Esperanza

Por debajo de mi ventana pasaban personas arrastradas por el agua, la mayoría de ellas lograban ser rescatadas por los vecinos de los edificios más altos, porque las plantas bajas hacía tiempo que habían desaparecido bajo el agua turbia y violenta. Yo vivía en un segundo piso y unos vecinos con una cuerda llamaron a mi puerta. Me pidieron que abriera las ventanas y que les permitiera lanzar una soga a una persona que estaba encaramada a la copa de un naranjo. Yo me había quedado en shock y, al ver que no decía nada ni me movía, entraron sin más y se fueron directos a la ventana. La persona logró agarrarse a la cuerda y mis vecinos la izaron hasta mi piso. Resultó ser una mujer de unos setenta años delgada y temblorosa que repetía como una letanía la meua germana, la meua germana. La imagen de la mujer perdida en un salón extraño llamando entre murmullos a su hermana, me sacó del shock con la misma violencia que bajaban las aguas calle abajo. Me fui corriendo a mi dormitorio y volví con un par de toallas y mantas. Una de las vecinas que habían entrado en casa me ayudó a llevarla hasta el baño. Allí secamos a la mujer y le cambiamos de ropa. Después la dejé con mi vecina y fui a la cocina a prepararle un café a la mujer que había sido salvada de las aguas.
Justo antes de que empezara todo yo tenía una cafetera al fuego. Cuando acababa de dejarla sobre el hornillo, mi marido me llamó para decirme que la carretera que iba al polígono donde trabajaba, se estaba comenzando a inundar y que a la noche le tocaría volver por una secundaria. El café empezaba a salir justo cuando el móvil de mi marido se quedó sin cobertura. Entonces fue cuando se me ocurrió mirar por la ventana. Como una mancha de aceite, una mezcla de agua, barro y cañas se empezaba a extender por aceras y calzadas. Algunas personas corrían en direcciones contrarias diciendo que iban a sacar su coche del garaje. Me sobresaltó el sonido del hervor del café y fui a retirarlo del fuego. Cuando regresé a la ventana, el agua ya llegaba por las rodillas a la gente que todavía andaba por la calle y comenzaba a entrar con fuerza por los garajes. Llamé nerviosa a mi marido, pero no me contestó. Algo me hizo volver a la ventana. El agua había crecido con violencia arrastrando contenedores, coches, personas…Me quedé paralizada junto al cristal, hasta que el timbre de la puerta me hizo reaccionar.
El café estaba tibio, pero pensé que al menos haría entrar en calor a la mujer. Cuando se lo di, se aferró a la taza, como antes se había aferrado a la cuerda que la había salvado y fue bebiendo el café a pequeños sorbos mientras mantenía la mirada perdida.
Los gritos de mis vecinos me volvieron a sobresaltar. Al menos dos personas más estaban pidiendo ayuda encaramadas al capó de una furgoneta alta y grande que todavía no había podido ser arrastrada por el agua. Esta vez sí que reaccioné, fui al armario y saqué las sábanas más fuertes y grandes que tenía. Mis vecinos comenzaron a atarlas y las lanzaron por las ventanas. Dos hombres de unos treinta años subieron con dificultad por ellas hasta mi piso. Mi vecina y yo, repetimos la misma operación que habíamos hecho con la mujer, incluso yo les di una taza de café a cada uno, a las que se me ocurrió añadir un chorrito del coñac de mi marido. Los hombres agradecieron mi iniciativa y ya secos nos contaron que habían sido sorprendidos por el agua cuando iban al trabajo. Justo al principio de la inundación llamaron a sus jefes para decirles que estaba todo lleno de agua, pero les dijeron que intentarán llegar como pudieran. El más joven estaba muy preocupado porque no había cobertura y no podía avisar de que esa tarde no llegaría al trabajo.
Dónde estaba el ejército,
dónde estaban los bomberos,
dónde la policía, dónde nuestros
seres queridos…
Yo ofrecí mi casa a la mujer. Tenía una habitación de invitados con una cama muy cómoda donde podría descansar hasta el día siguiente. Mis vecinos ofrecieron sus sofás cama a los trabajadores que se habían quedado sin ir al trabajo. La noche fue llegando y me quedé dormida preguntándome, porque ninguna de las personas que habíamos salvado era mi marido.
A la mañana siguiente bajé a la calle. Ya no había agua, solo barro. Un barro maloliente. Los coches se apilaban como pesados e imposibles castillos de naipes. Ahora no era el agua la que inundaba nuestras calles, sino nosotros. Todos los vecinos habíamos bajado a la calle en busca de una respuesta que iba más allá de porqué el agua nos había desbastado.
Dónde estaba el ejército, dónde estaban los bomberos, dónde la policía, dónde nuestros seres queridos…
Pasaron más de tres días y la ayuda oficial no llegaba. Lo único que llegó fue la noticia de que había sido acondicionado un recinto ferial para albergar los cuerpos de las víctimas. Más de 200. Todas sin identificar. Mi marido no llegó aquella noche por ninguna carretera secundaria. Decidí caminar la media hora que había entre mi pueblo y el lugar en el que habían depositado los cadáveres a la espera de ser identificados. Cuando llegué me encontré con más de un centenar de familiares desaparecidos rugiendo indignados por la actitud de las autoridades que no les dejaban acceder al recinto. Fue cuando empecé a perder la fe.
Empecé a desandar el camino y mientras estaba llegando a casa a través del lodo y entre vehículos destrozados, pude divisar la figura pequeña y delgada de la mujer que había dormido en mi casa después de haber sido rescatada les aguas. Apresuré mi paso para llegar hasta ella. La mujer llevaba un rosario en una mano. Tenía que haberme callado, pero le dije:
—¿Como puede creer en Dios, con todo lo que nos ha pasado?
—Dios no tiene nada que ver. Ten esperanza.
Al día siguiente me despertaron una mezcla de llantos y aplausos sordos. Al Abrir la ventana pude ver como centenares de personas armados con palas y cepillos estaban retirando el barro de las calles de mi pueblo.
–¡Vienen de todas partes de España!
Al alzar la vista, mis ojos se llenaron de lágrimas al ver cómo, a través del único puente que se había salvado, un ejercito de voluntarios llegaba a salvarnos. •
NOTA de la autora: Este relato está dedicado a todos los miembros de la HOAC de Valencia, quienes han sufrido la DANA.

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