Hans Murcia, migrante con problemas de acceso a vivienda: «Quiero seguir construyendo mi estabilidad con un techo fijo»

Hans Murcia, colombiano de 24 años, vive en una habitación compartida en Erandio y estudia un FP de Turismo. Tras pasar por parques, albergues y alquileres imposibles, su historia es un retrato de quienes buscan algo tan simple –y tan difícil– como un lugar donde vivir. El derecho a un techo sigue siendo la promesa incumplida.
Hace dos años, Hans –con estudios en administración– llegó a España con la promesa de una vida mejor. Pensaba que el cambio de país traería estabilidad, pero pronto descubrió que el verdadero desafío no era encontrar trabajo, sino encontrar un techo. En Bilbao, donde una habitación puede costar lo mismo que un sueldo parcial, ha aprendido a moverse entre fianzas imposibles, desconfianza hacia los extranjeros y alquileres que se cierran en cuestión de horas.
Aun así, habla sin rencor, con una serenidad que sorprende: «No me estreso, ni lloro. Solo sigo adelante». Su historia es una entre muchas, pero también un retrato de la precariedad silenciosa que viven quienes, como él, jóvenes y migrantes, sostienen esta sociedad desde los márgenes, estudiando, trabajando y soñando con algo tan simple y tan necesario como un lugar donde vivir.
¿Por qué decidiste venir a España?
Hace dos años llegué buscando una vida mejor. En mi país estudié una carrera media en recursos humanos, pero las condiciones eran difíciles. Pensé que en España todo sería más estable, que habría oportunidades, y sí, las hay, pero no como me imaginaba. Desde el principio fue un desafío encontrar un lugar donde vivir. La vivienda en alquiler tiene mucha competencia: ves un anuncio y hay decenas de personas interesadas. Según leí en El País, hay una media de cien candidatos por vivienda. Lo viví en carne propia.
¿Cómo fue tu primer contacto con el mercado de la vivienda?
Fue duro. Llegué sin saber nada, solo tenía el contacto de una conocida de mi país que me dijo que me acercara a Bilbao, que me ayudaría a buscar y ubicarme. Fui hasta la estación de San Mamés, pero después dejó de responder. Dormí varios días en un parque de Sabino Arana, bajo un techo que, al menos, me cubría de la lluvia. Luego conseguí plaza en un albergue por cinco días. Más tarde pude alquilar una habitación en Otxarkoaga. Desde entonces siempre he vivido en pisos compartidos.
¿Qué dificultades encuentras hoy para alquilar una habitación?
Primero, los precios. En Bilbao una habitación cuesta entre 400 y 800 euros, dependiendo de la zona. En Otxarkoaga, por ejemplo, ronda los 400, pero eso no significa que sea buena. A veces son cuartos de dos por dos metros, donde apenas cabe una cama. Muchos propietarios piden fianzas altas, no hacen arreglos y, si eres extranjero, percibes que desconfían. No lo dicen abiertamente, pero se siente. Aun así, intento ser un inquilino que abre puertas, que paga puntualmente, que respeta. Esa reputación me ha ayudado; entre caseras se recomiendan y eso mitiga la desconfianza.
¿Cómo influye la vivienda en tu estabilidad personal y laboral?
Muchísimo. No se trata solo de conseguirla, sino de mantenerla. Un techo fijo te da paz. En mi caso, llevo casi un año en Erandio, con la misma casera. Eso me ha permitido concentrarme en mis estudios. Estoy haciendo un FP de Turismo, en una escuela pública. Me aceptaron porque tengo pasaporte. Turismo es un nicho con futuro y me gusta. También trabajo limpiando casas, hago horas para sobrevivir, pagar el alquiler y la comida. Mis compañeras del equipo de iniciación de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), que trabajan en hostelería, me guardan pinchos y Pepelu, el consiliario de la HOAC y párroco de la parroquia de San Agustín en Erandio, me ofrece un táper o me invita a comer. Así salgo adelante.
Creo que se deberían promover
viviendas compartidas con reglas
claras, un decálogo, y que se construya
más vivienda social pública. Tener
un techo no debería ser una suerte
¿Has trabajado sin papeles?
Sí, claro. Cuando llegué no había cumplido los tres años de residencia y no podía acceder a un contrato. Trabajé de camarero en Laredo y Santander. No me costaba moverme porque estoy solo y sin compromisos, pero vivir así es inestable. Uno se adapta, pero la incertidumbre pesa.
¿Qué le pides al Gobierno vasco y a la sociedad en temas de vivienda?
Pido apoyo real. No solo ayudas, también orientación: que te acompañen para buscar una habitación o un piso. Que se controlen los precios y que las viviendas cumplan condiciones dignas. Que el alquiler sea razonable. Los caseros a veces te dicen «lo tomas o lo dejas» y saben que juegan con la necesidad de la gente. También creo que se deberían promover viviendas compartidas con reglas claras, un decálogo, y que se construya más vivienda social pública. Tener un techo no debería ser una suerte.
¿Dónde encuentras apoyo o un sentido de comunidad?
En la HOAC, a la que pertenezco. Allí compartimos experiencias, nos desahogamos, nos aconsejamos. Escuchas historias parecidas a la tuya y sientes empatía. Ya no te ves solo. Hablamos de vivienda, pero también de lo que hay detrás: de cómo es empezar de cero, de los miedos y las ganas de salir adelante. •
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Periodista
Militante de la HOAC de Bilbao



