Oración en el 62º y 42º aniversario de Guillermo Rovirosa y Tomás Malagón

Oración en el 62º y 42º aniversario de Guillermo Rovirosa y Tomás Malagón

Señor Jesús,
obrero de Nazaret,
Pan partido en talleres y andamios,
en la noche fría de la precariedad
y en la mesa compartida del barrio,

hoy pronunciamos dos nombres
como quien enciende dos lámparas
en medio de la niebla:

Guillermo.
Tomás.

Uno, laico herido por la Verdad,
convertido al alba de una Comunión que fue para siempre;
pata de madera, corazón incendiado,
apóstol sin púlpito,
servidor antes que dirigente,
que aprendió en su propio “Judas”
que también la traición puede ser espejo
donde se purifica el amor.

Otro, sacerdote atravesado por la pregunta,
consiliario con horror al aburguesamiento,
teólogo con barro en los zapatos,
“un alma en dos cuerpos”,
arquitecto paciente de planes de formación
para que la fe no flotara en el aire
sino que pisara fábrica, tajo y mina.

Te damos gracias, Padre,
porque en ellos la HOAC fue carne,
fue camino,
fue mística encarnada.

Hoy, cuando se nos llama a caminar juntos
-en este tiempo de recepción del Sínodo,
de aprender la sinodalidad
como arte de escucharnos y discernir-,
queremos recoger su vocación
como quien recoge un testigo en la carrera.

Haznos Iglesia que interrumpe el banquete.

Porque el mundo se nos ha vuelto brutal:
estructuras de dominación que no solo explotan,
sino que devoran;
que no solo empobrecen,
sino que brutalizan.

Capital que se alimenta de cuidados invisibles,
de cuerpos migrantes,
de naturaleza exhausta,
de democracia herida.

Señor,
sabemos que también nosotros
estamos insertos en esas tramas;
que, mientras padecemos, reproducimos;
que mientras denunciamos, a veces callamos.

Por eso danos la gracia de la interrupción.

Interrumpir la normalidad de la desigualdad.
Interrumpir el automatismo de la explotación.
Interrumpir el privilegio que nos adormece.
Interrumpir, como gesto eucarístico,
el curso de una historia
que sacrifica vidas en nombre de la acumulación.

Que la sinodalidad no sea palabra suave,
sino práctica obrera:
asamblea donde cada voz cuenta,
discernimiento que nace desde abajo,
comunión que no borra el conflicto
pero lo atraviesa con fraternidad.

Que sepamos bajar del Tabor
a la falda de la montaña,
como nos recuerdan las Escrituras,
para que la luz contemplada
se vuelva compromiso histórico.

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Guillermo nos susurra:
“sin prisa, pero sin pausa”.
Tomás nos enseña
que la identidad cristiana
no se negocia,
pero se ofrece en diálogo.

Haznos, Señor,
militantes que oran y oran militando;
mujeres y hombres
que en veinticuatro horas de vida honrada
hagan visible tu Reino.

Que cuando el mundo obrero
sufra desempleo,
siniestralidad,
salarios que no alcanzan,
casas que se pierden,
polarización que divide,
no respondamos con apatía,
sino con comunidad.

Que tu Iglesia
sea recinto de verdad y de amor,
de libertad, justicia y paz;
profecía social
que anuncia que otro mundo es posible
porque Tú lo has inaugurado.

Y cuando el cansancio nos visite,
cuando la incomprensión nos hiera
como les hirió a ellos,
danos su paz,
esa fidelidad sin estridencias,
esa pobreza sin lamento.

Hoy, en este 62º y 42º aniversario,
no hacemos memoria nostálgica:
hacemos memoria peligrosa.

Porque recordarles
es aceptar su herencia.

Y su herencia es clara:
la Buena Noticia pertenece al mundo obrero.

Señor Jesús,
que partiste el pan para interrumpir la muerte,
haz de nosotros pan que se parte
en medio de las estructuras que devoran vida.

Que, por intercesión de Guillermo y Tomás,
aprendamos a caminar sinodalmente,
a formarnos con hondura,
a amar con radicalidad,
a servir sin buscar puesto,
a creer que tu Reino germina
en la fábrica, en el campo, en la oficina,
en cada lucha por la dignidad.

Y que un día,
cuando el último turno termine
y la historia sea transfigurada,
podamos sentarnos a la mesa definitiva
no como cómplices del banquete injusto,
sino como servidores fieles
que supieron interrumpirlo
para que todos y todas
tuvieran lugar.

Amén.