Navidad o el principio de ternura. Un evangelio para los pueblos vaciados

En el principio es la ternura. Todo comienza con un acto de debilidad. En el frío cósmico que muerde los campos de Castilla, donde los pueblos se desangran en un silencio de piedra y abandono, la Navidad no llega con estruendo. Llega con silencio, con ternura. La de un recién nacido. Una criatura improbable, casi ofensiva en su fragilidad, que se filtra por las grietas de un mundo endurecido. Esta es la crónica de cómo la ternura, la más subversiva de las fuerzas, se instala en el corazón del vacío.
El mito que nace donde el mundo se acaba
En la geografía herida de la España vaciada, el solsticio no es una metáfora. Es la ley que rige la larga noche invernal, la que hiela los barbechos y azota la teja roja de los tejados, ¡ya sin humo! Aquí, los ritos ancestrales —el fuego de la hoguera, el canto para animar al sol— no son folklore, son supervivencia. Como señaló el antropólogo Marc Augé (1992) en Los No lugares: Espacios de anonimato, estos pueblos se enfrentan a la paradoja de ser lugares de memoria en riesgo de convertirse en lugares del olvido. La Navidad, entonces, se enreda en esta lucha. Los adornos en las plazas vacías son un acto de fe más profundo que cualquier catedral abarrotada: es la terquedad de la vida contra la evidencia de la muerte.
En este paisaje, el consumismo es un fantasma lejano, un rugido que llega acrecentado por la televisión. La grieta sociopolítica no es entre ricos y pobres, sino entre presentes y ausentes. El verdadero regalo, el acto político, es la presencia. Es el viaje imposible a través de la brisa helada para ocupar, por unos días, la silla vacía. Es la economía de la ternura, que valora más el pan compartido que el último modelo de teléfono. Frente a la lógica del mercado que vacía, se alza la lógica del encuentro que puebla, aunque sea efímero.
La conjunción del desprecio y la estrella humilde
El Evangelio de Lucas es geopolíticamente preciso: “Sucedió en aquellos días que salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo.” (Lc 2, 1). Un decreto de un poder lejano, indiferente, que obliga a los humildes a desplazarse. José y María son, en esencia, migrantes forzosos. Belén, un pueblo de provincias, desbordado. El sistema no tiene lugar para ellos. El nacimiento ocurre “fuera”, en los márgenes, en el espacio de los animales. Es el primer “pueblo cristiano vaciado”: un establo donde el centro del poder —la posada— no tiene espacio para personas migrantes.
Y es aquí, en este no lugar, donde ocurre la insurrección de la ternura. La teología de la Encarnación, el “Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14), se traduce en el acto más vulnerable: un parto. Dios no se manifiesta como un guerrero o un emperador, sino como un niño que depende por completo del cuidado de unas manos indefensas, desconcertadas. Es la glorificación de la dependencia, la fragilidad y el cuidado mutuo, los mismos valores que sostienen a los ancianos que se quedan en los pueblos, que se cuidan unos a otros contra el abandono de las instituciones comunes. La estrella de Belén, esa conjunción cósmica, no ilumina un palacio, sino un acto de pura ternura en la periferia del imperio. Como dijo el poeta Miguel Hernández, “Porvenir, presente, pasado, / todo es cuestión de profundidad: / un poco más de lo mismo, un poco menos.” En el pesebre, se acuna toda la profundidad.
La ética del cuidado: El único milagro que persiste
Hoy, en las iglesias semivacías de estos pueblos, la Navidad no es una doctrina, es un latido. Es la ética del cuidado hecha rito. No se celebra para creer, se cree —en el otro— para celebrar. El verdadero “milagro” se manifiesta más acá de lo sobrenatural; es que los vecinos lleven la comida al anciano de al lado, que las luces en la ventana de una casa cerrada signifiquen “volveremos”, que el silencio, en Nochebuena, se llene de los ecos de las risas que ya no están.
En esta geografía del vacío, la Navidad recupera su potencia original. Es un acto de resistencia. Resistir no es solo aguantar, es, como recordaba el filósofo austríaco-israelí Martin Buber, descubrir en el encuentro con el otro —con el vecino, la abuela o los que ya no están— una llamada ética que nos invita a reconocerlo como un “tú” irrepetible y vulnerable, ante el cual se nos despierta la responsabilidad y el cuidado. Es la ternura como principio originario.
El pesebre nos dice que lo sagrado nace siempre en los márgenes, en los establos del mundo, allí donde el poder no mira. En los pueblos vaciados, cada luz encendida contra la oscuridad, cada puerta que se abre para la cena, es un acto de fe en ese evangelio. Es la terquedad de creer que, incluso en el lugar más frío y olvidado, la ternura puede nacer, y que ese nacimiento, improbable y frágil, es suficiente para redimirlo todo.
La luz que no se apaga
Así, en el corazón del invierno y del despojo, la Navidad revela su secreto final: no es la fiesta del que tiene, sino del que espera. No es el canto del poder, sino el murmullo imperativo de la ternura que se niega a morir. En los pueblos vaciados, donde la vida es un acto de valor, el pesebre ya no es una escena dulce, sino un manifiesto. Anuncia que el mundo no se salva con ejércitos ni con mercados, sino con el cuidado de un recién nacido, con el calor de unos pocos alrededor de una mesa, con la obstinada luz de una memoria que se niega a ser, ella también, vacío. Es la prueba de que la esperanza más profunda siempre nace donde todo parece haber terminado.

Redes Cristianas



