Esa masacre de migrantes naufragada en el silencio

Esa masacre de migrantes naufragada en el silencio

La masacre ocurrida en enero en el Mediterráneo central, con al menos 1.000 personas desaparecidas, podría ser la mayor de los últimos años. En los últimos días ya estaba claro que nos encontrábamos ante una situación catastrófica, entre embarcaciones desaparecidas y cuerpos recuperados. Según la información transmitida por el MRCC de Roma y señalada por el periodista Sergio Scandura, a 24 de enero figuraban al menos ocho embarcaciones desaparecidas en el mar, con 380 personas, que habían partido de Sfax. El 22 de enero llegó a Lampedusa una embarcación con un cuerpo sin vida, mientras que dos gemelas de un año estaban desaparecidas en el mar. Al día siguiente, en otro naufragio, solo sobrevivió Ramadan Konte, ciudadano de Sierra Leona, rescatado por el buque mercante Star. Konte perdió a su hermano, a su cuñada, a su sobrino y al menos a otras 47 personas.

El 30 de enero, el cuerpo de una mujer fue recuperado por el Ocean Viking y decenas de cuerpos más fueron recuperados por las autoridades maltesas. El panorama se amplió a partir de los testimonios recogidos por “Refugees in Libya and Tunisia” y de la denuncia realizada junto con Mediterranea Saving Humans. Se han intensificado las violencias por parte de los militares en los campamentos informales en los olivares alrededor de Sfax y, en consecuencia, ha aumentado la presión para las salidas desde diversos puntos de la costa. Además de las ya mencionadas, habría muchas otras desaparecidas y el número de personas en paradero desconocido sería de al menos 1.000.

Lo que impacta, además del dato y del grito de dolor de los familiares y amigos de las personas desaparecidas, es el silencio que envuelve esta enésima masacre, a pesar de nuestras responsabilidades: las condiciones de injusticia global que fuerzan a las personas a migrar, el cierre de los canales legales que las obliga a recorrer rutas tan peligrosas, las violencias de las milicias financiadas por los países europeos para bloquear a las personas migrantes, la ausencia de dispositivos estructurales de salvamento y los obstáculos a los barcos de rescate civil, así como la indiferencia de una amplia parte de la sociedad. En el Mensaje Urbi et Orbi de Navidad, el papa León XIV dirigió al mundo entero palabras que iluminan todo esto: «Queridos hermanos y hermanas, en la oscuridad de la noche, “venía al mundo la luz verdadera, la que ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9), pero “los suyos no la recibieron” (Jn 1, 11).

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No nos dejemos vencer por la indiferencia ante quien sufre, porque Dios no es indiferente a nuestras miserias. Al hacerse hombre, Jesús asume sobre sí nuestra fragilidad, se identifica con cada uno de nosotros: con quien no tiene ya nada y lo ha perdido todo, como los habitantes de Gaza; con quien padece hambre y pobreza, como el pueblo yemení; con quien huye de su tierra para buscar un futuro en otro lugar, como tantos refugiados y migrantes que atraviesan el Mediterráneo o recorren el continente americano; con quien ha perdido el trabajo y con quien lo busca, como tantos jóvenes que luchan por encontrar un empleo; con quien es explotado, como los demasiados trabajadores mal pagados; con quien está en prisión y a menudo vive en condiciones inhumanas».

Mientras el mundo arde y las injusticias y las violencias se extienden por doquier, en particular en Palestina, en Ucrania, en Irán, en Sudán, en Nigeria, pero también en Estados Unidos, en el Mediterráneo, en el mundo entero, estamos llamados a recordar que el futuro de la humanidad se juega precisamente en nuestra capacidad de hacer nuestra esta empatía, este amor, que tiene un altísimo valor político, y de movernos juntos. Si es verdad que tantas personas están desaparecidas, también lo es que sus historias están emergiendo gracias a “Refugees in Libya and Tunisia” y que, gracias a todas las realidades del rescate en el mar, la injusticia y la indiferencia aún no han tenido la última palabra.

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