las jóvenes que hoy comienzan su formación técnica, la trayectoria muestra avances significativos, pero también barreras que no han desaparecido.

Pilar pertenece a una generación que prácticamente tuvo que abrir camino. Comenzó a estudiar Ingeniería Técnica de Telecomunicación en 1972. En su escuela, recuerda, las mujeres apenas representaban alrededor del 3% del alumnado. Las pocas que había solían apoyarse entre sí para afrontar un entorno mayoritariamente masculino.

“Nos sentábamos juntas en clase o bajábamos juntas a desayunar”, explica. Las actitudes de sus compañeros eran diversas: desde quienes pensaban que las mujeres estaban allí “para pescar novio” hasta quienes las trataban con normalidad, algo que, curiosamente, ocurría con mayor frecuencia entre los estudiantes con mejores expedientes.

Cuando empezó a trabajar, a finales de los años setenta, en una gran empresa de telecomunicaciones, el panorama no era muy diferente. En los departamentos técnicos la presencia femenina apenas alcanzaba el 5%. Aunque formalmente no existía discriminación salarial, los ascensos resultaban más difíciles y muchos responsables evitaban incorporar mujeres a sus equipos por la idea, muy extendida entonces, de que serían ellas quienes asumirían el cuidado de los hijos.

Tres décadas después, la experiencia de Raquel refleja un contexto distinto. Inició Ingeniería Superior de Telecomunicaciones en 2001, cuando el desarrollo de internet y de las nuevas tecnologías despertaba gran interés entre los estudiantes. En su promoción, aunque los hombres seguían siendo mayoría, las mujeres representaban aproximadamente un tercio del alumnado.

El ambiente entre compañeros era, en general, de cooperación. “Teníamos enemigos comunes: el álgebra, el cálculo…”, recuerda con humor. Tras terminar la carrera encontró trabajo rápidamente, como la mayoría de sus compañeros, en un sector con gran demanda profesional.

Hoy trabaja en una multinacional tecnológica y destaca la importancia de medidas como el teletrabajo, la flexibilidad horaria o la reducción de jornada durante algunos años. Para ella, estas condiciones han sido fundamentales para poder compatibilizar su desarrollo profesional con el cuidado de sus hijos.

Discriminaciones más sutiles en el entorno laboral

Gema, licenciada en Matemáticas en la especialidad de computación a finales de los años ochenta, ha desarrollado toda su trayectoria profesional en el ámbito tecnológico. Aunque no experimentó discriminación formal en salario o contrato, sí recuerda formas más sutiles de desigualdad.

En entrevistas de trabajo era habitual que le preguntaran por su estado civil o por si pensaba tener hijos. También ha tenido que escuchar comentarios paternalistas o machistas en el entorno laboral. En más de una ocasión, al participar en decisiones técnicas, escuchó expresiones como: “¿y las niñas qué dicen?”, pese a tratarse de profesionales con experiencia.

Además, a lo largo de su carrera ha tenido muchos más jefes que jefas, una situación que refleja la menor presencia de mujeres en puestos de liderazgo dentro del sector tecnológico.

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Las generaciones más jóvenes perciben un panorama diferente, aunque aún marcado por desigualdades. Marina, de 19 años, estudia Ingeniería y Sistemas de Datos. En su clase las mujeres representan alrededor del 30% del alumnado, una proporción mayor de la que esperaba antes de comenzar la carrera.

Sin embargo, observa que la mayoría del profesorado sigue siendo masculino. Una de las pocas asignaturas impartidas únicamente por mujeres ha sido inglés, a pesar de que las profesoras también eran ingenieras de telecomunicación. Para ella, estos detalles muestran que determinados roles siguen marcados por estereotipos.

Algo parecido ocurre en la formación profesional. Nicol y Samantha, de 17 años, cursan un grado básico de Informática de oficinas. En su clase son quince estudiantes y solo dos son mujeres. Aunque no perciben discriminación directa, la escasa presencia femenina muestra que las vocaciones tecnológicas continúan teniendo una marcada brecha de género.

Tecnología, trabajo y dignidad

Las experiencias de estas cuatro generaciones muestran un recorrido de avances evidentes: hoy hay más mujeres estudiando y trabajando en ámbitos tecnológicos que hace cincuenta años. Sin embargo, también ponen de relieve que persisten obstáculos culturales, organizativos y sociales.

En un momento en que la digitalización, las plataformas y la inteligencia artificial están transformando profundamente el mundo del trabajo, estas historias recuerdan que la igualdad real no depende solo del acceso a la formación tecnológica, sino también de transformar las estructuras que siguen generando desigualdad.

Por eso, desde la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente, se insiste en que la transformación digital debe ir acompañada de justicia social. Cuando el acceso al empleo, a los derechos o a la participación depende de herramientas tecnológicas a las que no todas las personas pueden acceder en igualdad de condiciones, la desigualdad adopta nuevas formas.

Una realidad que ITD expresa en su manifiesto del 8 de marzo: “la brecha digital de género no es solo técnica; es también una brecha de dignidad“.

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