Una monja argentina contra la impunidad

Una monja argentina contra la impunidad
FOTO | Juan Pablo Chaves

Era una sencilla monja argentina y acabó convirtiéndose en la líder de un movimiento social contra la impunidad. Martha Pelloni, en la década de los noventa, encabezó las “marchas del silencio”. En estas movilizaciones, la gente pedía justicia por el brutal asesinato de María Soledad Morales, una joven estudiante violada por varios hijos de la elite social. Se trataba de romper con el muro de impunidad que los criminales disfrutaban por el simple hecho de pertenecer a familias influyentes. En La hermana (Anagrama, 2025), la periodista Liliana Viola traza una apasionante biografía de una religiosa tan atípica como intrépida, a la que los periódicos bautizarían como “la monja justiciera”.

Todo empezó en septiembre de 1990 con la desaparición de una alumna en el centro escolar que ella dirigía. La policía, en lugar de ayudar, puso obstáculos. No podía ser de otra forma porque su jefe era el padre de uno de los presuntos culpables. La presión del poder hará que muchos testigos no estén dispuestos a repetir lo que saben delante de un tribunal. Había tantos intereses en juego que hasta el mismo presidente de la nación, Carlos Saúl Menem, se vio obligado a intervenir. No precisamente a favor de los más débiles.

Con el prestigio que ganó en el caso María Soledad, la hermana Pelloni pasó a denunciar otras injusticias, como el robo de bebés, la trata de blancas o la droga. Como sus conciudadanos confiaban en ella, no dudaban en pedir ayuda. Les resultaba una apuesta más segura que acudir a una justicia que iba a desentenderse de sus problemas. Ella no se limitó a una labor de denuncia: también hizo un fuerte trabajo de concienciación acerca de las causas estructurales de los crímenes. El sistema, al endeudar a los pobres, los volvía más fácilmente manipulables.

Los que tenían el poder político y mediático contemplaban con aprehensión a esta religiosa incómoda. Por eso intentaron desacreditarla. En una entrevista en TV, por ejemplo, le preguntaron si tenía visiones. Ella respondió que era una persona racional que veía los hechos tal como eran. La suya no era una espiritualidad desencarnada de los problemas reales sino todo lo contrario. Jesucristo, según sus propias palabras, era “un hombre de pueblo, un hombre con valores, un educador”.

La Iglesia institucional no la apoyó. Es más, saboteó su causa al enviarla, en 1992, a un “retiro voluntario”. Naturalmente, se trataba de una maniobra política.  El obispo local pagaba así que se mantuviera la exigencia de profesor el catolicismo para desempeñar el puesto de gobernador.

Liliana Viola no siempre entiende sus motivaciones de fe con facilidad. Cuando Martha le cuenta que seguir a Jesús, como religiosa, significa entregar todo su amor a una comunidad, ella no acaba de creerla. En ocasiones, sus prejuicios anticlericales pesan más que la evidencia que tiene enfrente suyo. Por educación, no se atreve a preguntarle “por qué habla de enamorarse de un hombre que hace más de dos mil años que no existe”.

A Pelloni, como religiosa y mujer, le resultaba fácil trabajar en equipo. Pero muchas veces se ha encontrado con que los sacerdotes tienen una formación que les lleva a actuar de forma autoritaria e individualista. De ahí que no tenga duda en denunciar el papel subalterno que tienen las mujeres dentro del catolicismo. Eso es así no por voluntad de Dios sino por las circunstancias sociológicas del mundo en que actuaron los primeros cristianos: “La diferencia entre monjas y curas se debe a que a Jesús le tocó vivir en una época machista, mucho más machista que la nuestra, y eligió apóstoles porque eran hombres los que representaban a cada uno de los sectores de la sociedad”.

La autora tiene razón cuando afirma que su protagonista ha corrido más riesgos que muchos superhéroes de ficción. Tuvo que luchar en medio de una de democracia precaria donde, al igual que en tiempos de la dictadura, se mataba y se encubría a los culpables. Demostró así una capacidad que, como ella misma admite, no sabía que tenía. El combate social se convirtió así, también, en una forma de autodescubrimiento.

Como en todos los buenos relatos de iniciación, el héroe no está ahí desde el principio sino que se va haciendo en función de las circunstancias. En este caso, Pelloni se dio cuenta de que había que decir “no” a lo intolerable. Eso implicó cambiar de método: si al principio ejerció de “francotiradora”, después prefirió construir una red en la que se involucraran todo tipo de personas y colectivos. No estamos delante de una heroína solitaria sino de alguien que hace camino acompañando a las masas.

Tampoco es cuestión de caer en algún tipo de idealización. Como todos los seres humanos, sobre todo los que están sometidos a una sobreexposición pública, también la hermana Pelloni se equivocó alguna vez. Liliana Viola nos cuenta que llegó a acusar de complicidad con el narcotráfico a un sector del kirchnerismo. Tuvo que retractarse por no disponer de pruebas. De todas formas, más allá de alguna metedura de pata, nos encontramos ante una figura de indudable estatura moral. Su cristianismo no es opio del pueblo sino una fe inconformista y esperanzada. No en vano, el libro acaba con una confesión de la protagonista que nos invita a mantenernos firmes en la adversidad: “de verdad pienso que no todo está perdido”.

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