Una Iglesia pobre para los pobres

Una Iglesia pobre para los pobres

Francisco declaró que su pontificado se orientaría a promover una Iglesia pobre para los pobres.

Y, ciertamente, su estilo austero, su compromiso con los más vulnerables (empobrecidos, mujeres, presos, excluidos, minorías, víctimas de abusos sexuales), sus encíclicas, sus exhortaciones apostólicas y su valentía al pedir que se investigara el genocidio palestino, corroboraron que no se había limitar a enunciar un propósito, sino que había dado pasos significativos para recobrar el espíritu del Concilio Vaticano II, cuando se produjo una inesperada renovación que intentó corregir los gravísimos errores del pasado. La infausta absorción de las primeras comunidades cristianas por el Imperio romano contaminó el mensaje del Evangelio con los prejuicios de una cultura jerárquica, violenta, machista y profundamente desigual.

Jesús de Nazaret había creado una comunidad horizontal donde no había distinciones ni discriminaciones. Lejos de toda solemnidad, había vivido humildemente, casi como un paria o un vagabundo. Sin techo ni un lecho donde recostar su cabeza, se había rodeado de mujeres y marginados. La tradición judía desaconsejaba hablar con mujeres en público, incluso si se trataba de la propia esposa, pero Jesús incluyó entre sus discípulos a María Magdalena, Junia, Marta y María de Betania.

Evidentemente, el número de discípulos desbordaba el doce simbólico –doce tribus, doce puertas, doce estaciones– y no excluía a las mujeres. Jesús habló con una samaritana, permitió que María de Betania le ungiera con un costoso perfume de nardo y admitió la corrección de una cananea, que le recriminó su preferencia por los judíos. En su hora más amarga, cuando pensaba que Dios le había desamparado, tres mujeres le acompañaron al pie de la cruz: María de Nazaret, su madre, María Magdalena y María Cleofás. Y, más adelante, ya resucitado, eligió a la Magdalena como primer testigo de su triunfo sobre la muerte.

La asimilación formal del cristianismo por el Imperio romano lo cambió todo. Desaparecieron las diaconisas de la Iglesia primitiva y se creó una estructura vertical que desmontó el proyecto utópico de una comunidad donde la autoridad no se adquiría mediante mitras y báculos, sino a través de una sincera y efectiva vocación de servicio.

La Iglesia católica no tardó en aliarse con el poder y transformarse en un instrumento de opresión. Justificó guerras de agresión, como las Cruzadas, y reprimió cualquier forma de divergencia o autocrítica mediante el Santo Oficio, que empleaba la tortura y entregaba a los herejes al brazo secular para que fueran ejecutados. Como apunta Hans Küng, la Inquisición fue la mayor traición al Evangelio, pues Jesús exigía perdonar y no juzgar.

Afortunadamente, siempre hubo voces discrepantes, como Bartolomé de las Casas, que denunció los abusos y crímenes cometidos por los españoles en América Latina, el jesuita y teólogo Francisco Suárez, que sentó las bases del derecho internacional, Francisco de Asís, precursor de la conciencia ecológica y abogado de la paz, la noviolencia y la humildad, o místicos como Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, apologistas de una búsqueda interior basada en la pobreza, la sencillez y el servicio a los más desdichados.

En 1864, Pío IX condenó en el Syllabus la democracia, el liberalismo, el socialismo, el feminismo y el racionalismo. En esas fechas, la Iglesia católica era uno de los principales obstáculos para la modernización y democratización de la sociedad.

El largo pontificado de León XIII marcó un cambio de rumbo. Su encíclica Rerum novarum (1891) defendía la propiedad privada como un derecho natural, pero también reconocía el derecho de los trabajadores a organizarse en sindicatos y reivindicar unas condiciones laborales dignas. Sin embargo, el gran giro que necesitaba la Iglesia no se produjo hasta 1959, cuando Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II, un evento capital que sustituyó el latín por las lenguas vernáculas durante la celebración de la misa, cambió la orientación del altar para favorecer la comunicación con los fieles, definió a la Iglesia como Pueblo de Dios para destacar la importancia de los laicos y descentralizar la organización eclesial, reconoció la libertad social y civil en materia religiosa y se comprometió firmemente con el ecumenismo y el diálogo interreligioso, y con la promoción de la paz, la justicia y los derechos humanos. En ese contexto, surgió el Pacto de las Catacumbas en 1965, embrión de la Teología de la Liberación, una de las corrientes más fructíferas del pensamiento católico.

Pablo VI mantuvo el espíritu reformista, pero las presiones de los sectores más conservadores inspiraron su encíclica Humana vitae, que arrojó un jarro de agua fría sobre la esperanza de una Iglesia más comprensiva con los cambios experimentados por la sociedad.

Juan Pablo I, el primer papa que prescindió de la tiara, ilusionó a muchos con su estilo sencillo y con su sorprendente aclaración de que Dios es Padre y Madre. Su prematura muerte abrió paso al invierno eclesial de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

El papa Francisco rompió con esa involución, pero sus reformas fueron insuficientes. León XIV no parece muy alejado de ese talante. Su excelente trabajo en Chiclayo y su papel en la disolución de Sodalicio pueden esgrimirse como excelentes credenciales. Pero, desde que asumió el cargo, ha intentando contentar al sector más conservador con el pretexto de preservar la unidad de la Iglesia. Recuperar la muceta, la estola y la cruz de oro, veranear en Castel Gandolfo e instalarse en el Palacio Apostólico quizás agrade a los que sueñan con transformar las sociedades democráticas en teocracias medievales, pero no creo que ayude a crear esa Iglesia pobre para los pobres anhelada por las comunidades más abiertas y dialogantes.

El porvenir de la Iglesia católica depende de su fidelidad al Evangelio. Si se desvía de ese camino, corre el riesgo de convertirse en un fundamentalismo antidemocrático con una espiritualidad vacía. Jesús de Nazaret empezó desde abajo y con los de abajo. Pienso que esa es la verdadera alternativa. Aún quedan un puñado de pequeñas parroquias y comunidades de base que podrían aportar ese impulso renovador que tal vez nunca llegue desde arriba.

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