La pobreza nos exige estar presentes y actuar

La Jornada Mundial de los Pobres no es un gesto amable ni una fecha ornamental en el calendario. No es un acto simbólico para que los responsables de siempre puedan dar una foto y sentirse bien consigo mismos. Es un desafío directo y urgente, una llamada que interroga nuestra ética, nuestra política y nuestra humanidad. Es la única jornada que no habla de la pobreza como concepto abstracto, ni como un problema estadístico. Habla de personas concretas, con rostro, nombre, historia, dignidad y derechos. Nos interpela y nos obliga a mirar de frente la realidad que muchas veces tratamos de ignorar.
Pero no basta con mirar. Esta Jornada nos exige estar con ellas, caminar a su lado, compartir sus días, aprender de su fuerza, acompañarlas en su lucha diaria y asumir que sus problemas son también nuestros desafíos éticos, políticos y sociales. Nos desafía a romper con la indiferencia que impregna nuestra vida cotidiana y a salir de la comodidad de observar desde lejos lo que debería conmovernos. Nos recuerda que la pobreza no es un destino inevitable ni un fenómeno natural, sino la consecuencia de decisiones, de estructuras, de sistemas que permiten que millones vivan excluidos, invisibles y sin oportunidades.
La pobreza se manifiesta en empleos que no alcanzan para cubrir necesidades básicas, en contratos que atrapan a trabajadores jóvenes y adultos en la precariedad, en familias que luchan por sobrevivir en viviendas inadecuadas, en mujeres que sostienen hogares enteros mientras su trabajo carece de reconocimiento, en barrios invisibles para las autoridades y olvidados por la sociedad. Nos recuerda que cada persona pobre es protagonista de su propia vida y que su dignidad debe ser central, no un accesorio opcional. Esta Jornada nos obliga a mirar más allá del adjetivo “pobre” y a centrarnos en la persona concreta, en su rostro, en su historia y en su derecho a ser escuchada, acompañada y respetada.
Esta Jornada no nos pide gestos simbólicos, ni palabras bonitas, ni buenas intenciones pasajeras. Nos interpela de manera directa y provocadora: nos desafía a involucrarnos, a vivir junto a quienes sufren, a comprometer nuestra vida con la transformación real de la realidad que los margina. Nos exige pasar de la contemplación a la acción, de la emoción pasajera a la decisión sostenida, de la neutralidad a la responsabilidad. Nos recuerda que mirar desde lejos no es suficiente, que la indiferencia es cómplice de la exclusión y que los derechos de las personas pobres no pueden esperar a que cambien las condiciones económicas o políticas.
La Jornada nos confronta con una verdad que no siempre queremos aceptar: la pobreza no es un problema individual, sino estructural y colectivo. Es el resultado de políticas que permiten que haya trabajadores atrapados en empleos precarios, jóvenes sin acceso a oportunidades reales, familias sin vivienda digna, barrios invisibles, servicios sociales insuficientes y sistemas que reproducen la desigualdad generación tras generación. Cada decisión que ignora estas realidades contribuye a perpetuar la injusticia y a mantener a millones de personas en el margen de la sociedad.
Pero esta Jornada también nos ofrece un camino. Nos recuerda que la verdadera transformación social surge de la cercanía, la solidaridad y la acción concreta, inspiradas en los principios de la Doctrina Social de la Iglesia y en la experiencia del mundo del trabajo. El trabajo no es un instrumento de lucro ni un medio para sostener un sistema desigual: es un derecho fundamental y un camino hacia la dignidad humana. La economía no debe estar al servicio de la acumulación de riqueza, sino del bien común. Los derechos laborales no son negociables. La dignidad de cada persona debe ser prioritaria. Y las personas pobres no son sujetos de intervención pasiva: son protagonistas de sus vidas y de la transformación de la sociedad.
Estar con los pobres significa asumir que nuestra sociedad solo será justa si quienes más sufren ocupan un lugar central en la vida social, política y económica. Nos exige cuestionar estructuras que normalizan la desigualdad y construir otras que permitan a cada persona vivir con dignidad. Nos llama a construir comunidad desde abajo, donde los barrios, los sindicatos, los colectivos sociales y las organizaciones comunitarias sean espacios de resistencia frente a la exclusión, espacios de cuidado, escucha y acompañamiento. Nos desafía a no conformarnos con gestos puntuales ni campañas mediáticas, sino a sostener procesos que cambien vidas de manera real y permanente.
La Jornada nos provoca también en lo cotidiano. Nos confronta con nuestra vida diaria y nos pregunta: ¿qué hacemos en nuestro trabajo, en nuestros barrios, en nuestras familias, en nuestras instituciones, para que nadie viva al margen? ¿Cómo participamos en la construcción de un país donde el trabajo dignifique y no esclavice, donde la vivienda sea un derecho y no un lujo, donde los servicios básicos lleguen a todos y donde la solidaridad no sea un acto excepcional sino una práctica constante? La respuesta no puede limitarse a palabras ni sentimientos: requiere compromiso, presencia y acción constante.
Estar con los pobres no es un acto simbólico ni voluntarioso: es una obligación ética y moral. Nos interpela a cuestionar privilegios, estructuras y decisiones que perpetúan la injusticia. Nos obliga a compartir la vida con quienes sufren, a escuchar sus historias, a aprender de su fuerza y a construir sociedades capaces de incluir, proteger y empoderar. Nos recuerda que la justicia social no puede esperar a que cambien las condiciones externas, sino que debe comenzar aquí y ahora, con decisiones concretas, compromisos comunitarios y transformación estructural.
La Jornada Mundial de los Pobres es única porque pone a las personas en el centro, y no un tema, un adjetivo ni un problema abstracto. Nos interpela a mirar sus vidas, comprender sus desafíos y acompañar sus luchas. Nos exige presencia, responsabilidad y acción, y nos obliga a asumir que la transformación social solo se construye desde la cercanía y la convivencia con quienes sufren. Nos recuerda que no hay progreso ni justicia verdadera si la dignidad de las personas más vulnerables no se convierte en prioridad de todos.
Si escuchamos esta Jornada y nos dejamos interpelar, podemos transformar nuestra mirada y nuestra acción. Podemos pasar de la indignación a la solidaridad activa, de la conciencia a la responsabilidad compartida, de la comodidad a la valentía. Podemos construir comunidades que sostengan la vida, políticas que garanticen derechos y estructuras que empoderen a las personas más vulnerables. Podemos crear un país donde la pobreza deje de ser un destino y se convierta en un desafío que nos obliga a todos a actuar, a caminar juntos y a vivir la solidaridad en el día a día.
Esta Jornada nos recuerda que la pobreza no espera, no negocia, no tolera indiferencia. Y nosotros tampoco podemos mirar hacia otro lado. Nos exige presencia, acción y compromiso. Nos desafía a estar con los pobres, a compartir su vida y a construir un país donde la dignidad de cada persona sea la medida de nuestra humanidad colectiva. Solo así podremos decir que hemos respondido a su llamada, que hemos actuado con justicia y que hemos transformado nuestra sociedad en un lugar más humano, solidario y justo.

Impulsando el Evangelio. Comprometido con la Pastoral Penitenciaria. Activista en la Pastoral del Trabajo de Toledo, defendiendo dignidad y derechos laborales



