«Felices quienes son pobres en el espíritu»

«Felices quienes son pobres en el espíritu»

Lectura del Evangelio según san Mateo (5, 1-12a)

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:

“Felices quienes son pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.

Felices quienes lloran,
porque recibirán consuelo.

Felices quienes sufren,
porque heredarán la tierra.

Felices quienes tienen hambre y sed de la justicia,
porque quedarán saciados.

Felices quienes son personas misericordiosas,
porque ellas alcanzarán misericordia.

Felices las que son limpias de corazón,
porque verán a Dios.

Felices quienes trabajan por la paz,
porque se les llamará hijos e hijas de Dios.

Felices las personas perseguidas por causa de la justicia,
porque de ellas es el reino de los cielos.

Felices ustedes cuando les insulten y les persigan y les calumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y felices, porque la recompensa será grande en el cielo”.

Comentario

Mateo escribe el Evangelio para una comunidad formada por judíos que han aceptado a Jesús como enviado de Dios y el Mesías esperado por la tradición revelada por Dios. Y tiene una misión delicada ayudar a la comunidad judeocristianos a que acepten a Jesús, no solo como mesías superior a Moisés, sino también su mensaje del reino de Dios.

Mateo, con maestría, va haciendo vida paralela del gran Moisés con la de Jesús: A Moisés se le atribuía el Pentateuco, Mateo divide su Evangelio en cinco partes; Moisés fue salvado del Faraón, Jesús escapa de Herodes; Moisés ayuna cuarenta días, Jesús en el desierto también ayuna cuarenta días y cuarenta noches; Moisés muere en el Monte Nebo y Jesús muere también en un monte.

Moisés tiene un momento importante en el Monte Sinaí, como mediador de la Alianza entre Dios y el pueblo, baja del monte, del lugar de encuentro con Dios, a presentar la Ley de Dios.

Jesús, también en el monte, pero no baja, sino sentado en él, enseña y enseña con autoridad. Jesús no es mediador, es el promulgador de una nueva Alianza que se formula en la proclamación de las ocho Bienaventuranzas.

Mediante estos recursos teológicos-literarios, el evangelista Mateo presenta la superación de la Antigua Alianza por Jesús, transfiriendo el valor que la tradición judía daba a Ley y en particular a los Mandamientos de Moisés a sus enseñanzas.

Y, efectivamente, la propuesta de Jesús es completamente nueva, da un paso gigante en la forma de entender a Dios y las relaciones entre las personas, entre el concepto de felicidad, de dicha, de buenaventura que el pueblo de Israel tenía, a la propuesta de esto mismo por parte de Jesús. Jesús propone ser feliz de otra manera, es que nos hace en las Bienaventuranzas.

Es un estilo diferente, cargado de fuerza y de ternura, de poesía, pero desconcertante y esperanzador, fuera del discurso negativo y de lo prohibido, toda una propuesta con el listón de su vida como referente.

El papa Francisco dedica, en la exhortación apostólica Gaudete et exultate (Alégrense y regocíjense) sobre «la llamada a la santidad en el mundo actual», dedica, repito, el capítulo tercero a comentar las Bienaventuranzas, y comienza diciendo: «Aunque las palabras de Jesús puedan parecernos poéticas; sin embargo, van muy a contracorriente con respecto a lo que es costumbre, a lo que se hace en la sociedad; y, si bien este mensaje de Jesús nos atrae, en realidad el mundo nos lleva hacia otro estilo de vida. –Y continúa– Las bienaventuranzas de ninguna manera son algo liviano o superficial; al contrario, ya que solo podemos vivirlas si el Espíritu Santo nos invade con toda su potencia y nos libera de la debilidad, del egoísmo, de la comodidad, del orgullo» (GE, 65).

Hoy, donde ser feliz, ser dichoso tiene que ver con la seguridad, con el tener dinero, tener casa, tener trabajo, eso… con el tener; también con el poder y el prestigio, el reconocimiento, los tratamientos y protocolos, el conocimiento, los títulos y las carreras… la propuesta de Jesús puede producir la hilaridad que en alguna película burlona sobre Jesús tenían los personajes que escuchaban su sermón.[1]

Decir dichoso a lo que hoy no tiene que ver con la dicha, decidir ir contra corriente porque la dicha está en las personas pobres, misericordiosas, en quienes lloran, quienes luchan por la justicia y la paz, quienes tienen un corazón limpio… es un reto que solo es creíble porque muchas personas lo demuestran con sus vidas, aunque no tienen peso mediático.

Las bienaventuranzas son capaces de cuestionar tantas cosas de nuestras vidas de cristianas y cristianos muchas veces preocupados de cumplir ritos, centrados en normas, en prohibiciones y límites, centrados en sacramentalismos y en defendernos de persecuciones que no tienen mucho que ver con el cumplimiento de las bienaventuranzas.

Hoy, más que nunca, necesitamos cristianos y cristianas de las bienaventuranzas; una Iglesia de las bienaventuranzas que esté presente en este mundo, sin escondernos en sacristías, una Iglesia en salida misionera, como dice el papa Francisco: «La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan» (EG 24), una Iglesia que está en las fronteras, unos cristianos y cristianas que queremos ser como Jesús en el monte: una buena noticia para aquellas personas, las que Él llama felices, para aquellas que queremos tener la Dicha de Dios y le pedimos diariamente que nos conceda ese don.

El Papa nos habla de que la bienaventuranza de la misericordia queda resaltada como «protocolo sobre el cual seremos juzgados: porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber…» (EG 95).

En tiempos de vuelta a una religiosidad intimista, emotiva, individualista y estética, donde lo comunitario solo sirve para resaltar mi individualidad… lo que el papa Francisco propone como camino de santidad para el hombre y la mujer de hoy tiene que ver con la vivencia de las Bienaventuranzas como las vivió Jesús y la solidaridad con las personas últimas porque en ellas le reconocemos a él presente en nuestra historia concreta.

Ser feliz está de moda, y ¿ser santo o santa?

[1] La vida de Brian (Life of Brian, 1979) de Monty Python.

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