¿Puede ayudar la ciencia a reforzar la democracia?

La democracia puede ser más fuerte, justa y resistente si usa de manera más efectiva la ciencia, pero no para sustituir a la política, sino para darle más fundamento, más capacidad de aprender de la experiencia y menos margen a la demagogia y a la mentira.
Vivimos en una época a la que algunos califican de «policrisis». Esa mezcla y acumulación de problemas como las emergencias climáticas, las desigualdades persistentes, las tensiones geopolíticas y los acelerados cambios tecnológicos que atraviesan la vida cotidiana.
Un escenario en el que, al mismo tiempo, crece la desconfianza hacia la política porque demasiadas promesas no se cumplen y demasiados problemas se cronifican. Lo paradójico de todo ello es que nunca habíamos tenido tanto conocimiento científico, ni tanta capacidad tecnológica para entender riesgos, anticipar escenarios o evaluar políticas públicas y, a la vez, nunca había sido tan visible la sensación de descontrol.
Sabemos mucho sobre lo que nos pasa, pero nos cuesta traducir ese saber en decisiones que mejoren la vida de la gente.
Ahí aparece la brecha entre saber y hacer, esa distancia entre lo que indican las evidencias, los análisis científicos y lo que efectivamente se acaba decidiendo e implementando.
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Catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Barcelona
Autor del libro La brecha entre saber y hacer. Democracias más fuertes con políticas más efectivas



