Convivium: un estilo que nace de abajo y ensancha la esperanza

Convivium: un estilo que nace de abajo y ensancha la esperanza
FOTO | Javier Ramírez, vía Archimadrid

Convivium no es, ante todo, un evento, no es sólo un encuentro, ni siquiera un método. Es un estilo, un acontecimiento –con el inconfundible aroma del papa Francisco–. Un modo de ser Iglesia que brota “de abajo hacia arriba”, como tantas experiencias auténticamente evangélicas. La sinodalidad nunca fue un documento elaborado en despachos para fijar conclusiones prefabricadas; es una forma de caminar juntos que abre cauces, ensancha la escucha y permite que todo pueda ser dicho sin temor ni temas tabú. En ese clima, el lenguaje cambia, las preocupaciones emergen sin corsés y cada instrumentum laboris se convierte en espejo donde muchos reconocemos palabras, búsquedas y heridas que nacen de la vida real del Pueblo de Dios.

Así comenzó Convivium: como obra del Espíritu que renueva nuestros modos eclesiales. Un tiempo para detenernos, reconocernos y escucharnos mutuamente como “cartas de Dios”, en expresión paulina. Un ejercicio que parte de la reflexión personal y desemboca en el compartir profundo de sueños, dificultades, heridas, ruegos y alegrías. En un ambiente plural, muy plural, que poco a poco se vuelve sacramento de comunión. Porque sólo así crecemos en sinodalidad y en verdadera eclesialidad.

Hubo símbolos sencillos y elocuentes. Sonó Sabina cantando a Madrid, resonó con fuerza el himno Ungidos, y sorprendieron por su hondura y ternura las palabras del papa León XIV: “El tiempo que vive la Iglesia nos invita a detenernos juntos en una reflexión serena y honesta. No tanto para quedarnos en diagnósticos inmediatos o en la gestión de urgencias, sino para aprender a leer con hondura el momento que nos toca vivir, reconociendo, a la luz de la fe, los desafíos y también las posibilidades que el Señor abre ante nosotros”. Esa invitación marcó el tono: discernir con calma, mirar con fe, abrirse al futuro con esperanza.

El proceso ha sido amplio y participativo. Más de 300 grupos -consejos pastorales, congregaciones, comunidades y realidades eclesiales- han tomado parte. Cada presbítero recibió un material para la oración y la reflexión personal, cuyas aportaciones confluyeron en una síntesis que recogía los múltiples aspectos de la vida ministerial. La Asamblea del 9 y 10 fue, en sí misma, experiencia de fraternidad: 1.300 participantes, 28 grupos de conversación en el Espíritu, diversidad convertida en signo sacramental de una Iglesia que quiere reflejar el rostro real de Madrid. Todo respiraba sinodalidad.

Entre las palabras que más resonaron, una destacó con especial fuerza: cuidado. Necesidad de sentirnos cuidados y llamada a cuidar. Invitación a vivir con autenticidad, a amar apasionadamente como clave del ministerio -en palabras del cardenal Bustillo-, a estar cerca del mundo herido y a ejercer la compasión desde el fundamento de nuestra fe: Jesucristo, el Señor, que nos configura y nos unge para ser buena noticia.

Convivium nos anima también a vivir con alegría y hondura la vocación de curas, incluso en medio del cansancio y la dispersión de tareas. Una advertencia sencilla, pero incisiva, resonó con claridad: “Si creéis que ya lo habéis aprendido todo, os convertiréis en funcionarios”. El subsecretario del Sínodo y obispo Luis Marín invitó a recrear el Concilio Vaticano II, reconociéndonos miembros y servidores del Pueblo de Dios, llamados a discernir juntos los nuevos retos y a crecer en sinodalidad.

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En la misma línea, el cardenal arzobispo de Madrid, José Cobo, exhortó a ser un “presbiterio unido, alegre y diverso”, centrado en la misión: “Denles ustedes de comer”. Y añadió una clave decisiva: “Nuestra Asamblea presbiteral quiere ser respuesta a una llamada y, al mismo tiempo, una provocación profética para el tiempo que vivimos”. En un mundo atravesado por la polarización, el camino no puede ser otro que un modo de vida fraternal y sinodal, abierto y disponible: “No es momento de repliegue ni de resignación, sino de presencia fiel y disponibilidad generosa”.

Sus palabras tocaron también un punto neurálgico: “Esto es un desafío a la violencia que nos pesa y al individualismo creciente que se instala también dentro de nuestra Iglesia y de nuestro presbiterio. No somos la fuente, sino el cauce. Y estamos llamados al cuidado mutuo, a generar relaciones fraternas, a mirarnos a los ojos y a ejercer la corresponsabilidad por el bien común”. Una llamada clara a convertir la fraternidad en práctica cotidiana y la corresponsabilidad en cultura eclesial.

El ambiente final estuvo marcado por dos emociones: alegría y gratitud. Alegría por la experiencia vivida; gratitud por la certeza de que el Espíritu ha estado grande con nosotros. Pero también conciencia lúcida de que Convivium no ha terminado. Sobre la mesa quedan ideas, reflexiones, sueños y tareas: algunas para profundizar, otras para discernir, otras para poner en marcha. Como la sinodalidad, Convivium no es meta, sino camino. Hemos puesto cimientos de comunión y esperanza.

Se agradece, además, la acogida atenta a los presbíteros que sirven en Madrid sin estar incardinados en la diócesis, el cuidado organizativo y el talante participativo que han marcado todo el proceso. Y no puede dejar de señalarse un rasgo que muchos han percibido con claridad: el liderazgo compartido del cardenal Cobo, signo de un modo de pastorear que escucha, convoca y camina con el Pueblo de Dios.

Convivium nos recuerda que la Iglesia se renueva cuando escucha, cuando cuida y cuando camina unida. No es un paréntesis, sino una tarea abierta. Un estilo que, si persevera, puede ensanchar la comunión y sostener la esperanza.

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