No nos mata solo la guerra, nos mata seguir llamándola paz

No nos mata solo la guerra, nos mata seguir llamándola paz
FOTO | Vía OIT

En estos momentos, el mundo no está al borde del abismo: está instalado en él. No hablamos de crisis sueltas, de sobresaltos regionales o de incendios pasajeros. Hablamos de una época que ha hecho de la guerra su gramática y de la devastación su paisaje habitual. El Comité Internacional de la Cruz Roja sitúa en torno a 130 los conflictos armados activos, más del doble que hace quince años. Ucrania sigue bajo ataques rusos con civiles muertos y heridos; la ONU ha advertido de que 2025 fue el año más letal para la población civil ucraniana desde 2022, con un aumento del 31% respecto a 2024. Gaza continúa con los suministros médicos en niveles críticamente bajos. Sudán permanece hundido en la que la OMS define como la peor crisis humanitaria del mundo, con 33,7 millones de personas necesitadas de ayuda y 13,6 millones de desplazados. Esto ya no es un desorden internacional. Es una quiebra moral sostenida.

En estos momentos, además, el incendio no se limita a los frentes más visibles. En el este de la República Democrática del Congo siguen denunciándose violaciones del alto el fuego mientras la implicación de Ruanda y el avance del AFC/M23 agravan la desestabilización regional. Haití supera ya 1,4 millones de desplazados por la violencia. Y en Oriente Medio la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ha entrado en una fase con impacto directo sobre la energía global, el comercio y la estabilidad de la región, hasta el punto de disparar el petróleo a máximos desde 2022. La guerra ya no destruye solo ciudades: desordena mercados, encarece la vida, desplaza pueblos enteros y convierte el miedo en método de gobierno.

Y, sin embargo, en medio de este panorama, todavía se recita con solemnidad la consigna más gastada y más útil para los devotos del cinismo: que para conservar la paz hay que prepararse para la guerra. Hay frases que no son ideas, sino coartadas. Esta es una de ellas. Sirve para blindar presupuestos, justificar rearmes, endurecer el lenguaje público y presentar como sensatez lo que en realidad es una forma refinada de rendición moral. Porque los hechos son terminantes: llevamos décadas preparándonos para la guerra, y el resultado no ha sido un mundo más seguro, sino un mundo más nervioso, más brutalizado y más obediente al miedo.

Lo más grave no es solo que existan guerras. Lo más grave es la naturalidad obscena con que las hemos incorporado al decorado. Primero llega la matanza. Después, el análisis geopolítico. Luego, la contextualización estratégica. Más tarde, el reparto de responsabilidades difusas. Y al final, la costumbre. Así se adormece una civilización. Así se consigue que un hospital bombardeado, una familia enterrada bajo los escombros o una columna de desplazados se conviertan en material de consumo informativo, en ruido de fondo, en una cifra más que se desliza entre la bolsa y el tiempo. La guerra no solo mata cuerpos. Mata el lenguaje, mata el sobresalto ético, mata la capacidad de una sociedad para sentirse avergonzada de sí misma.

Y ahí está la trampa mayor de nuestro tiempo: se ha confundido fortaleza con amenaza, firmeza con dureza, realismo con intimidación. Se nos ha educado para admirar al que golpea la mesa, al que multiplica enemigos, al que habla con mandíbula de hierro y sintaxis de ultimátum. En cambio, se ridiculiza a quien invoca mediación, derecho internacional, diplomacia, justicia, escucha o prevención. Se le llama ingenuo. Se le despacha como si no entendiera el mundo. Pero quizá la ingenuidad más peligrosa consista precisamente en seguir creyendo que un planeta saturado de armas, discursos bélicos y economías adictas al sobresalto va a entregarnos algún tipo de orden habitable. No hay una sola evidencia seria que permita sostener esa fe. Lo que sí hay, en cambio, es un inmenso cementerio de pruebas en contra.

Basta mirar cómo se mueve el tablero para entender que el rearme no es una hipótesis, sino una pulsión ya instalada. Reuters ha informado recientemente, citando datos del SIPRI, de que Europa se ha convertido en el mayor importador de armas del mundo, concentrando un 33% de las importaciones globales entre 2021 y 2025, tras haberlas más que triplicado respecto al periodo anterior. Es decir, el continente que más experiencia histórica tiene de la barbarie sigue respondiendo al miedo con más herramientas de destrucción. Y mientras tanto, la nueva guerra con Irán dispara el crudo y vuelve a recordarle al mundo que basta una escalada más para que la economía global, la inflación y la vida cotidiana de millones de personas queden secuestradas por la lógica bélica. Luego nos dirán que todo esto se hace para proteger la paz. Pero una paz que necesita alimentarse sin descanso de pólvora, nerviosismo y mercado armamentístico no es paz: es dependencia de la guerra.

