Feminismo contra la guerra

Feminismo contra la guerra
FOTO | Dani Gago

En un mundo y un sistema fundamentado en el economicismo, el desprecio por la vida, la desigualdad y la opresión, el feminismo se muestra como una fuerza transformadora de gran potencia. Vivimos momentos oscuros, en los que se evidencian con mayor claridad las dinámicas de dominación de un sistema patriarcal y extractivista que considera que las personas, los pueblos y los territorios están al servicio de la acumulación de beneficios y del enriquecimiento de unos pocos. Los poderosos cada vez tienen menos contrapesos, las instituciones y el derecho internacional están prácticamente en proceso de disolución, los valores fundamentados en el humanismo y la dignidad de la persona están en cuestión, y las democracias y las libertades peligran.

Cuesta ver luces, pero es urgente vislumbrar, reconocer e impulsar las iniciativas y movimientos que hacen frente a estas graves amenazas y defienden la vida, la justicia social, los bienes comunes y los derechos humanos. A lo largo de la historia, los movimientos feministas de todo el mundo, poniendo la vida en el centro, han defendido, además de la igualdad de género, la tierra y la naturaleza, y han hecho una apuesta firme por la paz, oponiéndose a las guerras, a la escalada belicista y a la cultura de la muerte promovida por el militarismo y la industria armamentística. Las feministas han trabajado para establecer puentes de diálogo y convivencia entre colectivos enfrentados, buscando siempre la cooperación y evitando la justificación de la violencia, el dolor, la tragedia o los genocidios.

Siempre han sido conscientes de que, durante las guerras, se priorizan los gastos y las exigencias militares y se relegan las necesidades básicas de la población civil. Y no solo durante las guerras: en realidad podríamos decir que este sistema está permanentemente en la misma dinámica de la guerra, ya que siempre se subordinan las necesidades de la vida al mercado, a los intereses económicos y al poder. Así, cada vez se normalizan más los abusos, la brutalidad, el extractivismo, el colonialismo o los genocidios, como el que Israel perpetra en Gaza con total impunidad y con la complicidad de la mayoría de los gobiernos y de las élites internacionales, así como la situación creada estos días con el ataque a Irán por parte de Israel y Estados Unidos.

Históricamente, el feminismo ha realizado una gran aportación a la construcción de una cultura de la paz, imprescindible para que las vidas sean posibles y dignas de ser vividas, mediante luchas, propuestas y acciones concretas impulsadas por defensoras de la tierra, madres, activistas, políticas, agricultoras, trabajadoras manuales, científicas, pensadoras o artistas. Muchas mujeres se han organizado a lo largo del tiempo, y en situaciones de conflicto, para abrir un futuro que haga posible la convivencia, el respeto en la diversidad y la paz con justicia.

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El feminismo nos ha ayudado a comprender las relaciones entre los distintos tipos de opresión y dominación, la raíz común que las sustenta y justifica y que es necesario erradicar. Siempre ha entendido que una sociedad verdaderamente democrática, sin dominaciones de género, clase, raza u orientación sexual, solo será posible superando este sistema patriarcal deshumanizado y violento. Son muchas las mujeres, las comunidades y los pueblos que trabajan para que esto sea posible.

Frente al militarismo, la crisis climática y el ecocidio promovido por el capitalismo depredador, el ecofeminismo propone transitar hacia un nuevo paradigma: poner la vida en el centro, reconocer y socializar los cuidados, promover el buen trato, defender la cooperación, las redes de apoyo comunitarias, la redistribución y unas condiciones de vida dignas para todas las personas. No es casual que los movimientos autoritarios y la internacional de ultraderecha que difunde el odio y la violencia se afanen en atacar y desprestigiar el feminismo, conscientes de que es una fuerza social que trabaja justamente en sentido contrario a la necropolítica que ellos imponen, defendiendo la igualdad, la empatía, la compasión y el respeto a los derechos humanos en un planeta habitable también para las generaciones futuras.

La celebración del 8 de marzo cobra especial importancia en estos tiempos de genocidios, militarismo y avance del fascismo que pretende precarizar nuestras vidas y devolvernos a un pasado oscuro. Continuaremos reivindicando la igualdad salarial, el fin de la brecha de género, políticas de conciliación y socialización de los cuidados, vidas libres de discriminación y de violencias machistas, servicios públicos que nos protejan… Y también recordamos y celebramos, más que nunca, que el feminismo es un movimiento pacífico de liberación y defensa de la vida y la igualdad, y que sigue siendo una línea de defensa de la ciudadanía frente a las graves amenazas sistémicas que nos ponen en peligro.

Seguiremos luchando, denunciando las injusticias aquí y en cualquier lugar, tejiendo redes, escuchando a las mujeres del sur global, aprendiendo e impulsando iniciativas y espacios de humanización que cuiden la vida y abran caminos de esperanza en la construcción de otro mundo posible.