Oración en la noche de Adamuz

Dicen que “los traumas y tragedias ante las “perdidas vividas” en carne propia me hace mejor persona, pero lo daría todo por ser peor persona”.
Esta noche, Señor,
la tierra tiembla como un andén sin nombre.
Adamuz irrumpe en la historia
no como estación de paso,
sino como herida abierta:
hierro retorcido,
vagones caídos al terraplén,
vidas interrumpidas a las 19:40,
nombres que aún no sabemos pronunciar
y ya nos duelen.
Treinta y nueve muertos…
y más cuerpos luchando entre la vida y la muerte.
Y detrás de cada cifra
un hogar en vilo,
un teléfono que no responde,
un “¿dónde estás?”
suspendido en el aire.
Nos movíamos, Señor.
Por trabajo, por afectos, por descanso,
por causas justas,
por volver a casa.
Nos movíamos
y detrás de cada viaje
iban padres, hijos, amigas, compañeros,
pueblos enteros esperando noticias.
Mi hermana llama:
“José Luis, ¿cómo estás?”
Y la televisión no calla.
Recuerdo a Pepe, dejado en Atocha, rumbo a Sevilla.
Recuerdo a Maite, también viajando.
Y me descubro vulnerable,
expuesto,
como todos esta noche.
Se activan recursos,
planes de emergencia,
hospitales de campaña,
manos anónimas que reparten agua y mantas,
vecinos que cargan solidaridad
mientras el silencio pesa más que el ruido.
Gracias por esas manos, Señor.
Gracias por el bien que brota
cuando todo parece romperse.
Pero hay preguntas que no encuentran vía,
ni recta,
ni explicación técnica.
Una recta renovada,
un tren casi nuevo,
y, aun así, la catástrofe.
Como Samuel nos duele escucharte decir:
“La obediencia vale más que el sacrificio”,
y no sabemos a qué obedecer
cuando la vida se quiebra sin aviso.
Hoy no ayunamos por costumbre
ni cantamos por inercia.
Hoy, como dice el Evangelio,
el Esposo parece arrebatado,
y solo queda el ayuno del corazón,
el vino derramado,
los odres viejos que no resisten
tanta pérdida.
Entramos en tu noche oscura, Señor,
como San Juan en su cárcel,
sin entender,
a tientas,
con la fe herida.
Pero en esta noche
déjanos recoger,
aunque sea mínimo,
un dicho de luz y de amor,
ese “haz” secreto
que no explica el dolor
pero lo atraviesa.
“Haz” de luz humilde,
que mantenga el alma
despierta para hacernos cargo
de que la vida es un regalo para regalar.
Nos sostenénos en tus manos.
Manos de alfarero,
que amasan la arcilla rota
y, cuando todo se quiebra,
no tiran los restos,
sino que vuelven a empezar,
con paciencia que duele.
Manos de pastor,
recio y cercano,
que no vigila desde lejos
sino que carga sobre los hombros
a quien no puede seguir,
a quien ha quedado al borde del camino.
Pero, sobre todo,
manos de Padre.
Manos que Jesús nos reveló
cuando, colgado de la cruz,
gritó en la noche más honda:
“Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.
Ahí comprendemos la vida
y también la muerte:
venimos de tus manos
y hacia tus manos vamos,
para ser hijos en el Hijo.
Renuevo mi fe
en este Padre que acoge
a quienes han muerto esta tarde-noche.
Padre-madre que llama a
“sanar” a los heridos graves.
“abrazar a quienes esperan sin respuestas.
Habitar nuestros silencios
cuando no hay palabras ni consuelo.
Oración que se hace llamada
a que no permitamos que esta tragedia
se diluya en estadísticas o promesas.
Que aprendamos, como pedía Rovirosa,
no solo a socorrer al necesitado,
sino a construir un mundo
donde nadie tenga que necesitar socorro
por la codicia, la prisa o el descuido.
En esta noche de Adamuz,
no te pedimos explicaciones,
sino presencia.
No certezas,
sino manos.
No ruido,
sino ese susurro
que en la oscuridad,
como “haz de luz”,
nos sigue llamando
al amor, justicia, fe.

Consiliario de la HOAC de Bilbao



