El Vaticano analiza y reflexiona sobre el futuro de la humanidad

La Comisión Teológica Internacional (CTI) ha presentado el documento “Quo vadis, humanitas?”, sobre los desafíos que suponen el actual desarrollo tecnológico y las grandes transformaciones socioculturales en curso para la visión antropológica cristiana.
La reflexión teológica aspira a orientar a toda la sociedad en un momento histórico especialmente delicado, que puede sintetizarse por la incertidumbre y aceleración, siguiendo la estela abierta por la Constitución pastoral Gaudium et spes, publicada hace casi 61 años, que acabó con la enmienda a la totalidad con que la Iglesia miraba el mundo moderno para reconocerlo también como espacio para la gracia divina.
Con esta obra, el Vaticano hace una invitación al diálogo constructivo entre la Iglesia, que se comprende insertada en un mundo con sus luces y sus sombras, y el resto de la sociedad, desde su visión integral del ser humano, como unidad de cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad.
Con esta mirada, el organismo asesor de la Santa Sede, vinculado al Dicasterio para la Doctrina de la Fe, afronta los desafíos actuales para proponer caminos que permitan a la humanidad orientarse en medio de la complejidad tecnológica y cultural.
Cuestiones como los riesgos de la “infosfera“, el deterioro de la vida democrática, la pérdida de memoria histórica o las tensiones propias de una era urbana que convierte los espacios de encuentro en nuevas fronteras son analizada a la luz de la espiritualidad cristiana, con ayuda del magisterio y su doctrina social.
Transhumanismo y el posthumanismo
La honda y amplia reflexión “¿Hacia dónde vas, humanidad?”, aprobado por el papa León XIV el pasado 9 de febrero, mira de frente la tensión entre finitud e infinito que habita a todo ser humano y busca respuestas a las “formas nuevas” en que se expresan y resuelven dichas dicotomías en las corrientes de pensamiento más influyentes de nuestra época contemporánea, como son el transhumanismo y el posthumanismo.
A estas tendencias está dedicado el primero de los cuatro capítulos del texto, desde la perspectiva de la fe cristiana, que “impulsa a buscar una síntesis” de las tensiones humanas en Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado.
El segundo capítulo hace un repaso a la relación entre desarrollo y tecnología en el magisterio más reciente (desde san Juan XXIII hasta el papa Francisco), para centrarse en el ecosistema digital, a la luz de las reflexiones de León XIV.
La era digital, cuya tecnología estructura las actividades humanas y las relaciones sociales, aparece como un nuevo horizonte de sentido, que acentúa los viejos riesgos y plantean otros nuevos.
El segundo capítulo se centra en la concepción de la humana como vocación integral. La experiencia humana debe considerarse en las categorías concretas de tiempo, espacio y relación, para que no se pierda el sentido de la historia y se reduzca todo a un “presente cerrado en sí mismo” y “la cultura de la anamnesis”.
Este apartado contiene una defensa del principio del bien común, un llamado a las instituciones financieras para que estén “atentas a la economía real más que a las lógicas del lucro” y no pierdan el enfoque ético ni la solidaridad hacia los más frágiles.
Igualmente propone atender a la “cultura de la vocación” que permite el correcto proceso de maduración de la identidad de la persona y de los pueblos.
La identidad es el tema del tercer capítulo: “Ningún ser humano puede ser feliz si no sabe quién es”, afirma la reflexión; por lo tanto, cada uno debe asumir “la tarea” de convertirse en sí mismo y de transformar el mundo según el diseño de Dios.
El cuarto y último capítulo entra en confrontación con la dramática condición del proceso de realización de la identidad humana, el cual atraviesa diversas “tensiones o polaridades” entre material y espiritual, masculino y femenino, individuo y comunidad, finito e infinito.
Tensiones que, sin embargo, “no deben interpretarse bajo una lógica dualista, sino como ‘unidad de los dos’”, mostrando así “el justo e irrenunciable valor de la diferencia”. La clave reside en la “vida trinitaria”, que no cierra la relación entre dos, ni anula a una de las partes, sino que “se abre al cumplimiento en el tercero”.
Fraternidad universal
De este modo, la “armonía perfecta” entre las personas trinitarias llama a la fraternidad universal y se expresa de manera culminante en la Eucaristía, que “regenera las relaciones humanas y las abre a la comunión”.
La Comisión Teológica Internacional se detiene especialmente en dos de las insistencias particulares más problemáticas en la actualidad como son los binomios: masculino y femenino; y material y espiritual.
La primera de estas polaridades, lejos de borrar la identidad corporal real, encuentra su vocación en la unidad de los dos “con idéntica dignidad”; mientras que cuando en la segunda domina la materia, deja de ser “signos de un misterio más grande”, para convertirse en meras mercancías que se pueden “manipular arbitrariamente con vistas únicamente al lucro”. Esta sería la “la raíz de la crisis ecológica actual”
En el capítulo conclusivo, la CTI destaca que “el futuro de la humanidad no se decide en los laboratorios de bioingeniería, sino en la capacidad de habitar las tensiones del presente”, sin perder el sentido del límite y de la apertura al misterio de Cristo resucitado.
María, madre de los pobres
La Virgen María sería un ejemplo admirable de ello, al acoger libremente el don de Dios. De este modo, en el documento aparece como “el paradigma” del ser humano que se realiza en plenitud.
La “verdadera humanización, entonces, será dejarse ‘divinizar’ por un amor que ‘nos precede y nos hace protagonistas de una humanidad nueva’”.
Tras esta referencia a María, que en la historia de la Iglesia ha sido venerada como la protectora de los pobres y símbolo liberación, el documento se cierra con una llamada “percibir la fuerte conexión que existe entre el amor de Cristo y su llamada a acercarnos a los pobres”.
Después de todo, la comisión advierte que ” si este desarrollo, unido a las ideologías que lo acompañan, implica serios riesgos, estos serán aún mayores para los más débiles e indefensos, es decir, para quienes no cuentan nada porque no son útiles para los engranajes de los poderosos”.
Además de prestar atención a las consecuencias del desarrollo tecnológico para las personas empobrecidas, señala el texto, resulta imperativo “reaccionar con una palabra profética y un compromiso generoso”. Ni más ni menos, que “en ello se juega la autenticidad de nuestra fe y el valor humano de nuestra vida”.
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