La pacificación como violencia contra la paz

El periodista brasileño Jamil Chade ha definido con acierto el objetivo fundamental del presidente Donald Trump: “No hará diplomacia. Actuará con la fuerza, tanto militar como económica y comercial. Su creación de un nuevo orden no se dará por la paz, sino por la capitulación del adversario”. Lo que observamos en sus palabras y en sus actos es exactamente eso que Trump lleva a la práctica: la pacificación mediante la violencia, que constituye la negación misma de toda paz.
Sigue la tradición de Thomas Hobbes (1588–1679) en su obra Leviatán (1651): la paz es un concepto negativo, es decir, la ausencia de guerra y el equilibrio de la intimidación entre Estados y pueblos. Con Trump ese equilibrio se ha roto; se recurre a la violencia brutal, como en Venezuela, para asegurar la hegemonía mundial en un mundo multipolar. El uso de esta violencia demuestra la decadencia de Estados Unidos y su incapacidad para dominar el mundo. En realidad, Trump se comporta como si fuera el emperador del mundo. Se arroga el derecho de intervenir en cualquier punto del planeta en defensa de los intereses estadounidenses, ya sea en Venezuela, Groenlandia o Panamá. No sería extraño que un día, en su afán delirante, decidiera ocupar la Amazonía, donde confluyen todas las formas de vida y se esconde la mayor riqueza estratégica.
La historia de la violencia no honra a la humanidad. Albert Weber (1868–1958), hermano del célebre sociólogo Max Weber, observó en su obra de 1943 Lo trágico y la historia que, de los 3.400 años de historia que pueden documentarse, 3.166 fueron años de guerra. Los 234 restantes no fueron, con seguridad, años de paz, sino años de tregua y de preparación para nuevas guerras.
Estados Unidos, en los 249 años de su existencia desde el 4 de julio de 1776, ha pasado 222 años en guerra. El país prácticamente no ha conocido la paz. En la actualidad está implicado en varios frentes, en su mayoría guerras por delegación. En los distintos golpes de Estado, especialmente en América Latina, Estados Unidos ha estado involucrado a través de sus organismos de seguridad, como la CIA, el FBI y el Departamento de Estado.
En las diferentes guerras del siglo XX, en particular en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, así como en otros conflictos en África y Asia, fueron asesinadas alrededor de 200 millones de personas.
Max Born, premio Nobel de Física (1954), denunció que en las guerras modernas mueren más civiles que soldados. Lo ilustra con los siguientes ejemplos: en la Primera Guerra Mundial solo el 5% de las víctimas fueron civiles; en la Segunda Guerra Mundial, el 50%; y en las guerras de Corea y Vietnam, el 85%. Datos recientes muestran que en la guerra contra Irak y en la antigua Yugoslavia, el 98% de las víctimas fueron civiles. En una guerra nuclear con destrucción mutua de los adversarios, la vida en la Tierra podría ser aniquilada.
Por ello, en la fase actual bajo la Administración Trump, que muestra claros signos de un trastorno psíquico, nos enfrentamos a la amenaza de guerras de destrucción masiva e incluso a la diezmación de una gran parte de la humanidad. Una mente pervertida ha proyectado el principio de la autodestrucción. Se han desarrollado armas químicas, biológicas, nucleares y cibernéticas que, de forma reiterada y por múltiples vías, pueden destruir vastas zonas de la biosfera y, así, eliminar parcial o totalmente a la humanidad de la faz de la Tierra.
Annie Jacobsen, periodista especializada en energía nuclear y en los posibles escenarios de guerra atómica, presenta en su libro Nuclear War. Un escenario, publicado en Italia en 2024 por Panini, los siguientes datos verdaderamente aterradores, recopilados a partir del Pentágono y de la Comisión de Energía Atómica.
En los primeros minutos, una explosión termonuclear destruiría todo en un radio de 160 kilómetros cuadrados. ¿Cuántas personas morirían de inmediato? Entre uno y tres millones, dependiendo de si la bomba explota en el aire o en el suelo, de si llueve y de si hay viento. Pero eso sería solo el comienzo. Los demás morirían lentamente a causa de enfermedades radiactivas. El cielo se volvería gris, la luz del sol apenas penetraría, las plantas morirían, la fotosíntesis sería imposible y se produciría una destrucción masiva de la naturaleza y de los cultivos. Los supervivientes morirían de hambre. En el mundo hay más de 12.300 ojivas de esta potencia. Estados Unidos y Rusia tienen 3.000 de ellas listas para ser lanzadas.
Ante esta tragedia inminente, millonarios y multimillonarios construyen búnkeres, equipados con todo lo necesario para sobrevivir. Lógicamente, eso solo puede sostenerlos durante un tiempo. Después, también ellos tendrían que volver a la superficie y exponerse a las consecuencias mortales de una guerra nuclear.
Algunos responsables en potencias militaristas y nucleares prefieren arriesgar su propia vida antes que renunciar a su poder. El sabio Edgar Morin decía recientemente, a los 103 años: “La tragedia es que la elección no es entre la paz y la guerra, sino entre una paz que impida la próxima guerra y una paz que marque la agenda”.
Jeffrey Sachs, economista de la Universidad de Columbia, que vincula economía y ecología y es uno de los analistas más importantes de la situación actual, escribió hace poco: “Nos encontramos en una situación muy, muy grave… la gente está muriendo y nos dirigimos hacia una guerra mundial; un ataque contra Irán tendría consecuencias devastadoras, ya que se produciría en Oriente Medio, el mayor foco de inestabilidad del planeta”.
La tragedia de estas guerras devastadoras desafía la comprensión humana. ¿Cómo puede un ser dotado de razón e inteligencia sucumbir a la barbarie, a la seducción de la violencia y a las guerras de aniquilación –sí, a la propia aniquilación–? Filósofos y teólogos de gran talla se han enfrentado a esta cuestión dramática sin que nadie haya encontrado una respuesta satisfactoria.
Queda la esperanza, una esperanza que nunca muere, de que la razón venza a la estupidez del suicidio colectivo y de que la opción por la vida supere la obsesión por la muerte.

Teólogo, filósofo y escritor



