Un tren, un andén y una esperanza que continúa 

Un tren, un andén y una esperanza que continúa 

Soy Pedro Mora, y ayer me tocó volver al pasado sin moverme del presente.

Acompañé a la hermana Rocío Botero, de la congregación de las Hermanitas de los Pobres de Maiquetía, responsable de la residencia Lisardo Sánchez -que brinda atención a nuestros mayores-, a recibir a un compatriota venezolano, Luis Alberto, que acababa de llegar a Badajoz. Había aterrizado en Madrid tras salir de Venezuela y, desde la capital, continuó su travesía en tren hasta esta ciudad.

Junto a la hermana Rocío estaban también Juani y Carlos, colaboradores de la residencia. Se acercaron el padre José Moreno, delegado de Pastoral de Migraciones, y Santiago, un joven paraguayo. Y allí estaba yo, no como protagonista, sino como espectador de una historia que, en realidad, también era la mía.

Quise estar presente en ese recibimiento porque recordé con nitidez lo que significó para mí llegar a España y encontrar a alguien esperándome. Saber que había personas que habían tenido el gesto de ir a buscarme, de tenderme la mano y conducirme hacia lo que sería mi nuevo hogar. Aquel detalle, que podría parecer sencillo, fue inmenso. La espera. El abrazo. La mirada que te dice “no estás solo”. Esa primera impresión cuando llegas a un país nuevo puede marcar tu historia.

Mientras veía bajar a Luis Alberto del tren, era como verme a mí mismo años atrás: con miedo, con incertidumbre, con el peso de lo desconocido… pero, sobre todo, con esperanza. Esa esperanza en Dios que me sostuvo entonces y que me ha traído hasta donde estoy hoy. Porque cuando todo cambia (el acento, las calles, las costumbres) lo único que permanece firme es la fe que llevas dentro.

Sé que no todas las historias de migración comienzan con un rostro amigo esperando en el andén. Muchos llegan sin nadie que los reciba, y entonces el temor se hace más grande. Lo que podría ser una aventura se convierte en una auténtica odisea. La soledad pesa más que la maleta. El silencio de la estación se vuelve ensordecedor.

Pero si algo he comprobado es que Dios no se deja ganar en generosidad. Siempre encuentra la manera de salir a nuestro encuentro, de recordarnos que no estamos solos, incluso cuando humanamente todo parece incierto. A veces lo hace a través de una comunidad religiosa, de unos voluntarios, de un sacerdote, de un joven que también fue extranjero. A veces lo hace a través de una simple presencia en un andén.

Es impresionante cómo una estación de tren puede convertirse en el punto de partida de una nueva historia. Llegas en tren, sí, pero tu verdadero viaje continúa por los raíles de la vida. Y esos raíles no siempre son rectos ni previsibles, pero están guiados por una Providencia que sabe más que nosotros.

El mundo está dividido por fronteras, sellos y documentos. Sin embargo, el corazón humano no entiende de límites cuando se deja tocar por el amor. Porque cuando acogemos al otro, cuando salimos a su encuentro, derribamos muros invisibles. Y comprendemos que Dios nos conduce a las personas y a los lugares precisos, en el momento oportuno.

Ayer no solo recibimos a un venezolano en Badajoz. Ayer confirmé que cada gesto de acogida es una semilla de esperanza. Y que, en medio de tantas despedidas, siempre hay un recibimiento que nos recuerda que la vida, como el tren, sigue su marcha… pero nunca viaja sin sentido.