Nuestras luchas colectivas por la supervivencia y un futuro mejor

Nosotras, mujeres, nutrimos nuestra fuerza a partir de nuestra fe, nuestro valor y nuestras luchas colectivas por la supervivencia y un futuro mejor.
Vengo de un camino que florece en el corazón de Dios y late en el corazón de las mujeres.
A lo largo de los años, he aprendido que la misión que se me ha conferido no se realiza solo en iglesias silenciosas o en momentos de profunda contemplación, sino también en las calles ruidosas, las comunidades sufrientes, los espacios donde las mujeres luchan cada día por sobrevivir, resistir y soñar. Llevo en mí la fe, pero también el polvo de los caminos, las lágrimas compartidas y las sonrisas conquistadas a fuerza de valor.
Es en esta marcha que descubro, cada día, la presencia maternal de María, nuestra santa Madre. Mujer sencilla de Nazaret, que vivió entre las luchas de su pueblo, enfrentó incertidumbres, riesgos y prejuicios, se ha convertido en un modelo de fuerza y ternura. María no solo fue elegida por Dios; eligió mantenerse fiel, incluso cuando nada parecía fácil. Al acompañar a las mujeres que encuentro en las periferias, en los movimientos sociales, en las luchas por los derechos, reconozco en ellas un reflejo vivo de ese mismo valor mariano.
Mi misión se nutre de estas mujeres y de María. En cada visita a las casas modestas, en cada reunión grupal, en cada círculo de conversación, veo a María presente en la mujer que lucha por garantizar comida a sus hijos, enfrenta la violencia y encuentra la fuerza para empezar de nuevo, en la joven que sueña con estudiar, en la anciana que lleva una sabiduría simple y profunda, en la mujer negra que resiste siglos de opresión y aún distribuye esperanza. En todas ellas, veo la confianza de María: «Hágase en mí según tu palabra», un sí que resuena aún hoy, particularmente en las mujeres que se ponen al servicio de la vida, incluso en medio de dolores e injusticias.
El camino también presenta desafíos profundos. Testifico cada día sobre el sufrimiento causado por la desigualdad, la violencia doméstica, el abandono de las autoridades, la falta de políticas públicas que protejan a las mujeres. Veo lágrimas que parecen infinitas, cicatrices que no se borran fácilmente, historias que desgarran el corazón. A veces, también siento el peso del dolor. Es en esos momentos cuando vuelvo mi mirada hacia María, al pie de la cruz. Si alguien conoce el dolor de las mujeres de este mundo, es ella. La madre que vio a su hijo agredido por el odio y la injusticia acompaña hoy a cada mujer herida por los sistemas opresores. Cuando rezo ante estas realidades, siento que María me enseña a mantenerme en pie, como ella. No porque no haya dolor, sino por la fe.
Las riquezas de esta misión son muchas, y ninguna de ellas se mide en bienes materiales. Son transformaciones silenciosas, pequeñas victorias diarias, gestos de solidaridad que brillan como una luz de vela en una noche oscura. La mujer que descubre su dignidad, recupera su voz, encuentra apoyo y se da cuenta de que no está sola. Aquella que comienza a dirigir su comunidad. Aquella que, incluso en el sufrimiento, acoge a otras. Esos milagros cotidianos me hacen entender que el reino de Dios crece discretamente, como una semilla lanzada en una tierra fértil.
Dejemos que María camine con nosotras. Ella conoce nuestros dolores y nuestras esperanzas. Nos recuerda que ninguna mujer está sola, que la gracia de Dios nos acompaña, que estamos llamadas al coraje y a la ternura. Nuestra vida tiene valor. Nuestro grito tiene fuerza. Nuestra fe, aunque pequeña, tiene un poder enorme.
Sigamos caminando con María y con cada mujer que Dios pone en nuestro camino. Avancemos juntas, porque juntas somos más fuertes. Y es esta fuerza femenina, espiritual y concreta la que, día tras día, transforma el mundo.
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Acompañante espiritual del
Movimiento de Trabajadores Cristianos (MTC) Brasil



