Personalismo a lo grande: claves para entender la presidencia de Donald Trump a lo largo de este primer año de mandato

Un año después de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, ya no se trata de especular sobre promesas de campaña ni de anticipar escenarios posibles. Su presidencia ofrece un primer balance tangible de decisiones, ritmos y efectos que permite separar con nitidez lo que era previsible de lo inesperado, y, sobre todo, evaluar qué implicaciones tiene este primer año de gobierno para la coalición política que lo sostiene.
Lo que podía esperarse
Desde el inicio era previsible una presidencia marcada por la confrontación directa con los principales contrapesos del sistema democrático estadounidense. Trump ha mantenido y profundizado una política de hostigamiento sistemático contra los medios críticos, la justicia y aquellas instituciones con capacidad contramayoritaria. El Congreso, especialmente, ha quedado relegado a un papel secundario, cuando no irrelevante, lo que algunos analistas han identificado como el principal problema de la extralimitación presidencial.
Esta dinámica no responde a episodios aislados ni a impulsos erráticos, sino a una lógica coherente de concentración de poder. La deslegitimación de los medios hostiles, la presión sobre jueces y fiscales y la normalización del ataque a organismos reguladores forman parte de una estrategia deliberada de debilitamiento de los contrapesos institucionales.
También era esperable la utilización patrimonialista del Estado. Trump no ha roto con su pasado empresarial, sino que lo ha integrado en el ejercicio de la presidencia, difuminando de forma sistemática la frontera entre interés público e interés privado y persiguiendo sin disimulo su enriquecimiento y el de su familia. La confusión entre gobierno y negocio no es un efecto colateral, sino un rasgo estructural de su forma de entender el poder.
Asimismo, Trump ha gobernado claramente para los grupos que lo llevaron al poder. Su agenda –económica, cultural y política– responde de manera directa a las demandas de su base electoral y de los actores organizados que la articulan: desregulación, recortes del Estado, políticas migratorias restrictivas y una concepción mayoritaria y plebiscitaria del mandato democrático. Todo ello encaja con su talante político y con las señales emitidas durante la campaña.
Por último, lejos de un discurso genuinamente antiélite, su presidencia ha consolidado una alianza pragmática con grandes corporaciones, en particular con el sector tecnológico. Más que regular su poder, el Ejecutivo ha optado por instrumentalizarlo.
Lo que no se esperaba (al menos no en esta magnitud)
Si algo ha sorprendido incluso a quienes anticipaban una presidencia disruptiva ha sido la velocidad y la intensidad del cambio. En apenas meses se han sucedido decisiones de enorme calado: el papel central de DOGE –el Departamento de Eficiencia Gubernamental–, el desmantelamiento de amplias capas de la administración pública, recortes masivos de empleo público, el debilitamiento de la cooperación internacional, la imposición de aranceles y el endurecimiento extremo de las deportaciones.
La rapidez no ha sido accidental. Ha funcionado como una estrategia política en sí misma, reduciendo la capacidad de reacción de actores institucionales, judiciales y sociales. Gobernar deprisa ha sido una forma de gobernar sin oposición efectiva y es también una estrategia típica de autócratas decididos a desarticular a la oposición y consolidar su poder.
También ha resultado inesperada la profundidad del giro en política exterior. El lema Make America Great Again –Hagamos América grande de nuevo– parecía apuntar a una retirada del escenario internacional y a una vuelta al aislacionismo. Las primeras decisiones –el distanciamiento de organismos multilaterales, el debilitamiento de la ONU, el desmantelamiento de USAID (Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional)…– reforzaron esa lectura. Sin embargo, el balance del primer año sugiere otra cosa.
No estamos ante una retirada del mundo, sino ante una redefinición del papel de Estados Unidos en términos más cercanos a una lógica imperial que a una potencia de poder blando.
Trump no renuncia a la proyección internacional; rechaza el multilateralismo y apuesta por relaciones bilaterales coercitivas, delimitación explícita de esferas de influencia y control de recursos estratégicos clave para la competición tecnológica global. La reactivación implícita de una doctrina tipo Monroe marca un cambio profundo y poco anticipado.
