El laborioso y ameno proceso de amasar un libro

El laborioso y ameno proceso de amasar un libro
FOTO | Presentación de "Maneras de Vivir". Espacio Ecooo (Madrid, 2024)

“La cosa” se puso seriamente en marcha en el invierno de 2023, con la invitación formal de Abraham Canales, responsable de publicaciones de la HOAC, de escribir un libro. No era la primera. Hubo antecedentes que no cuajaron porque yo me sentía como Lope cuando Violante le mandó hacer un soneto (“que en la vida me he visto en tanto aprieto”).

La generosa persistencia halló al fin su propósito cuando me sugirió una doble perspectiva que me resultó provocativa: “1) aprender a vivir de otra manera: acogiendo los estilos de vida alternativos y, 2) prácticas concretas de formas de vivir alternativa”.

Lo de maneras de vivir –¿cómo no?– me trasladó a Leño y a Rosendo. Y durante meses el título es todo lo que tuve. Eso sí, sin parar de dar vueltas al tema y recopilando datos y documentación cual posesa y leyendo cual leona; rastreando y tomando nota de cualquier iniciativa que pasara ante mis ávidos y desorientados ojos.

Era el título obvio: nuestra manera de vivir, individual y colectiva, incluyendo prácticas y hábitos, junto a valores, anhelos, organización sociopolítica, está en la raíz del problema, así que no hay más remedio que colocarla en el centro de las vías de salida.

Demostrando una vez más que la mente humana –al menos la de esta humana– es dialógica, conversando un día con mis gurusas de cabecera se me encendió la bombilla: el movimiento se [de]muestra andando. En el lenguaje, nada como los verbos para expresar acción. Y, en estos asuntos del vivir, qué verbos más adecuados que los que tienen que ver con las actividades imprescindibles para la vida, con las necesidades y los derechos –perdón por la redundancia– básicos. ¡Eureka! no dije, por no copiar al sabio, pero así me sentí.

Lo de los verbos de acción me parece lo más adecuado, porque hay que empezar haciendo, porque la inactividad no lleva a ningún puerto. Algunos de ellos –vestirse, moverse, informarse…– reflexivos, que, como aprendimos en la escuela, son aquellos cuya acción recae sobre el sujeto que la realiza. Y porque la reflexión es imprescindible para no ir como pollos sin cabeza.

En la cosa

Esta civilización derrochona, depredadora y violenta es una manera de vivir, pero hay otras. Y eso es precisamente lo que desde el principio quise explicar, sacando a la luz, en la medida de mis posibilidades, lo que queda más oculto de lo que merecemos.

Y, como el niño que se fue junto al agua de la bañera cuando abrieron el desagüe, no sólo perdemos iniciativas, ventanas de escape, puertas de salida, sino también maneras de mirar y leer la realidad, convirtiendo este mundo variado y rico en un aburrido páramo. “Pensamiento único” lo llamaron hace años gentes como Ignacio Ramonet. A Itziar Ruiz-Giménez le escuché hablar de un tipo de cidio, el epistemicidio, que significa que estamos matando –o estamos permitiendo que gentes poderosas e interesadas asesinen– esas otras muchas maneras de mirar y relatar el mundo.

De ninguna manera se trata de escamotear o dulcificar los graves problemas que nos acucian. La creciente crisis climática, por ejemplo, a la que se responde con tímidas –cuando no contraproducentes– medidas. Pero el retrato de la realidad no es completo dejando en la sombra las muchas personas y colectivos que llevan tiempo poniendo manos a la obra, convencidos de que, como escribe Ernesto Sábato, “hay una manera de contribuir a la protección de la humanidad, y es no resignarse”.

A la dificultad de encontrar una estructura donde articular el contenido se sumaron, llegado el momento de poner dedos en tecla, los aprietos para encajarlo todo, porque no todas tienen un encuadre claro y, sobre todo, responden a más de un apartado. ¿Dónde colocar, por ejemplo, la energía, imprescindible para cualquier actividad? ¿en comer, moverse, calentarse?, ¿y el agua? Y así todo.

Ahora se trataba de indagar, identificar, estudiar iniciativas en cada aspecto para nutrir lo que constituye el propósito del libro. Afortunadamente, son muchas, muchísimas, y en constante crecimiento. Una parte de la tarea –¡afortunadamente!– estaba hecha, gracias a mis colaboraciones mensuales en Noticias Obreras (entre otros medios para los que suelo escribir, como Alandar), en las que procuro siempre aportar algunas propuestas. Sólo –¡sólo!– había que comprobar que seguían vivas y localizables.

Hete aquí cómo el anterior párrafo puede resumir meses de pesquisas y comprobaciones. Ahora toca decir cómo me han animado en unos tiempos oscuros en que las noticias eran, son, como piedras en los bolsillos de una atribulada bañista. Menos mal que la realidad también puede ejercer de salvavidas…

A lo largo de este proceso he contado con la muy apreciada ayuda de la música que estimula mi neurona. Sin Brahms, sin Beethoven; sin, especialmente, Mozart y Maria João Pires este libro nunca habría existido. Así que, junto a Rosendo Mercado y a Leño, los reconozco como espíritus protectores y, sobre todo, productores. Gracias quedan dadas.

Después de la cosa…

…lo primero fue respirar y tener más tiempo de ocio. Apenas un paréntesis.

Luego comenzó un intenso y extenso, un gozoso peregrinaje presentador por allá y acullá, en el que aún estoy. Por unos cuantos puntos cardinales: Madrid, Córdoba, Málaga, Barcelona, Castellón, Elda. Y los que quedan…

El “después de la cosa” es un territorio lleno de voces, de rostros, que si no nombro es por temor a no ser exhaustiva, pero los llevo dentro. Ya sabía qué es el buentrato, pero en este tiempo me he doctorado. Las gentes amables que me acogen y escuchan suelen agradecerme el esfuerzo, pero no es un esfuerzo, es un lujazo y la agradecida soy yo.

En mis bolos he constatado lo que sé desde hace tiempo: que hay que poner en cuestión –entre ¡tantas! cosas– el concepto de mayoría. Nos hemos dejado comer la tostada.

Si nos ponemos a contar gente que mira y vive diferente de lo que se llama normalidad, si juntamos a las minorías, a lo mejor veríamos que en la realidad real somos mayoría. Los que mandan y los que tienen los recursos, los que hacen más daño a la vida en común, son el 1%. Para minoría, esa. El sistema que esa minoría maneja nos empuja a competir, pero nuestro poder es cooperar.

Para esto sirven estos encuentros: para encontrarnos gentes que somos de tribus parecidas y constatar –y disfrutar– que “en la calle” (una calle bien puede ser una sala), “codo a codo, somos mucho más que dos”, dando la razón a Benedetti.