¿Enseñamos el valor de la democracia en la escuela?

Aunque sus orígenes están en la Atenas de Pericles (en el siglo V antes de nuestra era), la democracia como forma de vida y de gobierno ha tardado siglos en estar generalizada. En los países del ámbito occidental empezó a desarrollarse tras la Revolución francesa en 1789 y las posteriores revoluciones liberales del siglo XIX.
Este sistema de convivencia y gobierno se ha ido extendiendo por todo el mundo con constantes avances y retrocesos. Pero como todos los logros éticos de una sociedad, tal y como como plantea el filósofo alemán Jürgen Habermas, no permanece estable y requiere una tensión educativa constante.
En lo que afecta a los más jóvenes, en la Unión Europea se ha detectado durante los últimos años una pérdida de compromiso cívico de los jóvenes y una apuesta por modelos autoritarios. Tres aspectos que generan gran preocupación: indiferencia hacia la participación política, desinterés por los asuntos comunes y la participación social, e incremento de actitudes intolerantes.
En España, por ejemplo, uno de cada cuatro varones (25,9 %) de entre 18 y 26 años afirman que “en determinadas circunstancias” el autoritarismo puede ser preferible al sistema democrático.
El desafío: mayor educación
Teniendo en cuenta que la estabilidad del sistema democrático requiere de ciudadanos cívicos, comprometidos, que participen y que crean en estos valores, cabe plantearse si los datos mencionados son un fracaso de los sistemas educativos.
Tras muchos años de escolarización obligatoria, ¿hemos sabido o podido enseñar a las nuevas generaciones los contenidos históricos fundamentales, el sentido crítico para defenderse de las manipulaciones y la capacidad para analizar la realidad con profundidad, a actuar con criterio propio y fundado en el conocimiento científico y contrastado?
Enseñar el valor de la democracia
En lo que respecta a la Unión Europea, la educación para la ciudadanía y los valores democráticos forma parte del currículo de todos los niveles escolares.
Adopta diferentes nombres en cada país: “educación para la ciudadanía”, “educación en valores sociales y cívicos” o “educación para la democracia, ética y democracia”. Y se plantea de tres formas combinadas: como tema transversal (que se trabaja en distintas asignaturas de manera intermitente); como materia propia, con horas lectivas dedicadas en exclusiva; y como contenido integrado en otras asignaturas como Geografía e Historia, con temas específicos dedicados a la materia.
En España, existe una asignatura de Educación en Valores Cívicos y Éticos en el último ciclo de educación primaria, y en un año de educación secundaria, enfocada en la autonomía moral, la democracia, la sostenibilidad y la igualdad de género. Esta materia persigue desarrollar el pensamiento crítico y la ciudadanía activa, no es alternativa a la religión y se basa en la inclusión, el respeto a los derechos humanos y la empatía.
Participación e historia, las bases
Si consideramos que las propuestas educativas actuales son insuficientes, existen al menos tres estrategias fundamentales con las que se podría incidir en la educación para la ciudadanía democrática:
- Fomentando la participación activa del alumnado en los centros escolares, especialmente en educación secundaria. La mejor manera de entender cómo funcionan los sistemas democráticos es tomando parte en los mecanismos de análisis y toma de decisiones. Hacerlo en el ámbito escolar abre el camino de la participación real en la vida pública, social y cultural en la edad adulta.
- Potenciando la enseñanza de la historia de la humanidad, con especial énfasis en el origen de las continuas guerras y conflictos provocados por regímenes políticos autoritarios.
- Enseñando en las aulas, tanto de un modo teórico como práctico, el valor de la democracia como forma de vida especialmente valiosa y de relación entre las personas: derechos y deberes de las personas establecidos en las constituciones de los países democráticos, valores éticos mínimos como el conjunto de los valores que todos podemos compartir independientemente de nuestras preferencias personales, condicionantes culturales o creencias religiosas, debates sobre temas fundamentales como la democracia, la vida o la sostenibilidad, dilemas morales de carácter ético, asambleas de aula y proyectos de aprendizaje-servicio, en los que los estudiantes aprenden ofreciendo algún servicio a su comunidad.
Además, convendría incrementar las horas de las asignaturas específicas dedicadas a la educación para la ciudadanía con contenidos relativos a los valores éticos universales, declaraciones de derechos humanos y organismos supranacionales.
Formación del profesorado
El profesorado debería estar específicamente formado para impartir estas asignaturas, en base a unos conocimientos tanto teóricos como prácticos. Para ello sería necesario introducir en el currículo de formación de los docentes de primaria asignaturas referidas a la educación en valores y actitudes, así como en los contenidos específicos del máster de formación del profesorado de educación secundaria. Además, los centros dedicados a la formación permanente de los docentes deberían ofrecer cursos y talleres para actualizar los conocimientos del profesorado en activo.
Para llevar a cabo estas propuestas es condición necesaria reequilibrar el peso de los contenidos conceptuales: es decir, reducir el peso que tradicionalmente ha tenido el aprendizaje de datos, hechos y conceptos en las diferentes materias. Entender cómo y por qué vivimos en una democracia no es tanto un asunto de teoría, como de práctica.
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Artículo publicado originalmente en The Conversation
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Catedrático del departamento de Teoría de la Educación, Universitat de València



