«Su rostro resplandecía como el sol»

Lectura del Evangelio según san Mateo (17, 1-9)
Seis días después, tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, los llevó a una montaña muy alta a solas y se transfiguró en su presencia. Su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Jesús.
Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús:
–Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres hago tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Aún estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió, y una voz desde la nube decía:
–Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escúchenlo.
Al oír esto, los discípulos cayeron rostro a tierra, llenos de miedo. Jesús se acercó, los tocó y les dijo:
–Levántense, no tengan miedo.
Al levantar la vista no vieron a nadie más que a Jesús. Y cuando bajaban de la montaña, Jesús les ordenó:
–No cuenten a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.
Comentario
Estamos, más o menos, en la parte central del Evangelio de Mateo que nos sigue deleitando con comparaciones y evocaciones del Antiguo Testamento. Después de la confesión de Pedro en Cesárea, Jesús fue mostrando a sus discípulos su estilo de mesianismo. La cruz, el caos, estaba presente pero también la resurrección, de alguna forma la transfiguración era traer el horizonte y hacerlo presente, con una evocación a la creación con aquello de «seis días después…», que recuerda cuando Dios había terminado y vio que todo era bueno (Gn 1, 31).
En esta pequeña escena de la transfiguración los símbolos se suceden. Otro monte, en recuerdo del Sinaí lugar de encuentro con el Dios, rostros resplandecientes, y llega a su culmen con la segunda frase enternecedora del Padre «Este es mi Hijo Amado en quien me complazco» (la primera, en esta línea, fue la del Bautizo con Juan. La tercera la cierra el centurión: «verdaderamente este era Hijo de Dios»).
En este párrafo, Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas, dialogan en plano de igualdad, pero cuando Pedro interrumpe el momento idílico, desaparecen Moisés y Elías y Dios dice a quién hay que escuchar, el imperativo de «Escúchenlo» aparece nuevo y contundente. Han estado Moisés y Elías, pero hay que escuchar a Jesús, el temor les sobrecoge, al final, solo quedan Jesús y ellos y la montaña para bajarla.
Escuchar a Jesús, es a lo que invita el Padre de forma imperativa. Una y otra vez repetimos, Jesús es lo mejor que tenemos en la Iglesia y tenemos que perder el miedo a escucharle, una y otra vez hay que decir que él es el único legislador y profeta. Necesitamos de forma urgente, pararnos, acercarnos a su persona, conocerle más, ir profundizando en su propuesta que es Evangelio, buena noticia.
El papa Francisco en la Lumen fidei, LF, 18 dice: «La fe no solo mira a Jesús, sino que mira el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver».
El encuentro en el monte no era tanto por Jesús o para Jesús, el encuentro en el Tabor es más una experiencia mística para los discípulos, detrás de los fracasos y dificultades está el rostro resplandeciente del Señor. Por encima de todo personaje aparece él como el que llena de sentido la vida y la historia, todos desaparecen ante su presencia y buena noticia. Posteriormente el Padre invita a seguir a Jesús, a recorrer su camino.
Vivimos en una sociedad llena de ruidos, cargada de mensajes, de propuestas de felicidad, para las que hace falta dinero, y mucho dinero; vivimos distraídos de lo fundamental y cargados de miedos, incertidumbres, miedo al dolor, al sufrimiento, a la muerte, al futuro… ¡Escúchenlo! nos dice Dios… Él es una propuesta de liberación, es una propuesta de sentido para la vida.
Cuando empezaron a escuchar, lo primero que oyeron fue esa frase tranquilizadora de Jesús… «levántense, no tengan miedo».
Y Pedro revela una de las tentaciones de los cristianos: «¡Qué bien se está aquí! ¡Hagamos tres tiendas!»… vamos a instalarnos.
Escuchar a Jesús es levantarse del miedo y bajar del monte, ese monte tan necesario para los cristianos, el monte de la oración, el monte de la eucaristía, el monte del encuentro sosegado con Él, «aquel con quien nos unimos para poder creer» (LF). Y, cargados de fuerza, ya sin miedo y confiando en que, como nos dice Pablo en el texto anterior, de él nos podemos fiar… hacer ya el futuro, comenzar cada día abrirle oportunidades al Dios que quiere transformar al ser humano y la historia en su reino de justicia, fraternidad, paz, solidaridad… y nosotros ser cómplices necesarios.
Estamos ante la auténtica mística cristiana, el Señor nos invita a la montaña con la mochila de la vida, se nos regala el don del encuentro, íntimo y también comunitario, después hay que bajar de la montaña, hay tarea, hay que transformar el mundo, hay que hacer visible y posible el reinado de Dios… y volver a la montaña… la montaña como lugar del encuentro, y tenemos que lograr el encuentro también en lo cotidiano, la montaña o el desierto de la semana pasada no es solo un lugar, es una experiencia que nos damos la oportunidad de tener… y si es así todo será nuevo y apasionante.
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