Ibrahim, el jornalero que sueña con una vida en regla

Ibrahim, el jornalero que sueña con una vida en regla
Foto | Ibrahim
A Ibrahim se le reconoce antes de que pronuncie palabra: por su sonrisa abierta, por la energía tranquila con la que saluda y por ese gesto de agradecimiento que repite casi sin darse cuenta cuando alguien le pregunta cómo está.

A sus 28 años, este joven procedente de Casamance, en el sur de Senegal, es uno de esos hombres que parecen sostenerse —y sostener a los demás— a base de ánimo, paciencia y esperanza.

Hace más de un año que llegó a España. Primero estuvo en Alcalá de Henares; después, en Almería, donde va enlazando temporadas como jornalero en los invernaderos.

“Un trabajo duro, pagan poco”, dice en un castellano aún vacilante, pero cada vez más firme gracias a las clases a las que asiste cinco tardes por semana.

Cuando hay campaña —el calabacín, por ejemplo— puede trabajar siete días seguidos, más de 50 horas semanales. Otras veces, encadena solo jornadas sueltas. La paga: unos cinco euros por hora.

Su vida está atravesada por la precariedad de los cultivos, por la incertidumbre de los avisos de última hora, por la realidad de los trabajadores sin papeles que, sin poder elegir, aceptan lo que salga. Él intenta no quejarse. “Hay que avanzar”, repite. “Paso a paso”.

Un viaje largo hacia un futuro posible

Antes de llegar a España, Ibrahim pasó seis meses en Marruecos. El trayecto por mar hasta la península duró tres días, un recorrido que a veces recuerda en silencio, mirando al suelo, sin añadir más. Como muchos otros jóvenes de su región, trabajaba en Senegal como albañil, un oficio que quisiera retomar aquí si algún día puede regularizar su situación.

Eligió España porque su hermano vive ya aquí. No se arrepiente. La nostalgia pesa, pero también la convicción de que este es el lugar donde podrá construir un proyecto de vida estable.

Y cuando habla de futuro, su rostro se ilumina.

“Quiero formación de albañil y un diploma”, dice. “Con eso puedo trabajar, ganar dinero, vivir independiente”.

Foto | El jesuita Daniel Izuzquiza e Ibrahim.

Un hombre alegre que sueña con estabilidad

En Casa Arrupe —donde convive con otros migrantes— lo recuerdan especialmente por un día: aquel en el que su amigo Diaga, compañero senegalés, logró los papeles. Ibrahim celebró tocando el djembe y bailando con una alegría contagiosa. Él, que suele ser reservado, dejó ver entonces lo mucho que anhela ese mismo momento para sí.

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También tiene una afición que revela mucho de su identidad: es un gran seguidor del Barça. Se ríe cuando lo cuenta, como si temiera no ser tomado en serio entre tantos culés repartidos por el mundo.

“Con los papeles estaré más seguro. Más libre”

Si algo repite Ibrahim es que la regularización extraordinaria que espera podría cambiar su vida de forma radical.

“El permiso de residencia y de trabajo me hará sentir más seguro y más libre”, explica.

“Estaré más contento”.

No es solo una cuestión de derechos, sino también de dignidad. De no tener que aceptar cualquier jornada, cualquier condición, cualquier urgencia. De poder estudiar, cotizar, alquilar un piso, trabajar sin miedo.

“Muchas familias sienten mucha presión por tener un trabajo para vivir”, dice, como si quisiera recordar que su historia es la de miles de personas.

Un patinete como símbolo de futuro

Tiene un objetivo concreto para este año: ahorrar para comprarse un patinete. Le hace falta para llegar a clase de español después del trabajo: dos días en Puebloblanco y tres en San Isidro. La movilidad, tan básica para cualquier trabajador, es para él un reto diario.

“Necesito mejorar el castellano porque quiero hacer el curso de albañil y solador”, explica. Antes del anuncio de la regularización extraordinaria, su plan era obtener el arraigo socioformativo. Ahora, aunque el camino pueda ser algo distinto, la meta sigue siendo la misma: avanzar.

“En cuanto se pueda, lo haré”, asegura. Y uno entiende que cuando lo diga, no es un deseo: es una determinación.

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