Otra mujer. Otra niña…

Otra mujer. Otra niña…

En Castellón de la Plana se han rasgado las vestiduras del cielo,
y en Xilxes la calle Cova Santa ha aprendido el idioma mudo del espanto.

Otra noticia…
y el polvo sobre la frente.
Otra mujer.
Otra niña.
Otra vez el padre detenido.

“Convertíos a mí de todo corazón” —susurra el profeta—,
como en el libro de Libro de Joel,
y la tierra responde con ayuno de palabras,
con lágrimas que no saben nombrar la herida.

María José y su hija —doce primaveras apenas—
han sido arrancadas del árbol de la vida
no por dioses antiguos ni por oráculos oscuros,
sino por la sombra obstinada del dominio,
por la violencia que se disfraza de destino
y que no es sino pecado repetido,
error que se llama poder,
venganza que se llama posesión.

En los relatos griegos la sangre era mandato del Olimpo;
hoy no hay mito que absuelva,
no hay tragedia sagrada que excuse la mano que hiere.
Solo la libertad herida del hombre
que no quiso rasgar su corazón,
como implora el salmo cincuenta del Libro de los Salmos:
“Un corazón quebrantado y humillado
Tú no lo desprecias”.

Pero el corazón se endureció.
Y la casa —que debía ser abrigo—
se volvió altar de muerte.

En Benicàssim aún no se apagaba el grito por Ana,
y ya la noche siguiente traía otro viernes santo sin campanas.
Castellón vive días negros,
y la provincia entera guarda un silencio que pesa.

“Ahora es el tiempo favorable”,
clama el apóstol en la segunda carta a los Segunda Carta a los Corintios,
ahora, no mañana,
ahora el día de la salvación:
de la justicia que protege,
de la vigilancia que no falla,
de la comunidad que no mira hacia otro lado.

También puedes leer —  Retiro de oración en Madrid

Porque la limosna secreta,
la oración en lo escondido,
el ayuno que no se exhibe
—como enseña el Evangelio según Evangelio según Mateo—
no son gestos piadosos que nos absuelvan del dolor ajeno,
sino conversión que se hace carne en políticas vivas,
en manos que acompañan,
en sistemas que no duermen mientras el riesgo es “medio”
y la amenaza es alta como un cuchillo.

Hoy no invocamos a las Erinias,
ni a la fatalidad escrita en estrellas.
Invocamos al Dios que escucha el clamor de la sangre inocente
y pide cuentas al hermano.

Que se rasgue el corazón de nuestra tierra.
Que el duelo no sea costumbre.
Que ninguna niña vuelva a ser sacrificada
en la liturgia oscura del machismo.

Y que de estos días negros en Castellón
nazca, por fin,
una conversión que salve vidas.