La verdad duele

La verdad duele
El uso de la mentira en política (llámese, fake news, bulos o noticias falsas) es un fenómeno cada vez más generalizado que da lugar a reflexiones complejas (hechos alternativos, posverdad…).

Recientemente se ha publicado en este medio un interesantísimo artículo de Stephanie A. (Sam) Martin donde se analiza la distorsión de la realidad por parte de los funcionarios de la Administración Trump en los recientes acontecimientos que el ICE ha protagonizado en Minneapolis. 

Dice la autora: “Cuando la política se convierte en espectáculo, los hechos reales no son una limitación, sino un accesorio que se puede manipular”. Evidentemente, la tendencia populista que ha tomado la comunicación política en todo el espectro ideológico no es precisamente algo que juegue a favor de la contención y la mesura, sino que alienta la acción fácil y rápida. 

Alude la autora a Hanna Arendt y afirma: “El mayor peligro de la mentira organizada y oficial no es que la gente crea algo que es falso. Es que las distorsiones repetidas y estratégicas hacen imposible que los ciudadanos se orienten en la realidad”. Es el escenario del 1984 de Orwell. Además, “la normalización de la deshonestidad flagrante y la ocultación sistemática (…) corroen la base factual sobre la que se construye el consentimiento democrático”. A partir de ahí, la ciudadanía no puede llevar a cabo la acción que es la base de cualquier democracia madura y profunda: deliberar de manera informada. La “comprensión ilustrada” de la que habla Robert Dahl como uno de los criterios para un gobierno democrático no es posible sin un suelo común de hechos ciertos (aunque sean interpretables en sus causas, contexto y consecuencias).

Está claro que este empleo de la mentira en política se extiende cada vez más también por Europa y España. Y lo peor es que no parece —de momento—que ese modo de proceder esté teniendo consecuencias adversas para sus protagonistas. Asistimos a una a creciente polarización y a un cierre tribal (un maniqueo cada uno en su manada, y solo creo lo que viene de esta) que está emparentado con el auge del populismo como medio y como mensaje. 

Como reza el refrán, “calumnia que algo queda”. Las mentiras calan en una sociedad, especialmente cuando hay malestar. Esto se retroalimenta aún más cuando las infamias se dirigen contra colectivos que tradicionalmente han ejercido involuntariamente un papel de chivo expiatorio. De este modo, los bulos ejercidos contra esos colectivos encuentran una cierta predisposición complaciente a ser aceptados. La teoría del mecanismo del chivo expiatorio, desarrollada por René Girard, se refiere a la tendencia a culpar a un individuo, grupo o entidad inocente, de los problemas o crisis que enfrenta una sociedad (Crocker, 2021). Este mecanismo ha operado muchas veces como fundamento de la religión (los juicios de Dios y las ordalías), pero también de la cultura secularizada (es clásico el ejemplo de la presencia de ese perverso mecanismo en el nazismo respecto los judíos).

Además, incluso cuando no opera algo tan drástico, es innegable que las sociedades se suelen constituir como oposiciones entre nosotros y los otros (precisamente, el cristianismo se caracteriza por ofrecer un fundamento que, sobre la base de la común filiación divina de la Humanidad, podría romper con esa tendencia, si bien, desgraciadamente, no siempre se utilizó en este sentido).

Asistimos a una a creciente polarización
y a un cierre tribal (un maniqueo cada uno en su manada,
y solo creo lo que viene de esta) que está emparentado
con el auge del populismo como medio
y como mensaje

Especialmente el nacionalpopulismo de extrema derecha ha convertido el instrumento de la mentira sistemática en un arma electoral con la que obtiene unos réditos considerables. En efecto, junto con un descontento generalizado, fruto de complejas razones (entre otras muchas, crisis de las instituciones de la democracia liberal, creciente desigualdad socioeconómica fruto de la globalización,  y una izquierda centrada en la atención a la diversidad identitaria y en los parches a esa desigualdad socioeconómica más que en la atención a las causas), la expansión de algunas ideas sobre algunos temas nucleares está propiciando el crecimiento de estos partidos nacionalpopulistas. En particular, la inmigración se está convirtiendo en una cuestión que estos grupos logran exprimir a su favor. Sin entrar en que las soluciones para las migraciones exigen respuestas complejas (empezando por el hecho de que este fenómeno se produce normalmente como resultado de contextos que impiden el desarrollo de la vida en el Sur Global), cabe advertir que las maquinarias de creación de imaginario colectivo vinculadas a estos partidos generan un gran caudal de información interesadamente falsa que determina la opinión pública cada vez más.  Esas maquinarias, detrás de las que suelen ocultarse determinados think-tanks, incluyen importantes generadores actuales de opinión como son los influencers, que operan a través de redes sociales o incluso pseudomedios de comunicación, más como agitadores que como auténticos informadores. El alcance de estos fenómenos no es totalmente nuevo, pero su cada vez mayor influencia ha podido verse, por ejemplo, en el salto de algunos de ellos directamente a la política (y no solo en España). Esto remite, una vez más, al peliagudo problema de la moderación y control de las redes sociales (tanto por parte de sus propietarios/moderadores como por parte de los Estados), en el que aparecen cuestiones clásicas en el periodismo, como es la relativa al delicado equilibrio entre el derecho a la libertad informativa y el derecho a recibir información veraz.

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Marx consideraba que la distorsión que llevaban a cabo las ideologías, entendidas desde una vertiente peyorativa, podría desplegarse en una falsa representación de la realidad que estaba íntimamente vinculada con la generación de una falsa motivación para una acción consecuentemente equivocada. En ese sentido, entendía que las ideologías actuaban como un instrumento de explotación y alienación. 

La generalización del uso de la mentira en política supone la corrosión de la moral pública y por tanto es un problema que desborda la política y alcanza el terreno ético. El problema es la mencionada tendencia humana a los mecanismos de autoengaño ideologizado, como el del chivo expiatorio. Esa puede ser la razón de que Slavoj Žižek se muestre pesimista (o, cuanto menos, realista) cuando considera que la ideología no son gafas que se nos imponen, bien por la fuerza o bien de manera sutil. La distorsión sería algo que es autoconstruido socialmente y la ruptura con esta requiere, por ende, de un doloroso proceso de desapego a la cómoda mentira habitual. Por eso tenemos miedo a la libertad (E. Fromm). La libertad duele. Y la verdad también.

 

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