A propósito de la regularización de personas migradas

A propósito de la regularización de personas migradas
FOTO | Invernaderos de El Ejido, Almería. Pedro Armestre, vía EFE

Es un crisol de razas y culturas lo que compone esta bendita tierra de Almería. Raro es el pueblo donde no hay vecinos llegados de otras latitudes, hay localidades donde se dan cita más de cien nacionalidades distintas. Esta realidad puede ser contemplada como un peligro o una amenaza, y, por tanto, como algo que da miedo; o bien se puede ver como una oportunidad, como una posibilidad de crecer, compartir y desarrollarnos.

En la provincia de Almería convivimos 770.554 personas, 592.042 (76.8%) son españoles y 178.512 (23,2%) son de otras nacionalidades. Almería es la segunda provincia andaluza, detrás de Málaga, con más afiliados extranjeros a la Seguridad Social, son 85.000 trabajadores (25,30%) que cotizan y contribuyen a pagar una de cada cuatro pensiones.

Muchas de estas personas son las que cuidan a nuestros mayores, limpian nuestras casas, realizan trabajos de agricultura y albañilería, etc. Muchas de estas personas arrastran historias pesadas sobres sus espaldas, han encontrado desprecios en su largo viaje y rechazos a cada paso, nunca son llamados por sus nombres y son culpabilizados de una situación que no han creado, que se han encontrado.

Hay un rechazo a las personas migradas, pero no a su trabajo ¿o tendría que decir su fuerza de trabajo como si de una máquina se tratara? La persona, migrada o no, es mucho más que el trabajo que realiza y no se define por la situación administrativa en la que se encuentre, tiene historia, familia, sentimientos y está revestida de dignidad y esto la hace inviolable.

No es un problema de rechazo a las personas migradas. Es una cuestión de rechazo al pobre, porque extranjero es el dueño de la UD Almería; extranjeros son los 2.198 británicos que viven en Árboleas, el 65% de la población, con concejales de su mismo origen en el consistorio municipal; extranjeros son las 3.767 personas, en su mayoría del Reino Unido (el 52%) que viven en Mojacar transitando, consumiendo y usando los servicios públicos. Todos ellos participan en reuniones propias de su cultura, han surgido los “rastro/car boot sales”, conocidos como mercadillo de los ingleses, etc.

En definitiva, convivimos pacíficamente, no tienen más problemas ni dificultades que un nativo, pueden tener acceso a una vivienda decente, no tiene restringida la entrada a ningún establecimiento, sólo pagan impuestos si son residentes y tienen propiedades, gozan de los servicios públicos de salud (una vez superado y regulado el llamado turismo sanitario) y por lo general contribuyen poco a generar riqueza en el lugar que libremente han decidido vivir.

No es mi intención crear polémica, ni enfrentar a las personas migradas de una nacionalidad con las de otra. Mi deseo es que reflexionemos y cambiemos nosotros, que no seamos meros espectadores, que pongamos en valor lo bueno de cada cultura, que seamos capaces de ir más allá de los números y estadísticas y veamos a personas.

Tenemos que aprender a huir de los falsos rumores y tenemos que dejar de ser hipócritas: Rechazamos al inmigrante pobre y demandamos su mano de obra. Quienes trabajan y están entre nosotros no pueden vivir en la clandestinidad y sin derechos a merced de lo que se le quiera ofrecer y al capricho de quien necesite sus servicios. Chapó por los empresarios y emprendedores, cristianos o no, que son personas honradas y con corazón, que dentro del marco legal ofrecen trabajo digno y no se aprovechan del pobre necesitado.

Cada persona que sufre merece verse aliviada en su sufrimiento, acompañada por quienes le rodean y asistida institucionalmente por quien tiene los medios y el deber de hacerlo. Para quienes, entre nosotros, parecen invisibles, supondrá un alivio regularizar su situación. Después de mucho insistir, y fruto de la Iniciativa Legislativa Popular, avalada por 700.000 firmas, muchas de ellas de gente cristiana, el Consejo de Ministros aprobó el inicio de la tramitación de una regularización extraordinaria dirigida a 500.000 personas extranjeras que ya se encuentran en España.

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No es la primera acción de este tipo que tiene lugar en nuestro país, desde los años 80, en los gobiernos tanto del PSOE como del PP, se llevaron a cabo alrededor de ocho regularizaciones extraordinarias, fueron llamativas las de Aznar durante los años 2000 y 2001 que afectaron a 493.000 personas, y la de Zapatero en 2005 de la que se beneficiaron 576.000. Ninguna de las regularizaciones mencionadas ha levantado tanto revuelo, ni en ninguna han sido usadas las personas migradas como armas arrojadizas entre los distintos partidos políticos, como en esta última.

No necesitamos que se nos recuerde que tenemos que cuidar las raíces cristianas argumentando que están en peligro. Es verdad que peligran, pero el peligro no viene por los extranjeros que pueden tener otra religión, o unas creencias distintas a las nuestras; el peligro viene por quien declarándose abiertamente cristiano, actúa como si no lo fuera; es un peligro quien hace caridad pagando un sueldo de miseria por toda una jornada de trabajo; hace temblar la fe quien siendo de comunión diaria rechaza a diario, y trata de mala manera, a las mujeres que trabajan en su casa sin dar de alta y pagando 4 o 5 euros a la hora; es inhumano y anticristiano explotar al pobre, ya lo denunciaban los profetas y hay que hacerlo ahora también: Es rastrero y ruin quien vende contratos de trabajo para el empadronamiento a un precio disparatado, es despreciable quien descuenta del sueldo el obrero el importe de la seguridad social, es un usurero quien ofrece como vivienda y cobra alquiler a las familias por el espacio que antes ocupaban los animales.

Es verdad, las raíces de la fe peligran. Peligran porque hemos dejado de ver a Cristo en el hermano, porque muchos cristianos pasamos de puntillas por las injusticias sin abrir la boca, y peligran sobre todo porque no vemos en cada persona un hijo de Dios, un hermano con quien recorrer el camino.

Nos dicen que esta regularización va a tener un efecto llamada. Ojalá provoque en toda la sociedad una llamada a trabajar por la justicia, a considerar que cada ser humano tiene derechos y está revestido de una dignidad que nadie puede mancillar ni pisotear. Ojalá sea una llamada a liberarnos de miedos y temores, y a afrontar el futuro con esperanza.

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