No es “riesgo” es una condena cotidiana

El INE ha dicho, en la publicación de sus últimos datos de la Encuesta de Condiciones de Vida, que España convive con una cifra que debería arrancarnos el derecho a la indiferencia: el 25,7% de la población está en riesgo de pobreza o exclusión social. Uno de cada cuatro. Y ha dicho algo todavía más grave, porque apunta a la raíz del mañana: el 33,9% de los menores de 16 años vive en ese mismo riesgo. Uno de cada tres niños.
A estas alturas ya conocemos el ritual civil: aparece el número, se comenta con gesto serio, se discute un rato, y se cambia de tema. El dato entra en la sala como un mendigo y sale por la puerta como una estadística. Y ahí está el verdadero escándalo: no solo que exista esa pobreza, sino que hayamos aprendido a tratarla como si fuera inevitable, como si la vida de los últimos fuese una variable de ajuste de nuestra tranquilidad.
Hagamos pedagogía, sí, pero una pedagogía que muerda. “Riesgo” suena a posibilidad, a amenaza remota. Pero aquí “riesgo” es estructura. Es el modo de vida de quien vive sin margen. Es el hogar que depende de que no pase nada. Y en la vida siempre pasa algo. Por eso lo de “riesgo” funciona como palabra limpia para un barro sucio: no nombra el desgaste, la ansiedad, la vergüenza, el cansancio de vivir con la calculadora en la garganta.
El propio INE apunta que esta tasa AROPE es la más baja desde 2014 y que baja una décima respecto al año anterior. Ahí aparece el primer engaño colectivo: convertir el sufrimiento en “tendencia” y pedirnos que celebremos lo mínimo. Una décima sirve para calmar conciencias, no para cambiar vidas. Es el barniz del conformismo: brilla un poco, pero la madera sigue podrida.
Bajemos el dato al barrio, a la escalera, al trabajo. La información difundida sobre estos resultados recoge tres cifras que describen mejor el país que cualquier lema: el 36,4% no puede afrontar un gasto imprevisto; el 32,2% no puede permitirse una semana de vacaciones al año; el 15,9% no puede mantener la vivienda a una temperatura adecuada.
“Imprevisto” es una palabra tramposa, porque parece inocente. Imprevisto es una muela que duele y no se arregla. Unas gafas rotas que se pegan con cinta. Una lavadora que muere y la ropa se convierte en problema. Un ordenador que el niño necesita para estudiar y que la familia no puede comprar. Una avería que amenaza el empleo, porque aquí hay trabajos que se sostienen con coche, con gasolina, con horarios imposibles. Cuando más de un tercio del país no puede con eso, no hablamos de “apretarse el cinturón”: hablamos de vida sin red. Y una sociedad sin red para tantos es una sociedad que ha decidido que la caída es parte del paisaje.
Y luego está la coartada del promedio: el ingreso medio anual por persona se sitúa en 15.620 euros y la renta neta media por hogar en 38.994 euros, máximos de la serie. La media sube y el riesgo sigue ahí, masivo. Esto hay que decirlo sin rodeos: la seguridad se está repartiendo mal. Un país puede crecer y, a la vez, dejar a demasiada gente sin margen. Esa es la desigualdad moderna: no siempre se ve en el escaparate; se siente en el estómago, en el sueño, en el carácter que se agria.
Si miramos desde el trabajo, el diagnóstico se vuelve directamente combativo, porque toca un nervio histórico: el empleo ya no garantiza dignidad. La distribución por relación con el empleo lo retrata sin necesidad de retórica: 55,4% de las personas en paro están en riesgo; entre las ocupadas, 16,4%; entre jubiladas, 15,4%. Ese 16,4% entre quienes trabajan es una bofetada a la mitología del “esfuérzate y saldrás”. Hay sueldos que no protegen, jornadas que no alcanzan, contratos que administran precariedad. Trabajo que permite aguantar, pero no salir. Trabajo que se convierte en cinta de correr: te mueves mucho para quedarte en el mismo sitio.
Aquí es donde la mirada del movimiento obrero y del sindicalismo de base deja de ser “opinión” para ser lectura fina de la realidad. Porque estos números no nacen del aire. Nacen de salarios que no siguen el coste de la vida, de parcialidades impuestas, de discontinuidad, de subcontratas que diluyen responsabilidades, de la vivienda devorando el sueldo, de la energía convertida en decisión doméstica. Nacen de un modelo que ha naturalizado el “aguanta” como si fuera una virtud, cuando en realidad es una señal de alarma.
Y en ese terreno, el tercer sector y la pastoral del trabajo ven lo que las cifras no cuentan: la gente que trabaja y aun así pide ayuda; familias que sobreviven por redes vecinales; trabajadores que encadenan contratos y siguen al borde; personas que llegan al despacho parroquial o al local de una entidad no a pedir nada regalado, sino a buscar tiempo, respiro, una oportunidad real. Se ve el cansancio, la vergüenza, el “no puedo más” pronunciado bajito. Se ve también el heroísmo cotidiano de sostener una casa con nada. Y se ve, con la misma claridad, que una sociedad que necesita tantas muletas para caminar tiene un problema de piernas, no de voluntad.
