Cura obrero y abogado laboralista en Comisiones Obreras. “Importante es comenzar, pero más lo es permanecer”

Suena a tópico, pero me parece necesario recordar con un poco de humor –porque es posible que haya quienes no lo tengan presente cuando de la Iglesia católica se habla– que, entre sus muchos miembros, existe, afortunadamente, casi tanta pluralidad como biodiversidad en la Amazonía; por más que haya quienes, todavía, entiendan que las únicas voces eclesiales son las de los obispos; sobre todo, si son chirriantes y fuera de tiempo o lugar. Creo, afortunadamente, que a la mayoría de los lectores no les extrañará nada esto de la pluralidad o “biodiversidad eclesial”.
Y creo que no les extraña porque es lo razonablemente previsible en un colectivo formado por más de 1.400 millones de personas para las que lo dicho y hecho por el Nazareno es la referencia más importante en su existencia. Sospecho, que va a ser todavía más importante en un tiempo como el actual en el que –con un Papa agustino– escucharemos con alguna frecuencia la máxima que proponía el obispo de Hipona para gobernar la Iglesia: unidad en lo fundamental, libertad en lo opinable y en todo caridad o, con lenguaje más secular: respeto y estima por lo diferente.
Escribo esta entradilla porque no me extrañaría que algún lector haya podido soltar un exabrupto leyendo el título de estas líneas: ¡Vaya! Con esto de “cura obrero y abogado laboralista” parece que volvemos a intentar llamar la atención recurriendo al requetesabido tópico de que la noticia no es que un perro ha mordido a una persona, sino, más bien, que una persona ha mordido a un perro. Es posible que tenga razón quien así haya podido reaccionar.
Pero el motivo del encabezado no es mi indudable interés en llamar la atención para ser leído, sino la sorprendente vida del cura santanderino, Isidro Hoyos Gutiérrez (1934-2026), fallecido hace, exactamente, un par de meses en la residencia para sacerdotes que la diócesis cántabra tiene en Corbán. E, igualmente, el libro que, sobre su vida, ha visto la luz semanas después: Honda es la huella de Isidro (Ed. Círculo Rojo, 2025). Leyendo este texto coral –porque ha sido confeccionado con los testimonios de veinte personas y dirigido por Avelino Seco Muñoz, su compañero de fatigas y alegrías– hay dos momentos o fases en su vida que me han llamado particularmente la atención.
En primer lugar, que supiera compaginar el servicio a las diferentes parroquias que se le fueron encomendando con el trabajo: Isidro fue cura y obrero durante casi treinta años. De este tiempo me ha parecido que lo más singular fue que se percatara de la necesidad de estudiar Derecho para ejercer como abogado en Comisiones Obreras, tarea a la que se dedicó los últimos años de su vida laboral. Eso, siendo ya sorprendente –al menos, para algunos– no es todo.
Me ha llamado también la atención que fuera propuesto para secretario general de Comisiones Obreras de Cantabria por su reconocido interés en buscar siempre los puntos comunes y la unidad de acción. Y que se negara a aceptar tal responsabilidad, no por falta de generosidad y entrega, sino porque tenía dificultades –al parecer, insuperables- para asumir y desempeñar –en expresión de quien da testimonio de ello– “cargos jerárquicos”. Prefirió seguir trabajando en la Asesoría Jurídica de Comisiones Obreras. Por cierto, en el libro se cuentan algunas anécdotas que, sin dejar de ser curiosas, permiten conocer algo de quién era este cura obrero y abogado laboralista en este período de su existencia.
Hay también otra –y más corta– etapa que merece ser recordada: una vez jubilado, Isidro decide irse a Cuba, a seguir ejerciendo como cura. Allí es nombrado párroco de Alamar, un barrio de La Habana, donde permanece desde el año 2001 hasta el 2015. Estas páginas me resultan particularmente entrañables porque –a diferencia de las anteriores– se fundan, sobre todo, aunque no exclusivamente, en la correspondencia que Isidro mantuvo desde allí con sus amigos cántabros. He disfrutado leyéndolas porque he percibido a un Isidro, a la vez, apasionado y crítico. Apasionado en su entrega a los más necesitados de Alamar. Y crítico con el régimen cubano: sin dejar de reconocer la capacidad e inteligencia de Fidel Castro, no, por ello, dejará de censurar su autoritarismo y personalismo y, en concreto, que la democracia brillara por su ausencia.
Hay en este tiempo una anécdota que muestra con toda claridad y crudeza la miseria que se cebaba en una buena parte de los habitantes de la isla. Un día, cuenta Isidro, tuve que ir a una reunión del “Movimiento de Trabajadores Cristianos” en las afueras de La Habana. Cuando llegué al lugar, me preguntaron cómo me había desplazado. Les dije que en “el camello”, es decir, en el bus de transporte urbano, un servicio público bastante deficiente. Fue entonces cuando uno de los presentes comentó: “el padre ha pasado el dengue y viaja en camello, ahora sí se puede decir que está ‘cubanizado’”. Todos, prosigue Isidro, rieron la gracia; y yo con ellos. Pero una mujer del grupo dijo en tono serio y voz alta: “todavía le falta una cosa importante”. ¿Qué? Preguntó otro miembro del grupo. “Pasar hambre” contestó. “Os aseguro –comenta Isidro– que se me cortó la risa…”
Este era Isidro. Por suerte, tengo que decir, que no era –ni es– el único. Conozco, desde hace unos cuántos años, a algunos otros curas obreros: en concreto, además de a Avelino Seco, a otro guipuzcoano, también jubilado, como Isidro, A él y a estos curas –guipuzcoanos y cántabros– entre otros, también me estaba refiriendo cuando más arriba hablaba de “biodiversidad eclesial” o pluralidad y riqueza humana.
Estas personas –y no solo algunos obispos– son para muchos de los católicos que queremos seguir al Nazareno unos testimonios admirables en su discreción y sencillez. Lo son por su fidelidad al corazón del programa recogido en el monte de las Bienaventuranzas y en la parábola del juicio final: “lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”.

Sacerdote de Bilbao. Catedrático emérito en la Facultad de Teología del Norte de España (sede de Vitoria). Autor del libro Entre el Tabor y el Calvario. Una espiritualidad «con carne» (Ed. HOAC, 2021)



