«¿Qué me dan si les entrego a Jesús?…»

Pasión del Señor según san Mateo (26, 14-27, 66)
Entonces uno de los doce, el llamado Judas Iscariote, fue a ver a los jefes de los sacerdotes, y les dijo: ¿Qué me dan si les entrego a Jesús…? (14).
Ellos fueron, aseguraron el sepulcro y sellaron la piedra dejando allí la guardia (66).
Comentario
Este planteamiento (el que se nos ha hecho en la carta a la comunidad de Filipos) nos tiene que ayudar la lectura de la pasión que nos plantea Mateo. La Pasión de Mateo que está llena de matices y, como todas, de originalidades.
En primer lugar, Mateo presenta a Jesús consciente de su situación y como alguien que asume las consecuencias de las decisiones que ha ido tomando a lo largo de su vida. ¿Jesús sabía que iba a morir? Sí, claro que sí, conocía perfectamente a su pueblo, y la mentalidad las autoridades de los poderes que regían su pueblo. No porque estuviera dotado de una «habilidad» que le permitía ver el futuro. ¿Sabía san Óscar Romero que iba a morir? Sí, y estaba en su lenguaje y le parecía que era lo lógico y normal cuando alguien estaba viviendo, acompañando a un pueblo que sufría y denunciaba con claridad la injusticia:
«Cristo nos invita a no tenerle miedo a la persecución porque, créanlo, hermanos, el que se compromete con los pobres tiene que recorrer el mismo destino de los pobres. Y en El Salvador ya sabemos lo que significa el destino de los pobres: ser desaparecidos, ser torturados, ser capturados, desaparecer cadáveres… Y me alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida precisamente por su opción preferencial por los pobres y por tratar de encarnarse en el interés de los pobres… no abandonaré a mi pueblo, sino que correré con él todos los riesgos que mi ministerio exige… Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño… como pastor estoy obligado dar la vida por quienes amo, que son todos los salvadoreños, aun aquellos que vayan a asesinarme» (Homilía de san Óscar Romero).
Jesús no muere por un designio misterioso de Dios para aplacar una ira contenida ante unos seres humanos que desde el principio la maldad les envolvió y le ofendieron infinitamente. Jesús muere a causa de su vida, por ser coherente con la voluntad del Padre.
En segundo lugar, aparece en el evangelio de Mateo con claridad que es, como diríamos hoy, un juicio sumarísimo, injusto y lleno de mentiras y testigos falsos. A Jesús se le condena en un complot con nocturnidad y alevosía, y lo condenan los «buenos», las autoridades religiosas y buscan la necesaria complicidad del prefecto romano Pilatos y del pueblo que poco antes lo había aclamado y acaba gritando después ¡crucifícale! toda una auténtica manipulación.
Todos los elementos en aquella sociedad que se repiten en esta. Pero lo grave y lo doloroso para Jesús es ser condenado y vilipendiado por «los buenos» por los representantes del Dios, Yahvé, al que él proclamaba como Padre. Ese drama interior tiene que ser para Jesús desgarrador.
En tercer lugar, otro elemento típico de Mateo es que quienes perciben mejor la inocencia y la dignidad de Jesús son las personas paganas, la mujer de Pilato, el centurión en la cruz… El final es dramático, tanto en Mateo como en Marcos, atrona el salmo 22: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» y en esa desconcertante afirmación de soledad hay un acto de fe de un pagano: «Verdaderamente, este era Hijo de Dios» (Mt 27, 45-54). La muerte de Jesús es el acto culmen de su debilidad, ni él se ha podido salvar, ni Dios, el Padre de la misericordia, tampoco.
Las reacciones tanto de la naturaleza como del oficial romano hablan de que detrás de tanta debilidad, soledad, angustia hay una auténtica teofanía. Un Dios que corre la suerte de la humanidad, sobre todo de las víctimas.
Desde lejos unas mujeres discípulas, seguidoras de Jesús que son testigos, las únicas testigos de la muerte y de la resurrección de Jesús. Aquí empiezan a tener una importancia fundamental las mujeres en el comienzo del cristianismo.
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