¿Tiene la humanidad todavía un futuro?

Es costumbre, al final de cada año, hacer un balance, una especie de lectura a ciegas que solo capta lo que es relevante. Habría demasiadas cosas que recordar. Observemos únicamente que está en marcha un lento e imparable deterioro de nuestra manera de habitar la Tierra. El calentamiento global aumenta cada año y ya está mostrando sus efectos catastróficos en todo el mundo con grandes inundaciones, tifones e incendios fenomenales. Hemos asistido a una desastrosa inundación en Rio Grande do Sul, que destruyó partes de ciudades enteras, además de dañar la agricultura.
Se dice que hemos entrado en una nueva era geológica, el Antropoceno, es decir, que el meteorito que está destruyendo la naturaleza no es otro que la propia humanidad. Otros van más allá y añaden que estamos en la era del Necroceno, es decir, la muerte masiva (necro) de especies, del orden de 70.000 a 100.000 al año, según el conocido biólogo Edward Wilson. En los últimos tiempos, el número de incendios ha crecido tanto en todo el mundo que ya se habla del Piroceno (pyros en griego significa fuego), la fase más avanzada y peligrosa del Antropoceno. A esto se suma la perversa desigualdad social, ya que el 1 % de los ricos posee más riqueza que más de la mitad de la humanidad (4.700 millones), lo cual es una infamia y una negación de la humanidad.
Ante un nivel de degradación tan generalizado, nunca visto antes de la presencia de los seres humanos en el proceso evolutivo, muchos, incluidos grandes nombres de la ciencia, se preguntan si no estamos cerca del posible fin de la especie humana. Y con razón, porque no se trata de fantasmas, sino de señales inquietantes. El premio Nobel de Biología de 1974, Christian de Duve, en su meticuloso libro Vital Dust, life as a cosmic imperative (Basic Books, 1995), afirma que hoy en día “la evolución biológica avanza a un ritmo acelerado hacia una grave inestabilidad; en cierto sentido, nuestra época se asemeja a una de esas grandes rupturas de la evolución, marcadas por extinciones masivas”. El científico Norman Myers ha calculado que solo en Brasil, en los últimos 35 años, se han extinguido cuatro especies cada día. Théodore Monod, un reconocido naturalista, dejó como testamento un texto reflexivo titulado: ¿Y si la aventura humana fracasara? (2000). En él afirma: “somos capaces de comportamientos insensatos y dementes; de ahora en adelante se puede temer todo, absolutamente todo, incluido el aniquilamiento de la raza humana”.
Desde que el ser humano emergió como homo habilis hace más de dos millones de años, ha desequilibrado su relación con la naturaleza. Hasta hace cuarenta mil años, los daños ecológicos eran insignificantes. Pero a partir de esa fecha comenzó un asalto sistemático a la biosfera. En pocos cientos de años, los cazadores extinguieron a los mamuts, los perezosos gigantes y otros mamíferos prehistóricos. En la era industrial (1850) se desarrollaron instrumentos que hicieron posible el dominio y la devastación de la naturaleza. Actualmente, este proceso se ha agravado hasta el punto de que los nueve elementos (límites planetarios) que sostienen la vida están colapsando rápidamente, haciendo de hecho imposible la civilización.
Estamos en una era glacial desde hace dos millones de años. La fase interglaciar cálida actual comenzó hace 11.400 años (período del Holoceno). Según los patrones pasados, deberíamos entrar en un nuevo período de enfriamiento. Sin embargo, nuestra especie ha alterado profundamente la naturaleza de la atmósfera. Diversos gases de efecto invernadero como el CO₂, el metano y otros gases importantes están calentando todo el planeta. Para 2035, no deberían superarse los dos grados adicionales de temperatura, ya que eso sería desastroso para gran parte de la humanidad y para la naturaleza. Ya ahora, en 2025, hemos alcanzado +1,77 °C.
A estos problemas se suman la falta de agua potable (solo el 3 % es dulce) y la superpoblación de la especie humana, que ya ha ocupado el 83 % del planeta, expoliándolo. ¿Lograrán los seres humanos vivir juntos en una única Casa Común? No somos seres pacíficos, sino extremadamente agresivos, carentes de cooperación y de cuidado. El astrónomo real británico Sir Martin Rees, en su libro Final Hour: Environmental Disaster Threatens Humanity’s Future (2005), estima que, si las cosas continúan así, podríamos aniquilarnos en este siglo.
A pesar de este panorama desolador a finales de 2025, sigo esperando que la humanidad, con su inteligencia, su razón compasiva y su sentido de supervivencia, opte por la continuidad de la vida en este planeta y no por el suicidio colectivo.
Ciertamente, debemos ser pacientes con la humanidad. Aún no está lista. Tiene mucho que aprender. En relación con el tiempo cósmico, le queda menos de un minuto de vida. Pero con ella, la evolución ha dado un salto hacia adelante: de inconsciente se ha vuelto consciente. Y con la conciencia puede decidir qué destino desea para sí misma. Desde esta perspectiva, la situación actual representa un desafío más que un desastre, un viaje hacia un nivel superior y no un salto hacia la autodestrucción.
Ahora nos toca a nosotros mostrar amor por la vida en su majestuosa diversidad, sentir compasión por todos los que sufren, realizar con rapidez la necesaria justicia social y amar a la Gran Madre, la Tierra. Las Escrituras judeocristianas nos animan: “Elige la vida y vivirás” (Dt 30, 28). Apresurémonos, porque no tenemos mucho tiempo que perder.
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Teólogo, filósofo y escritor



