Comunidades cristianas celebran el 8M poniendo rostro a la precariedad laboral de las mujeres

Comunidades cristianas de distintas diócesis del país han celebrado durante este fin de semana vigilias y celebraciones eucarísticas con motivo del 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, convocadas por la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente. Las celebraciones han querido visibilizar la realidad laboral de muchas mujeres y renovar el compromiso de las comunidades cristianas con la igualdad y el trabajo decente
Las vigilias y eucaristías, celebradas en las parroquias en el marco del tercer domingo de Cuaresma, han combinado oración, reflexión y gestos simbólicos para poner en el centro la vida concreta de las mujeres trabajadoras. En muchas de ellas se utilizó un guion litúrgico común que proponía contemplar la realidad del trabajo de las mujeres a la luz del evangelio de la Samaritana en el pozo.
La monición inicial invitaba a mirar la realidad con los ojos de la fe y de la justicia social. “Queremos poner rostro a tantas mujeres que, como la Samaritana en el pozo, buscan saciar su sed de justicia”, se recordaba al comienzo de la celebración, aludiendo a las brechas laborales, la precariedad y la falta de corresponsabilidad en los cuidados que siguen marcando la vida de muchas mujeres.
Las comunidades parroquiales quisieron situar en el centro de la celebración la realidad de las mujeres que sostienen la vida cotidiana en múltiples ámbitos. Durante la oración de los fieles se pidió especialmente por las empleadas del hogar, las cuidadoras y las mujeres que sufren precariedad laboral, para que su trabajo sea reconocido social y económicamente con condiciones dignas.
La plegaria comunitaria incluyó también una petición por quienes gobiernan y por quienes dirigen empresas, con la intención de que promuevan políticas de conciliación, eliminen la brecha salarial y garanticen que el trabajo respete siempre la dignidad de la persona.
De este modo, las celebraciones del 8 de marzo se convirtieron en un espacio de oración y de conciencia social, recordando que la fe cristiana no puede permanecer ajena a las realidades de injusticia que atraviesan el mundo del trabajo.
Durante las celebraciones se escenificó el gesto simbólico realizado durante el momento de las ofrendas. Junto al pan y el vino se presentó una jarra vacía, signo de la sed de justicia y de las carencias que sufren muchas mujeres trabajadoras. El símbolo evocaba la situación de quienes, a pesar de jornadas laborales intensas, no logran llegar a fin de mes o viven situaciones de pobreza laboral.
Junto a este gesto también se ofreció el manifiesto de la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente para este 8 de marzo, como expresión del compromiso de las comunidades cristianas con la defensa del trabajo digno y la igualdad.
Una llamada a la conversión
En la acción de gracias se reconocía la aportación de tantas mujeres en la vida social y eclesial. Y en la oración final se agradecía el compromiso de quienes sostienen la vida en los hogares, en los hospitales, en las aulas o en tantos espacios de cuidado y servicio.
Al mismo tiempo, las comunidades expresaron el deseo de que las parroquias y los barrios sean espacios donde se practique realmente la igualdad. “Queremos que nuestras parroquias y barrios sean lugares donde las mujeres encuentren descanso y reconocimiento”, señala el texto litúrgico.
Celebrar el 8 de marzo en el contexto de la Cuaresma fue entendido así como una llamada a la conversión personal y comunitaria: pasar de las palabras a los hechos y trabajar para que el trabajo esté verdaderamente al servicio de la persona.
Porque, como recordaba el texto de la celebración, el compromiso cristiano no termina en el templo, sino que se prolonga en la vida cotidiana, allí donde se construye o se niega la dignidad del trabajo y la justicia social.
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Director de Noticias Obreras.
Autor del libro No os dejéis robar la dignidad. El papa Francisco y el trabajo. (Ediciones HOAC, 2019). Coeditor del libro Ahora más que nunca. El compromiso cristiano en el mundo del trabajo. Prólogo del papa Francisco (Ediciones HOAC, 2022)




