Por eso conviene decirlo sin perífrasis amables: la paz no se defiende preparando la guerra; la paz solo se defiende preparando la paz. Y preparar la paz exige bastante más coraje que cargar un arsenal. Exige educación que enseñe a convivir y no solo a competir. Exige instituciones capaces de escuchar antes de estallar. Exige diplomacia persistente, no teatro de cumbres. Exige medios que no conviertan cada crisis en una trituradora de matices. Exige justicia social, porque la humillación prolongada también fabrica violencia. Exige memoria histórica, porque los pueblos que olvidan demasiado rápido terminan pronunciando de nuevo las palabras que un día los llevaron al desastre.

También puedes leer —  Entre la cruzada política y el "nunca más la guerra"

Preparar la paz significa devolverle prestigio a la palabra. No a la palabra ornamental, no al comunicado hueco, no a esa retórica funeraria que se activa cuando ya han caído las casas y los hospitales. Hablo de la palabra como infraestructura civil, como herramienta de mediación, como límite frente a la barbarie. Allí donde el lenguaje público se degrada, donde el discrepante deja de ser un adversario para convertirse en una amenaza, donde todo se explica en bloques morales absolutos y enemistades irreconciliables, allí empieza a agrietarse la convivencia. Y cuando la convivencia se agrieta, la violencia no tarda en encontrar una puerta de entrada.

Preparar la paz significa también llegar antes. Mucho antes. Antes del misil, antes del odio cristalizado, antes del dirigente que descubre que sembrar pánico da votos, antes del algoritmo que premia la furia, antes del analista que convierte el sufrimiento ajeno en partida de ajedrez. La paz fracasa demasiadas veces no porque falten discursos cuando todo ya arde, sino porque faltó valentía política, cultural y educativa cuando todavía era posible enfriar la tierra. Hemos profesionalizado la reacción y hemos abandonado la prevención. Sabemos gestionar consecuencias; no queremos asumir causas. Y esa cobardía, por muy bien redactada que llegue en los informes oficiales, sigue siendo cobardía.

Por eso hacen falta artesanos del futuro, artesanos de la paz, no como una metáfora bonita para discursos bienintencionados, sino como una urgencia pública de primer orden: personas capaces de sostener la dignidad cuando la propaganda la rebaja, de reparar vínculos donde otros solo ensanchan fracturas, de enseñar a disentir sin odiar, de gobernar sin traficar con el miedo, de informar sin deshumanizar, de educar sin fabricar fanáticos y de recordar, cada día, que una sociedad no empieza a romperse cuando caen las bombas, sino mucho antes, cuando normaliza el desprecio, trivializa la mentira y convierte la humillación del otro en espectáculo o en método.

Pero no basta con exigirles a los gobiernos, a las cancillerías o a los organismos internacionales que hagan lo que tantas veces no hacen. Hay una responsabilidad más incómoda, más cercana, más difícil de esquivar. También nuestras sociedades colaboran con la guerra cuando aplauden el lenguaje de la demolición, cuando premian al bravucón, cuando se dejan seducir por la testosterona ideológica del que promete seguridad a base de tensión permanente. También colaboramos con la guerra cuando consumimos simplificaciones, cuando aceptamos que la dignidad humana tenga bandera, cuando permitimos que el dolor ajeno se mida según la utilidad política del cadáver. La guerra no empieza solo en los cuarteles. Empieza también en las conciencias que renuncian a pensar y se dejan alquilar por el resentimiento.

A estas alturas, seguir diciendo que hay que prepararse para la guerra ya no es una opinión respetable. Es una forma elegante de colaborar con la próxima ruina. Es mirar un planeta exhausto, con decenas de conflictos abiertos, millones de desplazados, civiles triturados, economías encarecidas por la escalada y generaciones enteras educadas en el sobresalto, y responder con más acero, más coartadas y más obediencia al miedo. Eso no es realismo. Eso es fracaso vestido de doctrina.

La pregunta ya no es si queremos la paz. La pregunta verdadera es mucho más brutal: cuánta sangre más estamos dispuestos a aceptar para no cambiar de lógica. Porque cada misil que se justifica, cada tregua que se desprecia, cada civil reducido a daño colateral, cada presupuesto que engorda la guerra mientras adelgaza la educación, la diplomacia y la justicia, no protege el futuro: lo envenena. Y quien, viendo el mundo como está hoy, todavía insista en que la paz se construye acumulando guerra, no está defendiendo la civilización. Está trabajando, con eficacia, para hacer del mundo un lugar cada vez más inhabitable.