Pero el golpe decisivo sigue estando en la infancia: 33,9%. Un tercio de los menores en riesgo significa que la desigualdad no solo existe: se hereda. La pobreza infantil roba descanso, estabilidad, salud, alimentación, concentración, autoestima. Y roba futuro sin hacer ruido. No hay sirenas. Hay normalidad. La normalidad del niño que aprende pronto que hay puertas que se abren con dinero, no con talento.
Conviene, además, distinguir dos indicadores para no caer en el maquillaje: el INE sitúa el riesgo de pobreza por renta en 19,5% y la carencia material y social severa en 8,1%. La primera cifra habla de ingresos relativos; la segunda habla de privación concreta. Ocho de cada cien personas con carencias severas no es un matiz: es un país con un bloque entero viviendo con lo básico recortado. Y, aun así, el debate público lo trata como tema lateral, como si fuera asunto de “otros”.
La pregunta, entonces, no es si baja una décima. La pregunta es más incómoda: qué está aceptando el país cuando considera normal que uno de cada cuatro viva en riesgo y que uno de cada tres niños crezca al borde. Porque si esto se repite, no es por falta de datos; es por falta de decisión. Y la decisión siempre tiene beneficiarios y siempre tiene costes. La cuestión es quién paga el coste de nuestra comodidad. Destripe: lo pagan los de siempre.
Ahora bien: una columna que solo grita se queda corta. Desde la pastoral del trabajo, la indignación no puede terminar en cinismo. Tiene que terminar en organización, en comunidad, en medidas concretas que nazcan desde abajo, desde los últimos, desde quienes sostienen el país sin salir en la foto. Porque los datos del INE no se dan la vuelta con discursos; se dan la vuelta con músculo social.
Cinco medidas, cinco tareas de suelo, para empezar a cambiar la dirección:
1. Organizar dignidad en el trabajo desde el centro de trabajo. No basta con “concienciar”. Hay que fortalecer la organización: asesoría laboral accesible, formación en derechos, acompañamiento a quien denuncia abusos. La precariedad prospera donde hay miedo y soledad. La primera vacuna es colectiva.
2. Redes locales de apoyo mutuo con puerta abierta y orientación de derechos. No solo repartir ayuda: orientar, acompañar, tramitar, reclamar. En parroquias, asociaciones, barrios, sindicatos: crear “ventanillas de derechos” donde nadie se pierda en el laberinto administrativo. La pobreza se reproduce cuando el acceso a lo público depende de saber moverse.
3. Pactos comunitarios por la infancia en cada barrio. Que ningún niño quede fuera por dinero: comedor, material, extraescolares, refuerzo escolar, espacios de estudio con calor, salud visual y dental básica con derivación y apoyo. La infancia no puede ser la cuenta pendiente de la comunidad. Es su centro.
4. Presión social sostenida por vivienda y energía como bienes de necesidad. Organización vecinal para frenar abusos, exigir medidas eficaces, denunciar cortes, negociar suministros, acompañar a familias con contratos y facturas. Si el 15,9% no puede calentar su casa, el problema no es individual: es político y económico. Y se pelea con comunidad y constancia, no con resignación.
5. Economía desde abajo que cree empleo digno y arraigado. Cooperativas, empresas de inserción, comercio local, consumo organizado, cláusulas sociales en compras comunitarias, alianzas entre entidades, sindicatos y economía social. No es romanticismo: es construir soberanía cotidiana. Trabajo digno no como promesa, sino como práctica.
Estas medidas no sustituyen la responsabilidad institucional; la empujan. Y la empujan con algo que hoy falta: continuidad. Porque el sistema se aprovecha de nuestra fatiga. Pero también hay una verdad que quienes caminan en pastoral del trabajo conocen bien: donde hay comunidad, el miedo retrocede. Donde alguien acompaña, la vergüenza se rompe. Donde se organizan los últimos, el país deja de ser un paisaje y vuelve a ser una tarea.
El INE ha puesto los números sobre la mesa. La pregunta no es qué vamos a opinar. La pregunta es qué vamos a construir. Y aquí la esperanza no es una frase bonita: es la decisión de no dejar solos a los que sostienen todo. Es mirar estos datos, no para acostumbrarnos, sino para levantarnos. Porque lo contrario de la pobreza no es la caridad ocasional. Es la justicia organizada. Y esa, cuando empieza desde abajo, tiene una fuerza que ninguna estadística puede domesticar.

Impulsando el Evangelio. Comprometido con la Pastoral Penitenciaria. Activista en la Pastoral del Trabajo de Toledo, defendiendo dignidad y derechos laborales



