La verdad como último dique democrático

Últimamente hay una frase que me repiten mucho cuando hablo con vecinos: “Manolo, si es que ya no creemos en nada de lo que dicen los políticos”. No lo dicen enfadados. Lo dicen cansados y cansadas.
Y cuando una sociedad pasa del enfado al cansancio, empieza un problema serio. Porque el enfado todavía empuja a participar, a reclamar, a exigir. El cansancio, en cambio, empuja a desconectar. En Alicante le llamamos con un término muy nuestro: menfotismo. Y ahí es donde la democracia empieza a resentirse.
Quienes nos dedicamos a la política municipal vemos esa desconfianza muy de cerca. No en los debates ideológicos, sino en cosas pequeñas: en la vecina que ya no viene a una reunión porque “total, para qué”, en el joven que da por hecho que nunca va a poder acceder a una vivienda y se va a tener que marchar, en la madre de familia que cree que todo está decidido de antemano.
La filósofa Hannah Arendt explicó que el gran peligro no es que haya mentiras en política, que las ha habido siempre, sino que la mentira se convierta en paisaje, en algo normal que ya nadie discute porque se da por hecho.
Cuando eso ocurre, lo que se rompe no es un gobierno. Se rompe la confianza básica que nos permite convivir.
Alicante: cuando la política se vuelve algo muy concreto
En Alicante lo estamos viviendo con el escándalo de las viviendas protegidas.
No es un debate abstracto. No es una discusión ideológica. Son viviendas que tenían que servir para que familias trabajadoras pudieran empezar un proyecto de vida y que hoy están bajo investigación judicial por cómo se adjudicaron.
Y mientras leemos titulares, hay gente que sigue viniendo al despacho a preguntarnos cuándo habrá otra oportunidad, cuándo se hará un sorteo limpio, cuándo podrán aspirar a algo que parecía pensado para ellos.
Ahí es donde la política deja de ser discurso y se convierte en algo profundamente humano. Porque cuando falla la justicia en algo tan básico como la vivienda, lo que se resiente no es solo un procedimiento administrativo. Es la confianza en que las instituciones están para servir a todos.
Cuando la gente deja de creer
Lo más preocupante no es el escándalo en sí. Los escándalos pasan. Lo preocupante es la huella que dejan.
Cada vez que alguien percibe que no se dan explicaciones claras, que nadie asume responsabilidades o que todo se diluye en tecnicismos, crece esa idea de que la política va por un lado y la vida real por otro. Y entonces aparece el “todos son iguales”.
Esa frase, que parece una crítica, en realidad es una rendición. Porque cuando dejamos de distinguir, dejamos también de exigir.
No es solo aquí
A nivel estatal lo hemos visto repetirse muchas veces en los últimos años, con casos de corrupción, con negaciones que luego desmienten los tribunales, con debates públicos que parecen más pensados para tapar que para aclarar.
Da igual el color político. Cuando la mentira aparece, el daño no es para un partido: es para la democracia entera.
La política solo tiene sentido si sirve. O lo que es lo mismo: una política que no sirve, no sirve para nada, parafraseando a Jacques Gaillot.
Creo, y lo digo desde mi fe y desde mi compromiso social, que la política solo tiene sentido si está al servicio del bien común y de la dignidad de cada persona. Y eso no puede construirse sobre medias verdades.
La gente puede entender que nos equivoquemos. Puede incluso perdonar errores graves. Lo que no acepta es que se le falte a la verdad. Porque la verdad es lo único que permite confiar.
Recuperar algo tan sencillo como la honestidad
Quizá la tarea más urgente hoy no sea hacer grandes reformas ni lanzar nuevos planes estratégicos.
Quizá sea algo más sencillo y más difícil a la vez: volver a hacer política con verdad. Decir lo que hay. Reconocer lo que falla. Explicar las decisiones aunque no sean populares.
La democracia no se sostiene solo con leyes. Se sostiene con confianza. Y la confianza, como en cualquier relación humana, solo crece cuando hay verdad.
Por eso, en un tiempo de tanta desconfianza, decir la verdad no es solo una obligación moral. Es casi un acto de resistencia democrática.
Otros artículos sobre este tema:
- La magia (antidemocrática) del relato, de Imanol Zubero. Noticias Obreras nº1693, marzo 2026.
- La verdad duele, de Pablo Font Oporto.
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Concejal de Esquerra Unida-Podem en el Ayuntamiento de Alicante
Cantautor. Militante de la HOAC de Orihuela-Alicante