Especialmente inquietante ha sido, además, la centralidad de los aparatos coercitivos del Estado. El papel de ICE –el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos– como brazo ejecutor de la política migratoria, con amplios márgenes de discrecionalidad e impunidad, y el uso creciente de la Guardia Nacional apuntan a la conformación de cuerpos de fuerza altamente leales al Ejecutivo.
Y alarmante es también el potencial despliegue de soldados del ejército en Minneapolis, tras las protestas por el asesinato de Renee Good. La historia comparada muestra que muchos regímenes autoritarios consolidan su poder mediante fuerzas coercitivas personalistas; la analogía no es mecánica, pero el paralelismo resulta difícil de ignorar.
Quizá lo más inesperado por inquietante ha sido la debilidad de los contrapesos. El Congreso ha quedado prácticamente ausente, el Tribunal Supremo ha avalado mayoritariamente las decisiones presidenciales y los medios, aunque más resistentes, muestran una capacidad limitada de freno. Universidades, algunas voces aisladas en el Senado y, de forma creciente, el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, aparecen como focos dispersos de resistencia institucional.
El impacto sobre su base de apoyo
El efecto de este primer año sobre la base de Trump es ambivalente. Su coalición es amplia, heterogénea y en buena medida instrumental, lo que hace improbable una reacción uniforme.
A corto plazo, su núcleo más leal sale reforzado. La confrontación constante y la narrativa de asedio alimentan un vínculo emocional que interpreta cada choque institucional como prueba de autenticidad. Para esta base dura, Trump no solo gobierna: combate. Aunque el núcleo duro de apoyo a Trump es altamente resistente incluso ante acusaciones graves, los sondeos muestran que su manejo del escándalo de Jeffrey Epstein es uno de los pocos temas en los que su aprobación entre republicanos se desploma por debajo de su respaldo habitual. Esta fractura –moderada pero real– sugiere que una serie de revelaciones más comprometedoras sobre su implicación en las redes de Epstein podría comenzar a erosionar, al menos parcialmente, la fidelidad de su base más leal.
Más ambiguo es el efecto sobre las élites económicas. Aunque muchas se han beneficiado de la desregulación y de un Estado menos intervencionista, la imprevisibilidad, el uso político de los aranceles y la inestabilidad internacional introducen costes crecientes. No se trata aún de una ruptura, pero sí de una relación más tensa.
Entre las clases medias y trabajadoras, el apoyo depende cada vez más del equilibrio entre incentivos simbólicos y efectos materiales. Los recortes en empleo público, la inflación o el deterioro de servicios pueden erosionar progresivamente ese respaldo, especialmente allí donde los costes se hacen visibles. Habrá que estar atentos a sus efectos en este sector menos leal a Trump del electorado.
Por último, sectores institucionales y tecnocráticos muestran una incomodidad creciente. El conflicto con la Reserva Federal, la politización de la administración y el uso discrecional del aparato coercitivo tensionan a actores que valoran la estabilidad por encima de la confrontación ideológica.
Qué conviene observar
Más que fijarse solo en índices de aprobación –que también–, conviene estar muy atentos a señales indirectas: cambios en el discurso de grandes donantes y empresas, silencios estratégicos y voces discordantes dentro del Partido Republicano, eventuales desacuerdos en el Tribunal Supremo, la actitud de la Reserva Federal y la evolución del encuadre mediático en medios tradicionalmente afines.
El primer año de Trump no habla solo de Trump. Habla de la capacidad –o incapacidad– del sistema político estadounidense para resistir una presidencia que tensiona deliberadamente sus límites formales e informales. Incluso si su apoyo electoral se erosionara, muchas de las transformaciones impulsadas podrían perdurar más allá de su figura. En ese sentido, este primer año no parece un paréntesis, sino el inicio de una reconfiguración más profunda del orden político estadounidense.
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Artículo publicado originalmente en The Conversation
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Profesora de Ciencia Política, UOC – Universitat Oberta de Catalunya



